Todos observábamos cómo Kennedy y Tilly jugaban en el patio de recreo de la manada. Otros lobos y sus hijos ocupaban la zona mientras los niños reían y gritaban persiguiéndose unos a otros. Me resultaba extraño estar cerca de Gabriel y del resto de su manada. Era casi normal. Nos sentamos en la hierba a observar a nuestros hijos mientras hablábamos de la vida de la manada en general. A Gabriel no parecía importarle que estuvieran discutiendo algunos asuntos privados delante de mí, aunque no era nada serio, yo aún no era m*****o de la manada Luna Negra. Era tarde cuando me di cuenta de que el sol empezaba a ponerse. Kennedy se acercó corriendo, estaba riendo, pero podía ver en sus ojos lo cansada que estaba. Se echó encima de mí, echándome los brazos al cuello. —¿Cansada, nena?— Me reí,

