Narra Luciana. Tres semanas después ... Cuando Ericka y yo llegamos a la casa, agarre la manija de la puerta con anticipación. No podía esperar para salir de este auto y estirar mi pierna acalambrada. Más aún, no podía esperar para deshacerme de esta maldita bota. Todo parecía estar sanando bien, esperaba que la cita del jueves me hiciera caminar libremente. —Oye, te dejaré en la entrada. Tengo que ir a hacer algo. Dile a papá que llegaré tarde, ¿de acuerdo? Miré a Ericka con curiosidad. Algo todavía le pasaba. No era propio de ella que no quisiera entrar primero para ver a su padre. Si no estuviera tan ansiosa por entrar para ver a Abel, la interrogaría. Así que lo dejé pasar y tomé nota mentalmente de taladrarla más tarde. —Sí, claro—respondí y salí estabilizándome. Cuando me dejó

