Abril se quitó las sandalias justo en la entrada del penthouse, soltando un suspiro de alivio que pareció drenar parte del cansancio acumulado durante el día. El calzado de diseñador, aunque elegante, le había quedado demasiado apretado después de tantas horas de pie y la fricción constante había provocado una pequeña ampolla en su tobillo que le ardía con cada movimiento. Se quedó descalza sobre el mármol frío, sintiendo el contraste térmico, y trató de avanzar hacia la cocina con un andar irregular que delataba su molestia. El dolor era punzante, una distracción fastidiosa. —Carajo, no aguanto el dolor —dijo ella en voz alta, quejándose mientras intentaba caminar con dificultad hacia el refrigerador, con la intención de buscar un poco de hielo para desinflamar la zona. Sin embargo, no

