EL FULARCierro la puerta a mis espaldas y permanezco apoyado en la pared unos instantes, presa de un gran cansancio después del largo día pasado en medio del campo. Ni que hubiera tenido que cultivar toda esa gran parcela de terreno o volver a Roma a pie. Estar sentado en aquella butaca durante veinte minutos me ha colocado encima una carga de tristeza que hacía siglos que no sentía. Viéndome con mi madre, en aquella habitación, he sentido una fuerte soledad y la voluntad de acabar con ella para siempre, de volver abrir mi corazón a la vida. Luego, mientras volvía en la moto, en el silencio total solo roto en la carretera por las ruedas veloces, no he hecho otra cosa que pensar en nosotros tres, en mi familia hace muchos años y en lo que somos ahora, con todo el amor de un hijo y una madre

