¿Tú?

1039 Words
Los zapatos de Abril resonaron sobre el mármol pulido mientras avanzaba por el pasillo. Cada paso le hacía sentir que se acercaba a un abismo. Sabía que Martín era una especie de encargado, alguien con autoridad dentro del área administrativa, pero la última palabra la tenía el hombre que estaba detrás de aquella puerta cerrada. El jefe. El dueño de todo ese edificio que se alzaba como un gigante sobre Manhattan. Tragó saliva y respiró hondo antes de tocar. Nadie respondió. Aun así, empujó la puerta con cuidado y entró. El aire frío y ligeramente perfumado de la oficina la envolvió. Cerró la puerta detrás de ella y dejó que su vista recorriera el espacio. La oficina era enorme, pulcra, ordenada. Tenía paredes de cristal, un escritorio de madera oscura impecable, muebles modernos, alfombra gris y una estantería con premios, reconocimientos y fotografías formales. Nada fuera de lugar. Ningún objeto personal. Todo perfectamente medido. Era el tipo de lujo que imponía. Y en medio de todo eso, sentado tras el escritorio, estaba un hombre con una iPad en la mano y un lapicero digital. Tenía la mirada baja, concentrada, como si lo que estuviera revisando fuera más importante que el mundo entero. Sin levantar la vista, dijo con voz baja y autoritaria: —Siéntate. Abril sintió un escalofrío recorrerle la columna. No sabía por qué. Tal vez era la voz. Era profunda, firme, tan segura de sí misma que parecía ocupar todo el espacio. Se sentó con cuidado, sosteniendo su carpeta entre las manos y tragando saliva. El perfume del hombre llegó a ella en una oleada sutil pero clara. Masculino, caro, imposible de ignorar. Ese aroma le provocó un descontrol extraño en el cuerpo que no quería admitir. Finalmente, él levantó la vista. Sus ojos se cruzaron. Y todo el aire pareció desaparecer de golpe. —¿Tú? —soltaron los dos al mismo tiempo. Abril sintió como si un balde de agua helada le cayera encima. El hombre sentado en ese escritorio, el CEO imponente de Bremer Corporation… era el mismo del restaurante. El arrogante. El engreído. El que pagó su cuenta como si fuera un favor que le hacía a la humanidad entera. El imbécil que la llamó escandalosa y ordinaria. Sus palabras se le atoraron en la garganta. Miró hacia la ventana, deseando poder saltar por ahí para huir, pero imaginarse muerta en las vías concurridas de Nueva York no le dio una buena imagen. Así que respiró profundo y se obligó a mantener la compostura. Alaric se puso de pie. Abrochó el botón de su saco con un movimiento lento y preciso. Y entonces sonrió. Esa sonrisa. Abril la odió al instante. Era arrogante, intimidante, teñida de sarcasmo y de una superioridad que la hacía hervir por dentro. Él disfrutaba esto. Ella lo sabía. Y él también lo sabía. —Así que tú eres la nueva secretaria —preguntó finalmente, como si esa revelación fuera un chiste personal. Abril sintió un impulso extraño, casi primitivo, de insultarlo. De decir algo fuerte, algo que lo hiciera callar, algo que lo pusiera en su lugar. Pero se contuvo. Mordió su labio inferior con fuerza. Tenía que ser profesional. Tenía que conservar ese empleo. No podía arruinar esto por un momento de ira. Alaric lo notó. Notó la forma en que sus dientes atrapaban ese labio rosado y carnoso. Esa fricción breve. Ese gesto involuntario. Y, para su sorpresa, algo parecido al placer cruzó por su pecho. No un placer físico, sino la satisfacción de saber que su presencia la incomodaba, que la hacía tensarse, que la sacaba de su centro. Que ella lo sentía. Y eso, más que irritarlo, lo divertía. —Abril Rodríguez —dijo ella al fin, con voz profesional, clara. Un recordatorio para sí misma. “Tienes que ser profesional, Abril. No encontrarás otro empleo como este.” Alaric repitió su nombre con una lentitud calculada. —Abril Rodríguez… —lo dijo como si saboreara cada sílaba, como si degustara algo suave, como si probar su nombre fuera un lujo que no tenía prisa en terminar. Ella apretó la carpeta entre sus dedos. —No voy a preguntar por tu experiencia laboral —dijo él, caminando alrededor de su escritorio con calma exagerada—. Martín es un profesional. Confío en su criterio. Si vio potencial en ti, significa que lo tienes. De otra forma, no te habría contratado. Su tono era firme pero lento, disfrutando cada reacción que obtenía de Abril. Ella no respiraba hondo. No parpadeaba. Solo lo observaba, con tensión en los hombros. Alaric se detuvo frente a ella. —Lo que sí quiero dejar claro —continuó— es que Bremer Corporation es una empresa de prestigio. Me gusta que mi personal sea el mejor. Decente. Capacitado. Y, sobre todo, con clase. Abril abrió la boca, pero él levantó la mano, interrumpiéndola. —Así que espero que puedas controlar tu temperamento desastroso —dijo sin rodeos— y no me causes malestares. Terminó la frase masajeándose las sienes, como si hablar de ella le provocara una jaqueca repentina. Abril lo miró fija, sin pestañear. Luego se puso de pie con profesionalismo. Cuando lo hizo, Alaric la vio completa. Ya no llevaba la ropa sencilla y simple del restaurante. Ahora estaba vestida como una ejecutiva real. La falda negra ajustada a su cintura, la blusa blanca que marcaba su figura sin ser vulgar, el blazer que la hacía verse elegante. El cabello recogido. Los labios rosados. Los ojos verde agua. Era una imagen contundente. Alaric no esperaba eso. Se quedó observándola unos segundos más de lo necesario. No era solo hermosa. Era imponente. Su presencia llenaba el espacio de una manera diferente a como lo hacía él. Esos ojos verdes… Parecían dos cristales claros capaces de atravesarlo por dentro. Ella habló. —Así será, señor. Prometo no defraudarlo y ser la mejor secretaria que haya tenido jamás. No fue arrogante. No fue débil. No fue indiferente. Fue profesional. Y tragarse su orgullo frente a un hombre así no era poca cosa. Alaric inclinó ligeramente la cabeza, sin quitarle la mirada. Pero por dentro, una idea peligrosa apareció sin que él lo quisiera admitir: Esa mujer iba a ser un problema.
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