Eliza Estaba casada. Y aún me parecía algo supremamente irreal. No podía repetir esas palabras sin que una mezcla de asombro y felicidad desbordante me inundara. Estaba casada con Jonathan, el hombre que había amado desde siempre, el dueño de cada sueño y cada anhelo que había albergado en mi corazón. Había pasado una semana desde aquel día, y todavía me costaba creerlo. Cada vez que los recuerdos de nuestra boda cruzaban mi mente, las lágrimas acudían a mis ojos, suaves y cálidas, un reflejo de la gratitud y el amor que sentía. Todo había sucedido más rápido de lo esperado. Por razones lógicas relacionadas con mi salud, habíamos decidido adelantarlo, pero Jonathan se aseguró de que eso no afectara ni un solo detalle. De alguna manera, convirtió aquel día en el más especial de mi vida

