El reloj de pared marcaba las cinco en punto cuando la puerta de mi oficina se abrió suavemente. No necesitaba que Alfred anunciara quién había llegado. Lo supe en cuanto sentí el perfume, dulce y penetrante, colarse en la habitación como un fantasma del pasado. —Valeria. —Su voz acarició el aire con la misma suavidad que siempre había usado para disfrazar sus intenciones. Me levanté despacio, ajustando el pliegue de mi vestido antes de girarme. Y ahí estaba: Vanessa. Exactamente como la recordaba, aunque más refinada, más peligrosa. Llevaba un conjunto claro, minimalista, que jugaba con la luz del ventanal. Cada detalle estaba calculado para transmitir éxito sin esfuerzo. —Vanessa —respondí con calma, ocultando la punzada que me atravesó el pecho al verla—. No esperaba que vinieras tan

