–Tenía que trabajar, no tengo un auto, así que, ya que tu no deberías estar en pie, supuse que no lo ibas a utilizar. Solo lo tomé prestado por un par de horas – se explicó, mientras intentaba restarle importancia al asunto. Ciertamente la cara de Dante le decía que estaba a punto de matarla con sus propias manos y quería que de forma milagrosa él lograra entender, que no había razón para formar una tormenta de un vaso de agua. –¡Tenías que haberme dicho, Emma! – vociferó – no puedes tomar mis cosas y simplemente desaparecerte, ¡No tienes derecho de usar mis pertenencias! ¡Necesitaba el maldito auto! Emma rodó los ojos, nunca comprendió porque los hombres solían ser tan posesivos con los autos, además, con todo el dinero que Dante tenía, ya era hora de que fuera comprando algún otro

