Viktoria.
Se cumplía una semana viviendo con Cayden en su departamento y habia encontrado cada hueco donde escondió sus botellas de alcohol antes de ser internado. Él subestima mi forma de ser, que no comprendo lo que está viviendo, pero lo que no sabía es que si lo entiendo porque estuve en sus zapatos hace casi diez años atrás. Cuando estaba consumida por un gran odio hacia mi misma, culpandome de la muerte de mi madre, recordando cada noche las atrocidades que me hizo mi padre, convirtió a una Viktoria en la peor escoria de este mundo que dejó que la mala junta llene mi cabeza de tal forma que una gota de alcohol se convirtió en mi peor vicio.
¿Saben cuando las personas tocan fondo?
En el preciso momento en que pones en peligro a las personas que más amas. Un día me había peleado con mi tío Odik y enojada obligué a mis hermanas menores que suban a mi auto para irnos de esa maldita mansión. Ellas con cierto miedo subieron, estaba tan ebria que no me di las dimensiones de lo que estaba haciendo hasta que no vi una curva y mi auto desbarranco provocando que mi diera alrededor de cinco vueltas antes de caer por completo al mar. Sobrevivir fue un milagro, uno muy grande. Estuve presa seis meses por conducir con altas dosis de alcohol. No pude estar al lado de la recuperación de mis hermanas, una de ellas por mucho tiempo estuvo en silla de ruedas, la otra todavía sufre migrañas producto del golpe en su cabeza.
Recordar esa parte de mi vida es lo que me hace mantenerme fuerte, no quiero ser esa Viktoria autodestructiva.
— ¿Qué haces despierta? — la voz de Cayden me hace observarlo.
— Un insomnio bastante particular — contesto encogiendo mis hombros.
Estaba en la cocina con una vaso de leche caliente y miel, tratando que me ayude a conciliar el sueño porque en verdaderamente mi cabeza trabajaba demasiado de más con cosas del pasado.
— ¿Qué tomas? — inquiere sentándose enfrente mío.
— Leche con miel, mi tío nos preparaba esto cuando no podíamos conciliar el sueño — le cuento suspirando.
— ¿Me dejarías probar? — consulta curioso.
Sorprendida por su respuesta pongo un poco de leche en una taza, pongo en el microondas unos minutos y cuando está bien calentita la saco para luego colocar dos cucharadas de miel.
— Toma — digo al pasarle la taza.
— Gracias — contesta sonriendo.
Un silencio se forma en la cocina, él se encuentra perdido en sus pensamientos y me pongo a observarlo, dejando de lado mis ideas sobre el pasado.
— ¿Quién era el hombre que fue al instituto ese día? — pregunto cortando el silencio.
— Mi padre biológico — declara.
¿Padre biológico?
Eso no estaba en su expediente y por eso me toma muy de sorpresa.
— Perturba tu paz — afirmo.
— Desde que apareció en mi vida hace cinco años atrás — agrega negando su cabeza molesto.
¿Cinco años?
Interesante.
Esos son los años que lleva con su conducta autodestructiva y lo que significa que ese hombre tiene algo que ver en todo esto. Sólo debo indagar más en el fondo, tal vez debía averiguar el nombre de ese hombre para saber un poco más del trasfondo de la cuestión.
— ¿Tienes hermanas? — pregunta.
No me gusta hablar sobre mi vida privada, pero en esta nueva terapia alternativa es tu me das y debes tener algo de recompensa para crear ese fluido vínculo se confianza que necesito para buscar el porqué de todas sus acciones.
— Tengo tres hermanos, un medio hermano que es de mi misma edad y dos hermanas de veinticinco y veinte años. No tengo relación con ninguno por errores del pasado — le cuento dando un sorbo a mi taza de leche caliente con miel.
Otro silencio se forma entre nosotros.
La verdad que llevo casi tres meses trabajando con él y he sacado muy poco de lo que necesito para entenderlo más allá de lo que demuestra. Su patrón de adicción puede estar relacionado con la aparición de su padre biológico, pero se que hay algo más trasfondo el cual lo perturba.
¿Podríamos probar con hipnosis?
Una de las terapias alternativas es la hipnosis, muchos colegas no están de acuerdo con ello porque usamos la vulnerabilidad del paciente para sacar a la luz esos escabrosos momentos que uno oculta en el inconsciente, pero para llegar a ese punto con Cayden necesito más confianza, mucho más.
— Tengo una hermana por el lado de mi madre y al parecer otra del lado del hombre al que golpeaste la otra vez ....
— De tu padre biológico — acoto.
— Ese hombre no es mi padre, la basura nunca le creyó a mi madre que fuera su hijo y por ende no lo considero nada mío. No puede venir treinta y un años después a querer que seamos padre e hijo como si nada — sentencia.
— ¿Y cómo llamarías a Demian Salvatore? — consulto.
Suspira con pesadez.
— Demian es mi padre y Jazmín la mejor madre de este mundo, ellos nos adoptaron y nunca hicieron diferencia con respecto a mis otros tres hermanos....
— Pensé que no los considerabas como tu familia — lo interrumpo.
— Les falle demasiado, ellos siempre me hacen sentir parte de su familia — se queda en silencio.
Levanto mi mano y la apoyo sobre la suya provocando que nuestros ojos se encuentren fijamente esta noche.
— Ellos son tu familia, podemos equivocarnos una y mil veces, decir cosas que no son cierta y la vida misma nos hace darnos cuenta quienes están a nuestro lado en los momentos felices o miserables — me esquiva la mirada, pero decido seguir. — puedes decirme que no te sientes parte de ellos, a todos nos pasa en algún momento de nuestra vida, pero sabes muy bien que te aman ....
— Debo irme a dormir — acota soltando mi mano y de verdad huye de la cocina.
Huyendo de la verdad.
Se como es, cuando la verdad es letal esas que duelen porque deben darte la razón son las que lo hace huir porque es lo más fácil.
Siempre es más fácil huir.
Tomo su taza y la mía, las lavo dejando todo ordenado.
Mañana será otro día.
***
La rutina de Cayden debía empezar temprano, él tenía que seguir un día normal y eso significaba que debía retomar su trabajo como abogado. Me sorprendió levantarme y verlo entrenar en su sala como lo estaba haciendo, me deja unas buenas vistas de su cuerpo sudoroso, provocando que me recueste sobre esa pared teniendo la mejor panorámica de su espalda bañada de sudor.
No está nada mal y sonrío viendo que después de muchos años volvía a sentir algo observando el cuerpo de un hombre, lastimosamente que mis ojos estaban mirando al hombre incorrecto.
— Espero que no generes una adicción al deporte — ironizo pasando por su lado.
— Soy propenso a vivir una vida de adicto — acota.
— Porque tu quieres, si pondrías un poco de ti serían diferentes las cosas — le recuerdo.
Sonríe de lado mientras deja en el piso la pesa que estaba sosteniendo en su mano y se lo que trata de hacer, buscando seducirme con ese dote de galán.
— Linda pijama, doctora — dice guiñando su ojo divertido.
— Lindo cuerpo, letrado — contesto dejándolo sorprendido por mis palabras.
— Puede tocarlo cuando quiera — agrega.
Me cruzo me brazos y enarco una de mis cejas. — Lo tendré en cuenta — ironizo.
No le da tiempo a responder porque el timbre de su departamento resuena y como soy la más cercana a la puerta, abro encontrándome con la mirada curiosa de tres pares de ojos.
— ¡Puta madre! — exclama uno de ellos.
Son dos chicos casi parecidos y una chica que tiene unos perfectos ojos de cada color me observan con suma atención.
— ¿Eres la niñera? — me pregunta el que lleva lentes de sol en sus ojos.
— ¿Disculpen? — inquiero.
Se quienes son, los hermanos de Cayden.
— Me empezaré a portar mal así papá me ponen una niñera así — habla el de pelo corto con una sonrisa ladeada.
— Perdón, se ponen tontos cuando ven una mujer bonita — acota la chica riendo. — Soy Faith y ellos son ...
— Julián Salvatore — se presenta tomando mi mano para dejar un beso.
— Nicholas Salvatore — habla el otro tomando mi otra mano para dejar un beso.
— Cuidado con estos, doctora, les gusta siempre mirar a la misma mujer y compartirla — comenta Cayden acercándose a donde estoy con sus hermanos menores.
— ¡Cay! — exclama su hermana que no duda en saltar para abrazarlo.
Ella a pesar de todo, la apuesta y de haberla puesto en peligro igual estaba ahí con su hermano dándole un fuerte abrazo. Eso debíamos valorarlo demasiado.
— Necesito una niñera — habla uno de los chicos.
— No soy una niñera — digo cruzada de brazos.
— Un gusto conocerla, doctora Brankovič — dice la chica tendiendo su mano.
— Un gusto — contesto tomando su mano.
— ¿Se puede saber que hacen aquí? — cuestiona Cayden cuando los deja pasar.
— Ya sabes, curiosidad — se encoge de hombros uno de los chicos.
— Queríamos desayunar contigo y claro con usted, doctora — dice la chica amablemente. — Mis padres hablan maravilla de usted y del avance de mi hermano — agrega.
¿Curiosidad?
Ellos querían conocerme.
Ahora era mi momento de observar la relación de ellos ya que estaban acá podía tomar nota del comportamiento de Cayden ante sus hermanos.
No parecian malos chicos, sino todo lo contrario, debía buscar la forma que también su otra hermana la que está enojada con él participe de estas cosas, necesito que Cayden se disculpe y a su vez ella acepte las disculpas como medio para tratar de acercarse.
Como decía llevaba una semana conviviendo con mi paciente y tenía bastante cosas para poner en marcha todo y lograr más cambios en la vida de Cayden.
No saldré de su vida hasta curarlo por completo, él es terco y sin dudas no conoce mi faceta de terquedad completa, pobre de él que no tiene de lo que le esperaba, eso sí será todo para su bien, lo prometo.