Cuando Abril bajó de la camioneta de Alaric, el mundo pareció detenerse en un golpe seco de realidad. El aire nocturno, que antes era frío, ahora estaba saturado por un humo denso y grisáceo que se pegaba a la garganta y hacía arder los ojos. Frente a ella, la estructura que hasta hacía unas horas llamaba hogar estaba envuelta en un caos de mangueras, luces rojas parpadeantes y el rugido sordo de las últimas llamas siendo sofocadas por los bomberos. No solo era su departamento; el fuego se había ensañado con las viviendas colindantes, dejando una estela de hollín y destrucción que borraba cualquier rastro de la calidez que ella había intentado construir. Abril sintió cómo las lágrimas comenzaban a bajar por sus mejillas, calientes y amargas, trazando surcos en su piel manchada por el cansa

