Alessandra Dumont El aire en el despacho se volvió sólido, una barrera de tensión insoportable. Alistair me tenía contra la puerta, con la mano derecha bloqueando cualquier intento de escape, mientras su mirada me diseccionaba. La furia en sus ojos no era una chispa, era un incendio forestal que amenazaba con consumirlo todo. Él sabía que Thiago me esperaba abajo, impaciente, y esa misma impaciencia era el combustible que estaba haciendo que Alistair perdiera los estribos. —¿Te crees que esto es un juego, Alessandra? —su voz era un siseo bajo, cargado de una posesividad que me erizó cada centímetro de piel—. ¿Te crees que puedes jugar a la mujer libre mientras otros hombres te miran como si tuvieran algún derecho sobre ti? ¿Crees que ese imbécil tiene idea de lo que realmente eres cuan

