—Tócame —suplicó contra su boca —. Por favor, Agnes… ya no aguanto más. Agnes dejó de pensar. Ni Dorian, ni la edad. Nada. Solo existía esa boca voraz sobre la suya y la carne dura y caliente que llenaba su puño. Hacía años que nadie la deseaba así, con esa urgencia casi dolorosa. Dorian apenas la tocaba; cuando lo hacía era por rutina, sin mirarla a los ojos, sin decirle que era hermosa. Ryan, en cambio, la devoraba como si fuera el último sorbo de agua en el desierto. Cada jadeo suyo, cada temblor, le gritaba que la necesitaba de verdad. Y eso la volvía loca. Lo besó con la misma violencia que él le daba, mordiéndole el labio inferior hasta arrancarle un gemido. Su mano se cerró con firmeza alrededor de la polla gruesa y empezó a moverla, despacio al principio, sintiendo cada vena, c

