Mi día de suerte

1451 Words
Abril se dejó caer en la pequeña cama de su nueva habitación apenas cerró la puerta. El cuerpo le pesaba, la cabeza le palpitaba y las piernas le dolían como si cada músculo estuviera agotado. No era solo el viaje; había sido demasiado largo, demasiadas emociones acumuladas, demasiadas cosas nuevas en un mismo día. Pero lo que más la tenía tensa era el recuerdo del restaurante. Había perdido el control. Eso no era normal en ella. No solía insultar desconocidos. Y sin embargo, cuando recordó cómo lo había llamado perro infeliz… sonrió. La sonrisa fue corta, pero sincera. Había algo casi liberador en haber irritado así a un hombre que claramente estaba acostumbrado a que todos le obedecieran. Le había visto la arrogancia en la postura, en la forma en que levantaba el mentón, en su voz dura. Le había bastado un instante para saber que él estaba acostumbrado a que nadie le contradijera. —Idiota —murmuró sola, recostándose en la almohada. Cerró los ojos, tratando de relajarse, pero la imagen de él vino de golpe a su mente. El gesto serio, la mirada fría, los ojos de color hielo, la manera en que apretaba la mandíbula cuando ella hablaba. Lo recordó bufando, irritado, molesto por su presencia. Y ella, sin lógica alguna, sintió un escalofrío por la columna. Abrió los ojos de golpe. Sacudió la cabeza con fuerza. Había sido un día largo. Eso era todo. Un extraño, por más atractivo que fuera, no debía ocuparle espacio en la cabeza. Pero entonces lo sintió. Un cosquilleo en los pezones. Un estremecimiento claro. Apretó los labios con molestia. —Debe ser por el tiempo sin estar con nadie —pensó, cambiando de posición, acostándose de lado. Hacía meses que no tocaba a Diego, y cuando lo hacían era tan frío y rutinario que nunca sentía nada real. Ya ni entendía cómo había confundido esa comodidad vacía con amor. Quizás había sido costumbre. Quizás miedo a no encontrar algo mejor. Quizás simplemente estaba aferrada a una idea que jamás existió. Sus ojos comenzaron a arder. El recuerdo de Diego en la habitación con la ropa arrugada, la secretaria desnuda, las sábanas revueltas… le golpeó la mente. Apretó la mandíbula con fuerza, no quería volver a pensar en eso. Se obligó a cerrar los ojos. Y, finalmente, se quedó dormida. … La luz que entraba por la ventana la despertó. Era tenue, filtrada por las cortinas delgadas, pero suficiente para obligarla a entrecerrar los ojos. Tardó unos segundos en recordar dónde estaba. Nueva York. La habitación pequeña. El techo blanco. Un inicio nuevo. Se sentó en la cama y estiró los brazos. Sus músculos seguían tensos, pero se sentía un poco más ligera que la noche anterior. Tomó su toalla, abrió la puerta sin hacer ruido y caminó al baño. La ducha fue rápida. El agua caliente alivió el dolor de piernas y la ayudó a despejar la mente. Cuando salió, se vistió con una de sus faldas ejecutivas, una blusa blanca y un blazer n***o. Era ropa que había usado en su trabajo anterior, un conjunto que le daba seguridad y la hacía sentir profesional. Guardó sus documentos en una carpeta y salió al pequeño pasillo. El olor a pan tostado y café recién hecho la recibió en la cocina. —Buenos días… —dijo en voz baja mientras se acercaba. Kiara estaba de pie frente a la estufa, con el cabello n***o recogido y una taza en la mano. —Abril, ¿qué haces despierta tan temprano? —preguntó sorprendida. —Voy a buscar empleo —respondió Abril, ajustando su blazer. Kiara frunció el ceño y se cruzó de brazos. —Hubieras descansado unos días más. —No —negó Abril con firmeza—. Quiero poder colaborarte. No quiero abusar de tu hospitalidad. Mucho estás haciendo con recibirme aquí, Kia. El diminutivo hizo que Kiara la mirara con ternura. No dijo nada. Solo le entregó una taza de café y un sándwich. Abril apenas comió un par de bocados. El estómago lo tenía cerrado por los nervios. En cuestión de minutos tomó su bolso y salió del departamento. … Nueva York la recibió con ruido y movimiento. El sonido del claxon la hacía saltar cada tanto. Los edificios eran tan altos que pensó que jamás se acostumbraría. La cantidad de personas caminando con prisa la abrumaba. Todos parecían saber exactamente a dónde iban. Ella no. Caminó por varias calles, respirando hondo para calmarse. Entró a la primera empresa que encontró con un letrero que decía “Se solicita personal administrativo”. Entregó su carpeta, explicó que era contadora, dio detalles de su experiencia en México… pero al mencionar que no tenía papeles laborales, la respuesta siempre era la misma: un gesto incómodo, una disculpa, un “lo siento”. Salió y caminó a otra empresa. Y otra. Y otra. Pasaron horas. Tenía los pies doloridos, la espalda tensa y un cansancio creciente mientras avanzaba entre calles desconocidas. Sin darse cuenta, sus pasos la llevaron hasta un edificio enorme. Alzó la vista. Era uno de los rascacielos más imponentes que había visto. Tenía al menos sesenta pisos, quizá más. La fachada era de cristal oscuro, tan pulido que reflejaba el cielo. En la entrada, varios hombres de traje entraban y salían. Todo tenía un aire de formalidad y riqueza que intimidaba. Un letrero junto a la puerta la hizo detenerse. BREMER CORPORATION. Pronunció el nombre en voz baja. Sin pensarlo demasiado, dio un paso hacia adelante y entró. El vestíbulo era amplio, lleno de mármol blanco, sillones grises y lámparas modernas. Todo lucía caro, impecable, silencioso. Había un aroma ligero a flores, mezclado con perfume de oficina. Se acercó al mostrador de recepción. Una mujer de cabello rizado y piel color chocolate levantó la mirada. Tenía ojos amables, pestañas largas y un aire tranquilo. —Buenos días —dijo Abril, acomodando la carpeta en sus manos—. Soy contadora, trabajé en México durante varios años y… —le entregó sus documentos—. Estoy buscando empleo. La recepcionista tomó los papeles y los revisó con rapidez, arqueando una ceja con interés. —Me encantaría ayudarte, también soy mexicana —respondió con sinceridad—, pero… No terminó. Un hombre apareció detrás del mostrador. Tenía un acento ligeramente afeminado, cabello rubio cenizo perfectamente peinado hacia un lado, gafas sin aumento solo para estilo y un traje que parecía hecho a la medida. Su gesto era expresivo, dramático y elegante. —Necesitamos una secretaria urgente —dijo, moviendo las manos con nerviosismo—. El señor Bremer está furioso, la prensa lo está atacando, tiene un montón de reuniones atrasadas… y Liliana está de vacaciones. Ay, Dios mío, qué desastre. Abril lo observó con atención. El hombre hablaba rápido, pero parecía profesional. —Yo puedo serlo —dijo con una sonrisa segura—. Soy contadora, le aseguro que no tendrán una mejor secretaria que yo. El hombre la miró de arriba abajo, pensativo. —No tiene visa de trabajo —murmuró la asistente con la mirada. —No importa —respondió el muchacho sin titubear—. Mientras nadie lo sepa, será nuestro secreto. Entrecerró los ojos como evaluándola. Luego chasqueó los dedos. —Ven querida, muéstrame tus documentos. La recepcionista no dijo nada. Abril le entregó la carpeta completa. Él comenzó a hojearla con rapidez. De pronto sus ojos se abrieron más. —Pero bueno… —dijo sorprendido—. Qué notas tan impecables. Experiencia como asistente contable seis años. Dominio de sistemas. Esto está excelente. Cerró la carpeta de golpe. —Me apena bajarte de categoría, pero te necesitamos —anunció—. Te haré un contrato ya mismo. Abril no podía creer lo que estaba escuchando. Una hora después, estaba sentada en un escritorio moderno, con un auricular en la oreja, atendiendo llamadas, organizando la agenda digital y revisando mensajes que llegaban sin parar. La oficina era amplia, con cristales que daban a una vista impresionante. Todo era rápido, intenso, exigente… y ella no podía dejar de sentir que, por primera vez en semanas, algo estaba saliendo bien. «Tal vez la vida por fin me está premiando después de tanta mierda», pensó. Eso creyó… hasta que escuchó la voz. Una voz ronca, fuerte, autoritaria. —Por favor… la nueva secretaria que venga inmediatamente. El tono hizo que su estómago diera un vuelco. Abril levantó la cabeza y miró a Martín, el hombre afeminado, que estaba parado en el pasillo con una planilla en la mano. Tragó saliva con fuerza. —¿Por qué esa voz me resulta conocida? —susurró, limpiándose las manos en la falda con nerviosismo. Y un escalofrío le recorrió la espalda.
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