Emiliano miró al resto del salón en espera a que se dijera algo, pero hasta sus hermanos estaban callados. El abogado bajó la mirada a la documentación y negó hacia Emiliano. —Imposible acceder a eso, Emiliano. —él arrugó su ceño. — ¿No puedo trabajar la hacienda desde Manhattan? —preguntó incrédulo. —El punto aquí es que tienes que cuando tomes el control de todo, lo trabajas desde aquí. — ¿En qué parte del testamento dice eso? —preguntó. —Es por lógica, hijo. —Dijo doña María, —Si tienes todo aquí, te quedas aquí. —Yo no quiero vivir aquí, mamá. Pondré a Sebastian a trabajar una parte y…—Emiliano levantó las manos e interrumpiendo. — ¡Hey, hey! ¿Por qué la agarras conmigo? Está bien que no llevemos bien en el pasado, pero… ¿Ponerme a trabajar? Esa es otra historia, carnalito. Yo

