Si alguien le preguntaba cuál era el mayor deseo de su vida, Agnes respondía sin titubear: tener hijos. Anhelaba la dicha de ver crecer su vientre durante nueve meses, sentir las patadas del bebé y entregarse a los antojos. Se imaginaba hablándole a su barriga con la certeza de ser escuchada, esperando con ansias el día de sostenerlo al fin en sus brazos y ponerle un nombre. Quería, sencillamente, vivir y respirar por él. Ser llamada "mamá" y acompañarlo en cada etapa de su crecimiento era su sueño más profundo; y, hasta ahora, su mayor frustración. Si aún existía una posibilidad, una chispa de esperanza para concebir y dar vida a su mayor anhelo, Agnes no dudaría en aferrarse a ella. Todavía estaba a tiempo. Sin embargo... —No puedo pagar a un especialista —le confesó a Ryan, quien a

