—Me encontraba con ella cuando me llamaste, hijo —explicó Clorinda—. También estaba preocupada por tu estado, así que aproveché para traerla. —Dorian, amor… —la pelirroja se acercó con los ojos húmedos—. Mira cómo quedaste. ¿Estás…? Él apartó su mano de un manotazo, obligándola a retroceder. —¿Estás loca, mamá? —bramó—. ¿Cómo se te ocurre traerla aquí? ¡Agnes podría llegar en cualquier momento! —¿No se supone que sale hasta más tarde? —replicó Clorinda, imperturbable—. Sabina solo se quedará un rato. —¡Lo haces a propósito! —se levantó de la cama—. Quieres que venga y nos encuentre aquí, ¿verdad? Eso es lo que buscas. —¿Por qué te comportas así? —le reclamó su amante—. ¿Tienes idea de lo angustiada que he estado por ti? —Tú conoces muy bien los límites que no debes cruzar —Dorian le

