Alessandra Dumont La puerta de mi habitación se cierra con un golpe seco, y el eco de los pasos apresurados de Alistair alejándose por el pasillo me confirma que he ganado la primera batalla de esta guerra silenciosa. Me quedo inmóvil sobre el colchón desnudo, observando el suelo donde hace un instante reposaba la sábana de seda que él se llevó arrastrando, ansioso por borrar la evidencia física de mi pureza perdida. No puedo evitar que una sonrisa lenta, cargada de un triunfo amargo, se dibuje en mis labios hinchados. Lo hice. El gran Alistair Ferrero, el hombre inquebrantable que maneja la mansión y los negocios con una frialdad implacable, huyó de mi cuarto como un criminal que intenta escapar de su propio destino. Sin embargo, a medida que el silencio devora las esquinas de mi hab

