—¿Qué? Yo no estoy atravesando ninguna situación económica complicada, mi padre me dejó una gran herencia después de morir. Soy la única heredera de los Rivas, tengo el restaurante de mi padre, no hay forma de que me haya quedado sin nada —mi respiración se aceleró al darme cuenta de la magnitud de lo que me estaba diciendo. Vi mi celular sobre la mesa y lo tomé, bajo la atenta mirada del doctor. Tecleé el número de Alfred, el encargado financiero que mi padre dejó para cuidar de mis bienes. El teléfono sonó por unos segundos, y una voz gruesa, como de costumbre, respondió. —Señorita Rivas, perdón… señora Lancaster. —Alfred —susurré, el miedo y la frustración embotando mi voz. —¿Cómo se encuentra mi señora? ¿A qué debo el placer de su llamada? —preguntó con una voz profunda, amable, la

