Jonathan El calor de su cuerpo se filtraba a través de mi piel como una corriente cálida, despertándome lentamente. Aún con los ojos cerrados, sentí una sonrisa extendiéndose por mi rostro, suave, casi involuntaria. Era una sonrisa que no había usado en años, la clase de sonrisa que viene de un lugar más profundo que la consciencia. Mi pecho se expandió con un suspiro largo y pausado, y todo dentro de mí pareció encajar de repente, como si cada fibra de mi ser reconociera ese momento como un destino alcanzado. Ella estaba ahí. Eliza. Abrí los ojos con cautela, temeroso de que cualquier movimiento brusco pudiera romper la magia que nos envolvía. La luz de la mañana se filtraba a través de las cortinas, dibujando líneas doradas sobre su rostro, como si hasta el sol se hubiera detenido

