ASCENSO

4769 Words
                                                                                    ADAM —¿Estás terminando conmigo? —No contesté porque, a mi parecer, era una pregunta retórica— ¡Responde, Adam! Deja esa maldita computadora, los correos no se irán a ningún lado y tus malditos clientes pueden esperar, maldita sea. Caroline se puso de pie frente a mí y de un manotazo cerró la laptop. Mis dedos quedaron suspendidos sobre ella con la posición exacta para teclear las letras que faltaban para terminar el correo. Levanté las manos en alto en señal de rendición. —Ya, está bien, ¿qué más quieres hablar, Caroline? Si quieres tomarlo como un tiempo, no hay problema —contesté sin mucho preámbulo. Bebí el poco café que quedaba en la taza y me levanté del sofá ignorando el hecho de que ella estaba de pie, al otro lado de la mesa de centro con sus brazos en jarras y un rostro que evidenciaba sus deseos de golpearme. —Hace una semana estábamos haciendo planes de vivir juntos. Ladeé el rostro hacia el reloj de pared que estaba sobre el modular de la televisión. Siete y veinte de la mañana. Estaba atrasado. —No —Me tomé el puente de la nariz y cerré los ojos un momento tratando de que las cosas no sonaran tan duras —. Caroline, tú estabas haciendo planes, yo nunca dije que quería que vivamos juntos. Volví a retomar el camino hacia mí habitación —mía, no nuestra —. Sus suaves pasos se escucharon detrás. —¿Planeas tenerme para cuando se te dé la gana? Negué con la cabeza al tiempo que abría el closet, busqué una camisa limpia y recordé que el fin de semana no había enviado mi ropa a la tintorería. Maldita sea. Lo único en lo que podía pensar era como mierda, de las nueve camisas blancas, ninguna estaba limpia, pero las palabras de Caroline seguían rebotando en mi mente. Que cómo vamos a terminar, que cómo planeo seguir una relación en la que no quiero que mi chica viva conmigo, que hasta cuando la voy a tener escondida los fines de semana y que como planeo establecer una vida normal si no quiero relaciones largas; que nos queremos, que esto es una tontería, que... mierda, ya no recuerdo. Fueron muchas cosas. Entonces, recordé que sí tenía una camisa limpia. Volteé la vista hacia Caroline que estaba caminando con los brazos cruzados por la habitación al tiempo que seguía hablando como una cotorra, enumerando las razones de porqué era tiempo de vivir juntos. —Line, ¿me puedes devolver mi camisa? —pregunté extendiendo mi mano hacia ella. —¿Disculpa? —Mi camisa —contesté apuntándola—, la camisa que estás usando de pijama, devuélvemela. La necesito. Por un par de segundos me observó pasmada. Resopló y se se llevó una mano a la frente. —Eres un gilipollas —susurró hacia el cielo mientras desabotonaba sin cuidado la prenda. Se la quitó enérgicamente y la botó al suelo con furia —. Ahí la tienes. Paso sobre ella a propósito. Menos mal andaba descalza o la hubiese ensuciado. Me quedé con la mano extendida sin decir nada. Desvíe la mirada porque no quería caer en la tentación y luego tener que repetir toda la discusión desde cero. Sus bragas de encaje rojas quedaron al descubierto al igual que sus senos que fueron tapados rápidamente por una sábana que tiró de la cama deshecha. —Me largo —gruñó inclinándose hacia el suelo para recoger su ropa desperdigada por el suelo. Mi camisa se deslizó por el piso de madera hasta llegar a mis pies cuando ella la pateó con toda la ira con que quisiera haber pateado mis pelotas. La recogí y le di las gracias, pero ya había ido al baño a vestirse. Caroline y yo no nos conocíamos tanto en realidad, ella era la asistente de otro abogado en un caso de bienes raíces en que fui defensor. Al final de la audiencia le invité un trago y así comenzó todo, desperté en su apartamento de chica soltera en que todo era light y bajo en grasas y, tras cuatro meses de «relación», las cosas comenzaron a tomar su propio ritmo. Demasiado rápido para mí y demasiado idílico para ella. Esperé a que Line estuviera lista para marcharnos. Me preparé un café y cogí el periódico del día anterior con un rotulador para marcar las noticias mas importantes en las que, eventualmente, podría necesitarse un abogado. —Entonces, ¿todo acabó? —preguntó con voz tensa, tras coger su cartera y su abrigo del suelo. Levanté la vista del periódico. —No quiero una relación como las novelas, Line. No ahora, no me interesa. No tengo tiempo para cumplir cada uno de tus sueños de relación perfecta. La vida no es Disney, ¿vale? En parte me sentía culpable, Caroline siempre contaba lo mucho que amaba las bodas, las familias y todo a lo que se le pudiese unir la frase «y vivieron felices para siempre». Nunca me sumé a sus sueños ni me vi siendo parte de ese mundo, pero tampoco le dije que no estaba de acuerdo o que no creía que eso fuese posible, al menos no conmigo. Para ser justos, nunca creí que íbamos a llegar a salir más de dos meses, pero resultó que sí, que la cosa se prolongó más de lo que yo mismo me permitía. Aquel mes se cumplían... nueve meses, creo, y supongo que para ella ya era tiempo suficiente para vivir juntos; para mí no lo era, nunca sería tiempo suficiente para ello. —Siempre creí que bromeabas con eso de que no querías nada serio —Rio con pocas ganas. —Lo siento, mereces alguien que comparta los sueños contigo —Y eso fue lo más maduro que alguna vez he llegado a decir. Pero, también, fue sincero. Juro que sí. Me acerqué y le di un beso en la mejilla. El beso de Judas. —Estarás bien. Estaremos bien —murmullé. —Te estás equivocando, Adam. —Estoy siendo sincero, Caroline. Si quieres quedarte, será en otros términos. Yo no estoy listo para vivir contigo. —No me refiero a nosotros, me ha quedado claro que no hay tal cosa. Me refiero a tu forma egoísta de ser con todos, hasta contigo mismo. Extendí los brazos a ambos lados y señalé mi apartamento. —No creo que soy egoísta conmigo. No seas así, a ti te gusta todo esto. —¿No quieres ceder en una sola cosa? —¿La verdad? Line entornó la vista en señal de reproche. —No puedo creerlo. —Sabes como soy. Por ahora, no quiero compartir mi espacio. —Podemos empezar de a poco, con un cepillo de dientes o ropa interior y luego... Me pasé las manos por la cara, abrumado. No me gustaba el tono que estaba teniendo la conversación. —Line, no —dije tras un resoplido. Ella negó con su cabeza y se acomodó una de las asas del bolso que le caía por el hombro. —Que estupidez pensar que esto era diferente a lo que se dice de ti. Lo peor es que... j***r, de verdad te quiero. Pero, eso no te importa en lo absoluto. Solo quieres tu espacio, tu comodidad, tu vida tal cual la conoces. No mueves un meñique por nadie más que por ti mismo. Sí, dolió un poco, pero era cierto. Cogí las llaves del carro, fingiendo indiferencia. —Lo siento, Caroline —dije y abrí la puerta del departamento —. Es hora de irnos. —Yo lo siento más. No hablamos nada en el elevador. Los veintiún pisos de bajada se transformaron en un silencio pesado e incómodo y ni la música alegre ni el mensaje optimista del sujeto que se escuchaba en los parlantes lograron hacer que nos dirigiéramos la palabra por algo que no fuera una despedida. Las puertas se deslizaron en el piso de la recepción. Caroline las atravesó con aire digno y paso decidido. Yo me quedé ahí, con las manos hundidas en los bolsillos del pantalón esperando que las puertas vuelvan a cerrarse para bajar dos pisos más hacia el estacionamiento subterráneo. No quiso irse conmigo aquella mañana. «Tomaré el autobús», fue lo único que dijimos antes de la despedida. —Adiós, Adam—Una pequeña curvatura se dibujó en su rostro, no alcanzaba a merecer el nombre de «sonrisa». Levanté una mano en señal de despedida. Las puertas de elevador se cerraron. Mis hombros por fin se relajaron y pude suspirar de alivio. Me sentía mejor al saber de que todo haya acabado. ¿Eso me convertía en una mala persona? . . Saludé a todos con un gran y enérgico «buenos días» y recogí el café que la señora Penny, la recepcionista, solía tener esperando por mí todas las mañanas sobre su mesón de atención. —¿Está de humor? —Siempre hay que estarlo, tenemos muchos casos por ganar —le contesté con una sonrisa. Ella arrugó la nariz con sospechas. La vieja era intuitiva. Penny era la más antigua de las recepcionistas, había estado en el mismo puesto desde que el señor Hanks tomó el mando de la firma. Todo el mundo la quería, incluso yo. Creo que si hubiese tenido edad para ligar con ella lo hubiese hecho porque prepara un café que deja feliz a cualquiera y, aún con su pelo cano, los kilos demás y las arrugas en la comisura de sus ojos, se nota que debió de ser muy hermosa en sus años de juventud. —El señor Hanks lo citó para una reunión extraordinaria al medio día —Alcé la vista para comprobar si estaba hablando conmigo o con alguien por el teléfono. Me señalé con el dedo y ella asintió. —¿Sabe de qué se trata? —pregunté al tiempo que cogía el bolígrafo y firmaba algunos papeles pendientes con los que a la administración les gusta j***r. Penny no alcanzó a hablar. Sus palabras quedaron a medio camino cuando una voz grave, digna para locutor de radio, nos interrumpió. —¡Y resucitó de entre los muertos al tercer día! —Las manos de Alex se dejaron caer sobre mis hombros y me sacudieron — ¿dónde estuviste el fin de semana, Adam? Ni si quiera completaste la jornada el viernes. Podrías al menos coger las llamadas. —Aún no somos novios así es que no me controles —bromeé con una sonrisa socarrona. Le extendí el papeleo que tenía pendiente desde la semana pasada a otra de las chicas de recepción mientras guardaba el bolígrafo en el bolsillo de mi camisa. —Penny, queridísima Penny —Alex apoyó los codos sobre el mesón y se inclinó hacia la anciana —, ¿qué haces para estar cada vez más bella? —No le haga caso, solo quiere que le ayude con el papeleo —tercié. La mujer rio y hasta pude notar un rubor inocente en sus mejillas. —Cuando me jubile podrás decir todas esas palabras ensayadas a alguna chica joven que me reemplazará. —¿Y qué esperas para jubilarte, Penny? —Que tú seas un buen abogado —Me mordí los labios para no reír —, pero ambos sabemos que eso está a años luz de pasar. Suerte con la espera, Alexander. Ya, vayan a trabajar que me espantan a la gente aquí. ¿Qué pensarán de este estudio jurídico si ven que los abogados más jóvenes solo están ligando con una vieja? ¡Ustedes son...! —El futuro —añadimos a coro. —Al menos intenten ser algo bueno. Todo el mundo amaba a esa anciana y todo el mundo sabía que Alex era su consentido. En las horas libres se preocupaba por rellenar el papeleo y las fórmulas que él debería de hacer pero que, siendo él, no las haría hasta que alguien más las haga por él. Esa persona era Penny. Alex, en cambio, le pagaba haciéndola enojar. Son pocos los que conocían a Alex de verdad, tal vez solo Will, Jude, la anciana y yo. Solo nosotros sabíamos que sí sonreía, que sí era empático y que sí le gustaban las mujeres —las secretarias se lo preguntaban porque nunca lo han visto con una chica —. Entramos juntos a la firma hace seis años cuando hicimos nuestra práctica universitaria. Nuestro desempeño fue bueno —no, más que bueno; excelente —, y uno de los socios no tardó en solicitarnos para ser m*****o permanente. De los cincuenta novatos, solo tres nos quedamos y ese puesto nos ha costado sangre, sudor y lágrimas, pero ha valido la pena. Pasamos de junior a senior en menos de un año y nos sentíamos orgullosos de eso, nadie más lo había logrado, al menos no en tan poco tiempo. —¿A qué hueles? ¿A fruta? —preguntó Alex acercándose a mi cuello y olisqueando como un sabueso. Apoyé la nariz en mi hombro para averiguar. —A sexo —bromeé. —No, definitivamente a eso no, a fresa. Espera —Volvió a acercar su nariz a la camisa— Sí, definitivamente hueles a florecitas —rio. Le mostré el dedo corazón. —Tal vez es vainilla, no lo sé —arrugué la nariz cuando el olor me hostigó—. Está sucia, Caroline la usó como pijama —. Alex frunció el ceño, tal vez preguntándose si estaba ahorrando detergente o algo así. Hice una pausa —. Vale, ya sabes, me olvidé de llevar la ropa a la tintorería. —Pensé que ibas a terminar con ella hace una semana. —Terminamos hoy. —Y yo que estaba a punto de decir que esta chica te había durado harto —finalizó con una palmada en la espalda. El despacho jurídico estaba ubicado en un rascacielos de sesenta y un pisos; nosotros estábamos en uno de los últimos con una vista increíble al centro de Manhattan. Mi oficina era una de las más privilegiadas con una pared de cristal que daba directo al esplendoroso Edificio Chrysler y que, en los días de verano, hasta podía sentir que tocaba el cielo. Éramos treinta y ocho abogados, sin contar a los novatos y el personal de recepción y administración. Algunos compartían oficinas, aunque en su mayoría teníamos dependencias separadas, pero solo los socios y los jefes gozaban de secretarias y grandes espacios para disfrutar de sus cafés, cigarrillos y conversaciones letradas —y machistas—. En cada puerta había una placa de cobre que rezaba el nombre del abogado que se encontraba detrás de ella y, cada ciertos metros, los pasillos se abrían para dar a un hall de recepción con paredes forradas de un estilo victoriano azulado, sitiales de madera y telas finas para los clientes, cuadros enormes y hasta estatuas, como la dama de la justicia que estaba exhibida en el salón principal o una balanza de cobre sobre una fuente de agua en otro y los grandes candelabros en el centro.   Alex se despidió de mí con una mano en alto, diciendo que me pasaría a ver al terminar la jornada. Siguió su curso hacia su oficina que estaba a cuatro puertas más al fondo. Le devolví el gesto sin mirar porque estaba enfrascado con el llavero que se había atorado en uno de los bolsillos de mi maletín. —Perdona —habló una voz femenina a mis espaldas. La llave entró en la cerradura y la puerta se abrió —, ¿sabes dónde está recursos humanos? Traté de mirarla por sobre el hombro, pero mi móvil se llevó toda mi atención cuando empezó a vibrar en el bolsillo del pantalón. —Ehh... —musité. Hice una pausa, dejé el maletín en el suelo para buscar mi teléfono. Al parecer era cierto, los hombres no podemos hacer muchas cosas a la vez. —Mierda —solté cuando vi el nombre de Caroline en la pantalla. —¿Disculpa? —No, no tu no —musité a regañadientes sin voltear. Entré rápido a la oficina, la luz de la mañana soleada la iluminaba por completo. Dejé mi maletín a un costado y me senté frente al escritorio en esa silla de cuero estilo gerente con la que soñé por años. Tecleé un mensaje en el teléfono mientras pregunté, sin levantar la cabeza —: ¿Qué decías? ¿Recursos humanos? No tuve respuesta. Levanté la mirada y no había nadie en el corredor. Me encogí de hombros sin darle mucha importancia. A las doce en punto la señorita de lentes redondos cuyo apellido siempre olvido tocó a mi puerta para decirme que el señor Hanks me esperaba en su despacho. Mierda, seguía oliendo a mujer por más perfume que le echara. Olía a Caroline, a sexo y a irresponsabilidad. Fui al baño y me observé en el espejo, procurando que todo, menos el aroma, estuviera perfecto. Entonces, lo vi. Una mancha de labial en el cuello. ¡Maldita sea, Line! ¿¡Por qué a las mujeres les gusta pintarse la boca con esos colores tan fuertes!? No duran si quiera dos horas con ellos. Tenía que hacer algo. Hanks era de armas tomar cuando se trataba de la presentación. No me quedó otra que correr hacia el único lugar que podía salvarme. —Tengo poco tiempo, ¡quítate la camisa! —dije rápido al tiempo que abría la puerta de la oficina de Alex, sin percatarme que había alguien sentado frente a él. Un cliente. No, dos clientes. Dos hombres con cara de tener muchos problemas ladearon el rostro hacia mí con los ojos abiertos como platos. Alex me observó con una vena marcada en el cuello. Tragué saliva, nervioso. —Yo... necesito tu camisa —corregí cerrando la puerta con ayuda de mi pie. —Estoy ocupado, Wilson —respondió aclarando su voz. —El señor Hanks me necesita y esta porquería —me señalé la prenda —huele a mujer y tiene labial. —¿Y por qué debo pasarte la mía? Pídesela a Will o a Jude. Chasqueé la lengua. Los hombres se susurraban cosas entre ellos y se tapaban la boca para fingir que la situación no les daba risa. —Tú eres mi mejor amigo —contesté. Acto seguido, me quité la corbata frente a los clientes y desabotoné la camisa —. No se hable más del asunto. Alex se levantó rápido y me empujó hacia afuera. Una vez que se aseguró que no haya nadie en el corredor, se quitó la suya y me la extendió rápido, arrebatándome la mía de las manos para cubrirse el torso antes de que alguien pueda mal interpretar la escena de dos hombres semi-desnudos en un pasillo solitario. Un cliché de película porno con temática de oficina. Cuando terminé, le cogí las mejillas y le di un beso sonoro en una. Me apartó con un golpe en el pecho. —¡Ya, vete, maldición! —gruñó — deja de tratarme como tu novio —Se limpió la cara con la mano. Corrí a la oficina de Hanks con una mano dentro del pantalón, tratando de acomodarme la camisa que, para mi gusto, era más corta de lo usual. Evité a dos personas que estaban conversando en el corredor y traté de coger aire antes de abrir la puerta. Apenas me salían las palabras. Ese puto despacho jurídico era enorme. Había tenido que cruzar de un extremo a otro. Cuando llegué, el señor Theodore estaba sirviendo un poco de ron en un vaso. El otro ya estaba listo para beber. Alzo las cejas en dirección a él. «Es tuyo», dijo y extendió su mano hacia el sitial, invitándome a tomar asiento. Alcé las cejas con sorpresa. Supuse que no se trataba de algo laboral o al menos no tan laboral. —¿Sabes cuantos años llevo en Hanks, Tyson y Pratt, Adam? —me preguntó con su voz gastada y ronca. —No, señor —carraspeé —, pero me imagino que toda su vida. El señor George Hanks fue uno de los fundadores de la firma jurídica, junto con Peter Tyson y Aaron Pratt en 1930. Quisieron aprovechar la crisis económica y crearon la firma con especialidad en derecho laboral y mercantil y fue un acierto, crecieron rápidamente y ganaron fama en la Gran Manzana. Ahora, son sus hijos los que llevan la batuta de todo esto, aunque ya están viejos y ningún m*****o de su familia salió amante de las leyes. Para su desgracia, casi todos son ingenieros y economistas. Una sonrisa pequeña se dibujó bajo su bigote blanco. —Sí, toda una vida. Me perdí cumpleaños, navidades, aniversarios e incluso funerales y ahora que soy un viejo decrépito quiero tiempo para disfrutar y, bueno, mi esposa también quiere más tiempo con los nietos y muchos viajes que no hemos podido concretar —No dije nada. Detrás del cristal de sus lentes, sus ojos caídos brillaban mientras observa con tristeza una fotografía sobre su escritorio. Suspiró—. Qué triste que algo que en realidad no existe, como el tiempo, sea tan importante. —Señor, con todo respeto, usted es uno de los mejores abogados de Nueva York. No lo hubiese logrado si no hubiese dedicado todo el tiempo del mundo a esto. —A tu edad los éxitos lo son todo, hijo; a mi edad, no. Hijo. No me gustaba que me llame asi. —Creo que el éxito es una forma de vida —contesté con una sonrisa educada. —Eres joven, Adam y con el tiempo entenderás que hay muchas formas de ser exitoso, aún si eso no implica dinero. Me limité a levantar las cejas. Venga, todo el mundo trabaja por dinero y, si el éxito se obtiene trabajando duro, no me imagino cómo éxito y dinero no van relacionados. —Voy a renunciar, Adam —confesó. Hubo un silencio entre nosotros que él mismo atajó al cabo de unos segundos—: Mi puesto quedará libre, esta hermosa oficina con vistas a Manhattan y todo lo que hay aquí se quedarán para las futuras generaciones. —Qué lástima —murmullé, aunque su oficina me hacía mucha ilusión. No estaba mintiendo, aunque pudiese parecer que quería ser un aprovechado, pero realmente me apenaba, el señor Hanks había sido una especie de padre desde que lo conocí en una conferencia que fue a dar a la universidad sobre actualizaciones legales. Recuerdo haberme acercado a él con las manos temblorosas para preguntar cómo hacer para llegar a ser alguien con tanta reputación como él, el hombre me sonrió y me invitó un café. Desde entonces nunca seguí otro consejo que no fuese de ese hombre y cuando me gradué no dudé en venir a este lugar. —No —rio—, no es ninguna lástima, ustedes se las arreglan solos y Tyson seguirá trabajando, soy yo quien se va. Mi señora quiere que viajemos a Europa y Asia y si ella lo dice, entonces debe hacerse o me echará de la casa —arqueé una ceja con sorpresa mientras el señor Hanks levantó las manos en alto como si se tratara de un asalto. ¿Quién lo diría? El hombre es un dominado—. Bueno, no te aburro con mis asuntos —Se frotó las manos y apoyó los codos en su escritorio. Se acomodó los lentes y con aire serio volvió a hablar —: Adam, debo dejar a alguien recomendado para ser el asistente de quien me reemplazará y me gustaría que tú lideres mi lista. Abrí los ojos de par en par. Miré hacia el cielo con una sonrisa imposible de contener. Un ascenso. Deseaba levantarme de la silla e ir a besar su calvicie. —Tienes veintinueve años —siguió mientras yo ya estaba viéndome sentado en esa silla de cuero que tenía frente a mí —, soltero, sin hijos y con un enfoque y liderazgo que resalta por sobre los demás de tu generación. No eres un hombre de familia y no parece que te vayas a casar pronto. ¿Cuántas van este año? ¿doce? ¡Ja, no te asustes, es broma! Pero ten cuidado, las paredes hablan —Fingí una sonrisa —. En fin, cumples el prototipo que se espera para este puesto. —Creí que no estaba de acuerdo con ese estilo de vida. —Hay cosas que se aprenden con la experiencia, hijo. No puedo decirte como debas vivir, solo puedo advertirte que en algún minuto te puedes arrepentir —me reí. Hanks resopló y entrelazó sus dedos sobre el escritorio—. Sin embargo, sé que has trabajado duro y es lo que más deseas. —Sí, señor. —Pero, debo decir que, con todo lo que te estimo, Adam, tengo mis reparos con mi decisión —Me observó por sobre los cristales por un momento —, por ello quiero darte la oportunidad de que me convenzas de que te mereces el puesto. —Yo... Levantó la mano para hacerme callar. —Tu trato con la gente no es lo que se espera de un abogado. Los clientes reclaman que eres muy duro y poco empático. Soberbio. Altivo y hasta poco humano. —Me limito a hacer mi trabajo, así es como debe ser —sentencié enseguida. —Pero te falta humanidad. —Un abogado debe ser frío para poder mantenerse objetivo y parcial. —Frío para calcular las estrategias del contendor, pero no con tus clientes. Muchos de ellos llegan asustados, creyendo que la vida se les ha arruinado para siempre. Ya tienen suficientes problemas, no hagas de su vida más complicaciones. —Con todo respeto, me interesa solo mi desempeño en el juicio —E hice hincapié en la última palabra. Su rostro cambió, parecía decepcionado, pero no me arrepentía de lo que había dicho, sabía que tenía razón, que lo correcto era no mezclar las emociones ni los sentimentalismos con los clientes porque, a fin de cuentas, solo estaba ejerciendo mi profesión y eso era lo único por lo que me iban a dar una buena paga. Me pasé la mano por mi barba de tres días que no había tenido tiempo de afeitar cuando él sacó de uno de sus cajones una carpeta gruesa y revolvió entre los papeles de su interior. Había silencio absoluto. Nada de ruido, ni si quiera las voces de las secretarias o algún escándalo con los clientes. Absolutamente nada. Y eso era un fastidio, porque significaba que lo único que podía escuchar eran mis pensamientos que, en ese tiempo, seguían bombardeados por las situaciones que había vivido las semanas anteriores. Mi padre llamando incansablemente era una de ellas. Me forcé a pensar en una sola cosa: En cómo se vería mi culo sentado en ese escritorio. Con una mano en la barbilla y otra en el brazo de la silla se quedó mirando uno de los papeles. Alternó la vista entre ellos y en mí una y otra vez. No sabía que cosas pasaban por la mente de ese anciano, pero estaba casi seguro, que no me iba a gustar. Tuve razón. —¿Ese es mi expediente? —balbuceé algo asustado tras tantos minutos sin decir nada. —No, es la carpeta de los pasantes. —¿La conversación ya terminó, entonces? —Hice ademán de levantarme de la silla, pero su mirada distante me advirtió que no era buena idea. —Dejaré a tu cargo a la nueva pasante de Stanford —Extendió la carpeta hacia mí. No se la recibí de inmediato, creo que me quedé congelado por unos segundos mirando esos papeles como si fuesen mierda. Reí, restándole importancia. Él insistió. —¿Acaso la asistencia de los pasantes no es trabajo para los de segundo año? No entiendo, acaba de decir que me iba a ascender y ahora ¿debo hacer el trabajo de los novatos? Entendí que no iba a contestarme nada si no recibía en mis manos la carpeta roja, así es que lo hice, no sin antes lanzar un bufido. Revisé el expediente sin ganas. «Mucha información innecesaria», pensé. La cerré sin si quiera leer el nombre de la persona. Me levanté de la silla, acomodé la carpeta bajo mi brazo apretándola contra mis costillas y hundí las manos en los bolsillos. Tomé aire. —Señor Hanks, yo estoy muy ocupado para cuidar al jardín de niños de la firma, creo que esto puede asignárselo a otra persona. Si me autoriza, se lo llevaré a Jude, él es bueno con eso de las enseñanzas —Me pasé la mano por la cara, algo irritado —. Llevo seis años trabajando en esta firma y más si cuento mi práctica. En todo, mi desempeño ha sido excelente, no estoy para hacer estas cosas. ¿Acaso no soy de los mejores abogados que tiene? No puedo perder tiempo en esto.  —Cómo eres tan bueno en lo que haces, será un honor para esa joven que tú le enseñes —Se recostó en la silla con las manos entrelazadas en la barriga. Odiaba que me sonriera como si todo el asunto le pareciera divertido. —Espere, ¿Es mujer? —¿Algún problema con eso? —Desde que entré aquí solo he visto tres mujeres entre el personal y ninguna de ellas es abogada. —Hemos tenido mujeres abogadas, solo que antes de que llegaras. —¿Está seguro qué quiere incluir una mujer en el equipo? —Cuidado, Adam, se ha ganado una beca y tiene mejores calificaciones que tú. ¿Quién sabe? Hasta quizás te robe el puesto —rio. Me dio un tic en el ojo. Pero ¿qué mierda ha dicho? No me causó gracia. —Lo dudo. —Me alegra que estés tan seguro de tu trabajo porque le pediré que te evalúe en tu trato con las personas, así tendré una opinión un poco más objetiva y me ayudará a decidir. Te estimo demasiado y eso no me deja ser sensato en este caso. —Lo más sensato que puede hacer es confiar en mis capacidades profesionales —espeté. —Lo siento, Adam, debe ser justo. —¿Usted cree justo que mi ascenso dependa de la opinión de una chica? —Creí que te llevabas bien con las mujeres —se mofó con una mano en su boca para ahogar las carcajadas roncas. —Sí, con las que me puedo ligar, no con una niña chismosa de Stanford que vigilará todo lo que hago como una espía. Le dio un ataque de risa. A mí, en cambio, no se me movía ni un músculo de la cara. —Lamento decepcionarte, pero es una gran estudiante, participó en el caso de Ross contra Carter, el del condado de Santa Clara, ese del juez Thompson, ¿lo escuchaste? —No —mentí. Lo cierto era que había seguido ese caso día tras día. Solo sabía el apellido de los abogados querellantes y la única mujer era una flacucha, baja y con cara de asiática. Si era ella, entonces sí parecía una niña de kindergarten.   . . . Continuará 
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD