Con cuidado de no molestar a su paciente, Greta recogió el uniforme del brazo del sofá y se dirigió a la cocina. Allí arregló los agujeros e intentó lavarlo lo mejor que pudo. Nunca volvería a ser un uniforme adecuado, pero al menos podría devolverlo a su unidad en un estado presentable. Con la ayuda de Ezra, limpió el desastre que había dejado el tiroteo. Sustituyó las cortinas por sábanas, barrió el jarrón roto y colocó una tabla desgastada sobre la ventana rota. El sillón había sufrido la indignidad de una gran rasgadura en la tela, pero ya no había nada que pudiera hacer para arreglarlo. Ezra y Greta pensaron lo mismo. "Pobre Liesel, éste era el sillón favorito de su marido". Señaló el relleno que caía al suelo. "No se lo diré si tú no lo haces". Le guiñó un ojo a Ezra, que soltó una

