El bar del hotel era un santuario de luces tenues, una coreografía de sombras que se proyectaban sobre el terciopelo azul petróleo de los sillones. El aire era denso, saturado de un olor persistente a tabaco de importación, maderas nobles y ginebra de la más alta gama. Camila sabía que este era el terreno de caza preferido de los hombres que servían al Ruso; tipos que no entendían de sutilezas, sino de dominación. Eran depredadores por naturaleza, acostumbrados a tomar lo que querían simplemente porque tenían el respaldo de un nombre que congelaba la sangre. Ella estaba a punto de convertirse en la presa más apetecible que hubieran visto en toda la semana, pero con un anzuelo envenenado que ellos ni siquiera sospechaban. Sabía perfectamente cómo estaba distribuida la vigilancia aquella no

