Alaric vio la hora en su reloj de muñeca apenas Ethan salió de su oficina. Ocho y tres minutos de la mañana. Había llegado muy temprano, quizá para adelantar trabajo, quizá porque no había podido dormir en toda la noche. Tenía la mandíbula tensa y los ojos marcados por el cansancio, pero se mantenía firme, como siempre. Parte de él había estado inquieto desde que salió de la empresa el día anterior. No quería admitirlo, pero había estado pensando en Abril más de lo que era normal.
Miró otra vez la hora. Ella no había llegado. Era su segundo día y ya iba a presentarse tarde. Apretó los dientes. ¿O es que simplemente había decidido no venir después de que él la cargó con el trabajo de Liliana? No sería raro. Mucha gente no soportaba el ritmo de Bremer Corporation. Y él no tenía paciencia para empleados débiles. Sin embargo, la sola idea de que ella no fuera a la empresa lo irritaba sin razón aparente. Se inclinó hacia el teléfono tratando de controlar la rabia que había comenzado a subir por su garganta, lo tomó y…. Estaba a punto de llamar a Martin para pedirle que la localizara de inmediato, pero antes de poner el auricular en su oido, se escucharon tres golpes suaves en la puerta.
Él no dijo “adelante”.
Solo alzó la mirada.
La puerta se abrió.
Y ahí estaba Abril Rodríguez.
Alaric la miró de arriba abajo mientras soltaba un suspiro de alivio. Se veía hecha un desastre. El cabello lo llevaba recogido con un lapicero, dejando que varios mechones rubios le cayeran en la cara. La falda negra, que el día anterior lucía impecable, ahora estaba torcida, mal acomodada. La camisa gris la tenía remangada sin cuidado, como si la hubiera tomado directamente del clóset sin tiempo de revisarla. Sin embargo, no podía negar que se veía hermosa incluso cuando notoriamente estaba descuidada.
Aunque su rostro mostraba cansancio. No era falta de ganas. Era agotamiento.
La clase de agotamiento de alguien que no había dormido casi nada. Y así mismo era. Después de llegar al apartamento le tocó limpiar un montón de agua. No sabía si había sido ella o su amiga, pero habían dejado la llave abierta y ahora seguramente a fin de mes tendrían una enorme factura por servicios. Además, que había tenido en su mente al arrogante de su jefe toda la noche metido entre ceja y ceja.
Abril respiró hondo, intentando recuperar la compostura mientras avanzaba hacia su escritorio con una hoja en la mano.
Y mientras caminaba, él la observó con un gesto difícil de descifrar entre molestia y satisfacción.
—Estas son las reuniones del día —dijo ella, depositando la hoja frente a él.
Iba a darse la vuelta cuando sintió cómo una mano firme rodeaba su muñeca.
La mano de él.
Ella se quedó quieta en el acto.
No fue un agarre brusco, pero sí suficiente para impedirle moverse. Sintió su cuerpo reaccionar de inmediato. La piel le hormigueó y la respiración se le detuvo por unos segundos. Él estaba detrás de ella, cerca, lo suficiente para que su presencia se notara sin necesidad de verlo.
Su voz cayó sobre ella con peso.
—Es tu segundo día de trabajo —dijo con tono bajo y molesto— y llegas tarde.
El corazón de Abril dio un salto.
Sintió la tensión subirle por la garganta, el calor en el pecho, la presión en las sienes.
Apretó la carpeta que llevaba en la mano libre.
Alaric no se detuvo.
—¿Acaso no entendiste lo importante que es esta empresa? ¿O simplemente crees que puedes llegar cuando quieras?
Abril cerró los ojos un segundo, respirando hondo. El pulso le latía fuerte.
La mezcla de vergüenza, cansancio y rabia se acumulaba en su pecho.
Aun así, se esforzó por mantener la calma.
—Lo siento —respondió, controlando cada palabra—. Tuve un inconveniente, pero no volverá a pasar, señor Bremer.
Él permaneció en silencio unos segundos.
Ella no se movió. Sentía todavía la presión del agarre en su muñeca, firme y dominante.
Alaric soltó un leve sonido, evaluando.
—Mmm —murmuró, por fin dejándola libre—. Te lo voy a dejar pasar por esta vez solo porque hoy estoy de humor.
Abril apretó los labios.
No dijo nada.
Él continuó:
—Pero no quiero que vuelva a ocurrir. No hay segundas oportunidades aquí, Abril Rodríguez. ¿Lo entiendes?
Ella asintió, obligando a su cuerpo a mantenerse erguido.
No quería darle el gusto de verla titubear.
Alaric regresó a su silla, acomodándose con calma exagerada.
Ella retrocedió un paso y se dispuso a salir.
Pero él habló de nuevo.
—Y ahora… tráeme un café.
Ella se giró apenas, sorprendida.
Él añadió:
—No me gusta de máquinas.
Hazlo tú.
La orden cayó como un golpe directo.
No lo vio sonreír.
Pero lo sintió.
Sintió la satisfacción en su voz.
Sintió la intención de provocarla.
Apretó los dedos alrededor de su carpeta.
Respiró hondo y se obligó a mantener la voz estable.
—Sí, señor Bremer —dijo al fin.
Se giró hacia la puerta.
Abrió la manija.
Y antes de salir, sintió otra vez esa ola de rabia contenida subiéndole por el torso.
—Maldito engreído, imbécil, estúpido, arrogante —soltó apenas cerró la puerta de la oficina de Alaric.
Las palabras salieron en un susurro furioso, pero aun así se sintieron como un desahogo necesario. Caminó con pasos rápidos por el pasillo, ignorando al personal que iba y venía, ignorando las miradas curiosas, ignorando la rabia que todavía sentía clavada en el pecho.
Se detuvo frente a la pequeña área donde los empleados preparaban café.
Abrió la cafetera, puso agua y la encendió.
Mientras esperaba que calentara, exhaló fuerte, tratando de tranquilizarse.
Entonces, escuchó voces detrás de ella.
Bajitas.
Chismosas.
Interesadas.
Dos mujeres entraron hablando casi en secreto.
—Sí, lo dejó plantado —susurró una, ajustándose los lentes—. En plena iglesia. El señor Bremer ni siquiera pudo saber por qué. Ella no le dio explicación. Solo le mandó una nota diciendo que no se casaría con él.
—¿Y qué mujer dejaría plantado a un hombre como Alaric? —respondió la otra, con tono incrédulo—. Es guapo, millonario y sexy.
Abril se quedó quieta, con la espalda tensa.
Las escuchaba sin querer escucharlas.
—Una loca —siguió la primera—. Pero lo hizo. Y dicen que él destruyó media iglesia cuando recibió la nota. Todos los invitados salieron corriendo.
Abril abrió los ojos sorprendida.
Alaric… abandonado en el altar.
El arrogante, el odioso, el hombre que parecía de hierro…
¿Plantado?
La cafetera hizo un leve pitido avisando que el agua ya estaba lista.
Abril tomó la taza, pero su curiosidad fue más fuerte.
Agarra su celular.
Escribió rápido en el buscador:
“CEO Bremer corporativo dejado en el altar”
Las noticias aparecieron instantáneamente.
Fotografías. Videos. Artículos.
La iglesia decorada con flores blancas.
Los invitados. Y luego, el desastre.
La destrucción.
Las cámaras.
El escándalo.
Abril agrandó una de las fotos:
Alaric destrozando un arreglo floral con una expresión de furia pura.
—Por amargado lo dejaron plantado —murmuró.
Pero enseguida frunció la boca.
—Aunque… —pensó en voz baja— esas mujeres tenían razón. ¿Quién en su sano juicio dejaría plantado a un hombre guapo y millonario como Alaric Bremer?
Apenas terminó de decirlo, sacudió la cabeza con fuerza.
—No, no… quita esa palabra, Abril —se dijo a sí misma—. Nada de guapo. Es un arrogante. Eso sí.
Apagó la cafetera, preparó el café como le pidió él, respiró hondo e hizo el recorrido de vuelta hacia la oficina de su jefe.
Cuando abrió la puerta… se quedó rígida.
Había una mujer junto a él.
Rubia, pero de un tono más oscuro que ella. Tenía el cabello atado en una coleta alta. Vestido elegante, ajustado, impecable. Cuerpo delgado, estilizado.
Una postura segura y un perfume caro que inundaba el espacio.
Alaric estaba sentado, revisando unos documentos, y ella apoyada a un lado del escritorio, hablándole con familiaridad.
Abril tragó saliva y avanzó con pasos medidos.
—Aquí está su café, señor —dijo, dejando la taza sobre el escritorio.
Hizo el amago de irse, pero la voz de Alaric la detuvo.
—Abril, te presento a Olivia Turner —dijo él—. Es una de las contadoras de la empresa.
La mujer sonrió apenas, como si fuese consciente de su posición y de lo que representaba.
Extendió la mano hacia Abril, pero sus ojos la recorrieron de arriba abajo sin disimular.
—Mucho gusto —dijo Abril, sosteniéndole la mirada sin titubear.
Alaric añadió:
—Ella es Abril Rodríguez. Mi nueva secretaria.
Olivia asintió.
—Encantada. Necesito que escanees estos documentos y los envíes a mi correo —añadió con un tono suave, pero cargado de autoridad.
—Sí, por favor —continuó—. Mi asistente está enferma y no pudo venir.
Le entregó la carpeta a Abril, quien la tomó con ambas manos.
—Con permiso —dijo, sin perder la compostura.
Salió de allí con pasos firmes, pero en cuanto estuvo fuera, resopló con frustración.
—Bien, lo que me faltaba… ahora tengo que hacer el trabajo de otros —murmuró mientras subía las escaleras hacia el área donde estaban los escáneres.
Entró al cuarto, cerró la puerta con el pie, encendió la máquina y comenzó a escanear página por página.
Era un montón de informes.
Muchos números.
Muchas tablas.
Mientras los archivos se cargaban en su laptop, movió el mouse y abrió el documento para verificar que todo estuviera enviándose correctamente.
Y entonces lo vio.
Un número.
Un detalle que no encajaba.
Una cifra alterada en un cuadro que, según la lógica de los balances, no debía estar ahí.
Un desbalance que no correspondía.
Un movimiento extraño entre ingresos y egresos.
Frunció el ceño.
Amplió la pantalla.
Revisó la fecha.
Revisó el código del documento.
—¿Qué…? —susurró.
Volvió a revisar.
Sí.
Estaba mal.
Y no era un error accidental.
Era un número modificado.
Un monto alterado.
Algo que claramente no cuadraba.
Y la pregunta cayó con un peso en su mente:
¿Acaso alguien estaba intentando robar a Bremer Corporation?