Leah Stewart
Los servicios sociales no son capaces de resolver mi problema con tan poco tiempo de antelación. Tres días no es nada, comparado con las semanas y semanas que puede demorar la ayuda que necesito.
Tener dos hijos y que tengan menos de un año solo me ayuda para que me den una compensación monetaria que me "permita" rentar un lugar más barato en lo que ellos me buscan una solución que pueda considerarse permanente.
Por el momento, debo conformarme.
El sitio en el que pude encontrar lugar me pone los pelos de punta. Conozco este vecindario porque, mientras estaba embarazada, viví aquí. Llegar a New Orleans con una mano adelante y la otra atrás, embarazada de gemelos y sin un centavo ahorrado, no es lo que se dice la mejor manera de aterrizar.
Es un lugar violento, donde la droga y el vandalismo están a la orden del día. Los edificios en este lugar están derruidos y no hay forma en la que pueda sentirme segura estando en medio de todo esto otra vez. Antes casi no salía, fue un alivio irme de aquí cuando pude ahorrar un poco con el sueldo de los trabajos que tuve mientras estaba en estado; ahora será un problema y una constante desazón el atravesar las calles que rodean el vecindario. Sobre todo con la compañía de Mateo y Matías.
De solo pensarlo la piel se me pone chinita y no precisamente con gusto o una emoción que sea bien recibida.
Antes de venir aquí, porque realmente esperaba evitar este lugar, busqué ayuda. La única persona que conozco en esta ciudad que podría darme una mano, es Jewel White. Nos conocimos mientras trabajábamos en una cafetería, en la última etapa de mi embarazo. Ella me brindó su mano muchas veces y me prometió ayuda si llegara a necesitarla.
Sin embargo, su situación ahora no es la mejor. Se ofreció a cuidarme los niños cuando lo necesitara, pero en la cuestión de la renta no podía hacer nada. Está viviendo con su madre, su hija de dos años y su hermano, en un apartamento de solo dos habitaciones.
No me atreví a preguntar qué había pasado para que acabara así.
Mateo llora en mis brazos, desesperado. Y yo tengo que controlarme a niveles nunca antes experimentados, para no llorar con él. Tiene un poco de temperatura y me pone demasiado nerviosa que sea algo más que eso. A un lado de la cama, la cuna que me trajeron los de servicios sociales está, con mi otro pequeño en ella, llorando desconsolado también, por toda esta situación que es demasiado estresante.
En las últimas dos horas, los vecinos han aporreado las finas paredes tantas veces que ya perdí la cuenta. Y cada vez que lo hacen, mis nervios aumentan y todo empeora mucho más. No puedo controlar a mis hijos por más que lo intente y me aterra que esto traiga consecuencias.
Antes vi las miradas de todos los que fueron testigo de mi traslado. No tengo dudas de que ya esperaban esto.
—¡Cállales la puta boca a esos mocosos, zorra!
El grito se escucha justo fuera de mi puerta y todo mi cuerpo se tensa. Al instante se siente un ruidoso llamado de atención con el puño en la destartalada puerta de madera que nos separa. Me encojo con Mateo en brazos y me quedo de espaldas, lo cubro con mi cuerpo por si algo llegara a pasar.
—¡Última advertencia! ¡El puto edificio al completo no puede dormir!
El pitido en mis oídos es desesperante, no ayuda que dos niños estén gritando a mi alrededor. Esa voz amenazante me perseguirá por semanas, si logro salir de esta. Ya no sé qué hacer, no puedo calmarlos si no me dan margen de tiempo para alcanzar mi objetivo. Yo también necesito que se tranquilicen, no es solo una petición de una parte de los habitantes de este edificio.
Arrullo a Mateo. Lágrimas caen sin parar por mis mejillas. Cierro los ojos y me digo que no puedo perder la fe, es lo único que me ha mantenido los últimos tiempos y no puedo abandonar ahora. Mis hijos me necesitan.
Abrazo a mi hijo y no dejo de hacerlo por varios minutos. Lo aprieto contra mí hasta que su respiración se calma y al menos el llanto cede. Avanzo hasta donde Matias está y me siento en la cama, a su lado. Ver a su hermano un poco más tranquilo en cierta forma lo hace ceder.
Sigue llorando, pero ya no es ese sentimiento visceral que me rasga el corazón y lo empeora todo.
Los necesito a mi lado, tranquilos. Somos un equipo. Mis dos niños y yo. Podemos contra todo.
Aunque los vecinos de este edificio me odien por traer la alteración nocturna a sus vidas. Por no poder controlar a mis hijos y por ser solo una madre desesperada que ya no encuentra qué más hacer.
No sé cuánto tiempo pasa, cuando Mateo se queda dormido en mis brazos. Toco su frente y suspiro con verdadero alivio cuando siento que su temperatura al fin bajó. Matias está todavía despierto, ahora mirándome con curiosidad desde la cuna. Lucha por mantener sus ojos abiertos y yo me pregunto el motivo de que no haya caído rendido aún.
Mi alma duele cuando acuesto Mateo en la cama, saco a Matias y lo dejo a su lado también. Me acuesto con ellos aprovechando que están más tranquilos. No cierro los ojos a pesar de mi cansancio extremo.
Solo cuando Matias se duerme al fin, yo me permito suspirar y relajarme. El silencio a mi alrededor es un alivio. Quiero de verdad que ninguno de los dos se despierte llorando en unas horas, porque eso acabaría con mi control, con la poca cordura que me queda.
Pienso en Massimo. Él es la única solución que me queda. Pero no puedo ir por él. No quiere saber nada de mí ni de mis hijos, no puedo cometer ese error una vez más.
Cuando salí de ese pueblo solitario donde nos conocimos, juré ante la tumba de mi madre que no iba a volver a buscarlo. Ya había entendido a la perfección el lugar donde estaba y lo que él pensaba de mí.
Massimo De Luca solo estuvo de paso en mi vida y yo por su cama. Debí ser más inteligente y no caer a sus encantos, debí pensar con la cabeza y no creer que los ricos como él estaban dispuestos a enamorarse de mujeres comunes, trabajadoras y humildes, como yo. Debí tener más amor propio y no haberme dejado influenciar por un rostro perfecto, una voz profunda o una experiencia evidentemente madura.
No debí acercarme a él, pero fue lo que hice.
Lo único bueno que puedo salvar es la presencia de mis hijos, la única familia que me queda, que es solo mía.
Pero también, por más doloroso que sea, después del embarazo fue que comenzaron los problemas. A mis veinticuatro años no estaba lista para tener un bebé, menos para tener dos.
Asumí las consecuencias de mis actos, las encaré, incluso asumí por un tiempo un carácter bien deportivo con todo lo que estaba pasando.
Pero cada plan que tuve alguna vez se quedó en eso, en un plan. Uno que cayó bien abajo en mi lista de prioridades.
Nadie me dijo lo que ser madre soltera era, nadie me alertó sobre lo que cambiaría mi vida cuando dos pequeños revolucionaran todo de mí. Nadie me alertó sobre lo difícil que se volvería el intentar sobrevivir cada día con dos bocas pequeñas más que alimentar, vestir y cuidar.
Pero, claro estaba, no tenía a nadie que me dijera todas esas cosas.
Porque después de Massimo, yo estaba sola en el mundo.
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A primera hora de la mañana alisto a mis pequeños y salgo del edificio. Teniendo en cuenta que anoche no fue una de las mejores que he tenido últimamente, me sorprendo conmigo misma de la fuerza de voluntad con la que me levanto.
El barrio es más tranquilo a esta hora de la mañana. Lo sé por experiencia. Tomo rumbo a casa de Jewel sin mirar atrás y con una determinación que no puedo desaprovechar.
Lo que pasó anoche es algo que me da mucho miedo que se repita. Si vuelvo a verme en esa posición, con una amenaza nueva sobre mis hombros y provocada por la actitud inevitable de mis hijos, creo que sería capaz de cometer una locura. Y no puedo perder los papeles.
Por eso debo encontrar un mejor lugar. Y un trabajo. Le voy a preguntar a Jewel si ella puede cuidarme a mis gemelos, o su madre, para poder trabajar y mejorar nuestra vida. No tuve tiempo para buscar un lugar mejor donde vivir antes de que me desalojara mi anterior casero, pero quizás ahora tenga algo de suerte.
Mateo y Matias van entretenidos mirando a su alrededor, sonrientes y aceptando el saludo de todos los que pasan por su lado y se dignan a darles un vistazo.
Después de unos cuantos minutos caminando y aunque mis pies duelen por lo desgastado de mis zapatillas y el cansancio acumulado, sonrío. Me cuesta hacerlo, pero siempre he sido de las que busca el lado bueno, no me dejo aplastar tan fácil.
Mi madre siempre decía: en el mundo hay muchos que están peor que tú, estás viva, tienes sueños, agradece lo que tienes ahora que es tuyo.
Era como su mantra, lo repetía sin cesar. Muchas veces no hice caso, mis días no eran tan difíciles hasta que lo perdí todo y entendí lo que ella había querido enseñarme durante toda mi vida. Irónicamente, cuando me vi sola y desamparada, entendí la fortaleza que se oculta detrás de esas simples palabras.
Llego a casa de Jewel con un plan en mente. Más centrada que nunca en que no puedo dejarme pisotear por las mismas malas experiencias, cuando ella me recibe con una expresión ceñuda, le dedico mi mejor sonrisa.
Una sonrisa que la hace fruncir aún más ese ceño que terminará siendo una arruga en su frente.
—Estamos contentas, ¿no? —ironiza, mientras abre más la puerta y nos invita a pasar.
La escucho bostezar y tapa su boca con una mano a la vez que avanza unos pasos y se detiene en la barra que divide los espacios en su pequeño apartamento.
—En realidad, creo que puedo estar sufriendo una conmoción, pero prefiero pensar que el espíritu combativo no me abandona.
Eso llama la atención de Jewel y cuando me mira con ojos curiosos, suspiro. Me hace un gesto para que deje a los niños en el corralito que usa su niña en ocasiones, cuando ella atiende a sus clientes de la peluquería por cualquier motivo fuera de horario.
—¿Cómo fue la primera noche? —pregunta y bebe de su taza de café.
Mi estómago gruñe un poco y agradezco que no se escuche el ruido de mis tripas, porque eso sería vergonzoso.
Miro hacia otro lado, a mis hijos que juegan el uno con el otro, tranquilos. El peso en mi pecho se desborda.
—Una reverenda tortura —confieso y sin poder parar, le cuento todo lo que pasó.
Mientras hablo, no miro a Jewel. Lo suelto todo como si lo tuviera atorado en la garganta. Y al acabar, el peso es un poco más ligero, pero sigue estando presente.
Se queda en silencio cuando al fin me callo. Su taza de café sigue en sus manos, la mira fijamente, supongo que pensando qué decirme que no suene tan mal.
—¿Por qué no haces algo más, Leah? —dice de repente y el tono que usa, estrangulado, me toma por sorpresa.
Entorno los ojos. No entiendo qué quiere decir. Ella sabe que hago todo lo que está en mis manos.
—¿A qué te...?
—¿Dónde está el padre de tus hijos? ¿Sigues sin saber quién es? Solo mencionaste un nombre, una vez hace tiempo. ¿Por qué no intentas contactarlo? Esto también es responsabilidad suya.
Me quedo de piedra escuchándola. Sé que nunca le dije quién era, mentí un poco porque, a pesar de todo, yo no quiero que Massimo tenga problemas por mí. Yo intenté contactar con él y pronto descubrí que no le interesaba saber nada de la chica con la que había dormido y tenido sexo espectacular por más de un mes cuando no había nadie más a su alrededor. No insistí, sin embargo.
—No, Jewel, no...yo...
Muerdo mi lengua cuando el tartamudeo llega y ella frunce el ceño.
Me mira, viendo los secretos y las verdades que se reflejan en mi cara, en mis ojos.
—Sabes quién es, ¿verdad? —interrumpe mi parloteo—. Sabes muy bien su nombre.
Niego con la cabeza, pero ya no hay nada que pueda hacer. Me siento atrapada y cuando eso pasa, me cuesta demasiado no balbucear.
—Mira a tus hijos, Leah. Mírate a ti. Inténtalo al menos. ¿Cuál es su nombre?
Trago saliva. Las manos me sudan. Paso la mirada de mis hijos a Jewel.
—Massimo. Massimo De Luca es el padre de Mateo y Matias.
Jewel abre la boca sin poder evitarlo. Sus ojos se abren demasiado también. La veo sostener su taza justo antes de que la suelte, el café se desborda un poco y ella maldice.
—¿Tu amante y padre de estos pequeños es un millonario, Leah? —pregunta, pero no sé cómo responder a eso. De igual forma no me deja, ella continúa—. ¿Y tú no has hecho nada para sacarle la responsabilidad que le toca?
Pestañeo varias veces. No sé qué decir.
—No, yo...
¿Qué le digo? ¿Que cuando lo contacté me quedó claro que no quería hacerse cargo?
—Vende la historia, Leah —dice de repente y yo la miro con los ojos entrecerrados.
No sé qué acaba de decir. ¿Lo entendí bien?
La sonrisa que se dibuja en sus labios me pone tensa.
—La vida de Massimo De Luca es un misterio. Lo acosan y nada consiguen nunca. ¿Sabes cuánto pagaría un reportero por la exclusiva de tu historia?
Ahora la que abre la boca soy yo. No puedo creer que ella haya dicho eso.
—Miles, Leah. Miles de dólares que necesitas. ¿Qué dices? ¿Vas a chantajear al padre de tus hijos?