Era un día aparentemente ordinario en la clínica, uno de esos en los que la rutina parecía absorber a Nicolás por completo. Había repasado expedientes médicos y realizado consultas de manera automática, pero su mente divagaba en pensamientos más oscuros y seductores. La visión de Isabella, con sus miradas que escondían secretos y su risa que lo desarmaba, era una distracción constante, palpitando bajo la superficie de su compostura profesional.
De repente, su teléfono vibró sobre el escritorio, sacándolo del ensueño. Lo tomó de inmediato, esperando que fuese solo un mensaje de trabajo. Pero, al mirar la pantalla, su corazón dio un vuelco: era un número familiar. Isabella.
Con una mezcla de emoción y precaución, contestó rápidamente, asegurándose de que nadie escuchara.
—Hola, Nico. ¿Cómo estás, amor? —la voz de Isabella resonó en la línea, suave pero cargada de una pasión apenas contenida. Esa chispa, tan característica en ella, lo dejaba sin defensas cada vez.
Nicolás sonrió. Sabía que en esas palabras se encontraba todo lo que había soñado y, a la vez, todo lo que lo ponía en peligro.
—Isabella… —respondió con una sonrisa que ella no podía ver pero que, de alguna manera, siempre percibía—. Estoy bien. Mejor ahora que escucho tu voz. ¿Qué tal va tu día?
—Todo bien, pero no podía esperar para recordarte la cena de esta noche —la voz de Isabella era juguetona, lo que lo hacía estremecer de anticipación—. Te tengo una sorpresa.
El tono insinuante en su voz encendió en él una mezcla de curiosidad y deseo, abriendo una brecha entre lo que era y lo que deseaba ser con ella, cada vez más profundo.
—Claro que sí, amor. Ahí estaré. Muero por saber qué es esa sorpresa —dijo él, conteniendo el deseo que crecía en su interior—. ¿Y qué le vas a decir a tu esposo para poder salir?
Isabella soltó una risa suave, como si fuera lo más sencillo del mundo.
—Lo de siempre. Le diré que voy a casa de Sofía a ver una película y tomar unos tragos. Ya está todo bajo control.
Nicolás también río, disfrutando de la complicidad de ese juego peligroso. Sabía que cada palabra, cada excusa, era una pieza en el tablero de su pasión desbordada.
—Y tú, ¿qué le dirás a tu pareja? —preguntó ella, devolviendo la pregunta con una mezcla de curiosidad y satisfacción.
—Lo de siempre también. Tengo una −reunión con colegas−. Ella tiene una cena de negocios esta noche, así que no sospechará nada.
Había una pausa en la línea, donde ambos parecían disfrutar del doble juego. Sabían que esa fachada de normalidad era frágil, pero también era lo que les permitía vivir este secreto, esta aventura que los hacía vibrar como nunca antes.
—Ok, perfecto entonces. Quedamos a las 8. —confirmó Isabella con emoción contenida—. No puedo esperar.
—Yo tampoco, amor. Nos vemos esta noche —respondió Nicolás, terminando la llamada con una sonrisa. Guardó el teléfono en su bolsillo, consciente de que la cuenta regresiva para su próximo encuentro ya había comenzado.
El reloj parecía moverse con lentitud exasperante, pero en su mente, el tiempo era solo un obstáculo menor que no lograba disminuir la anticipación en el aire. Cada minuto que pasaba, el deseo latente en ambos se intensificaba, como una corriente eléctrica que alimentaba la expectativa.
A medida que el atardecer daba paso a la noche, Nicolás sentía cómo el peligro de ser descubiertos se mezclaba con el deseo incontenible de estar con ella. Era una combinación de adrenalina y pasión, una mezcla adictiva que no quería abandonar.
En su hogar, Nicolás se alistaba con cuidado. Su mirada recorrió las prendas en su armario, buscando la combinación perfecta que pudiese cautivarla. Eligió una camisa que resaltaba su figura y unos pantalones oscuros que sabía le favorecían, cada detalle pensado para que Isabella no pudiera apartar la vista de él.
Mientras se ajustaba la corbata frente al espejo, su esposa apareció en la puerta.
—¿Vas a salir? —preguntó ella, observándolo con una mezcla de curiosidad y desinterés.
—Sí, tengo una reunión con unos colegas. No tardaré mucho —respondió Nicolás con voz tranquila, aunque en su interior se debatía entre la culpa y el ansia por lo que le esperaba.
—Está bien. Que te vaya bien —dijo ella, inclinándose para darle un beso en la mejilla antes de salir de la habitación.
Nicolás la observó mientras salía, sintiendo un leve nudo en el estómago. Sabía que estaba arriesgando todo, que cada paso que daba lo llevaba más cerca de un precipicio del cual quizá no pudiera regresar. Pero, aun así, la perspectiva de ver a Isabella lo dominaba.
Tomó su abrigo y salió, dejando atrás la seguridad de su hogar para sumergirse en un mundo lleno de deseo prohibido.
En su apartamento, Isabella también se preparaba con una mezcla de emoción y cautela. Frente al espejo, ajustaba cada detalle de su atuendo con un esmero inusual. Eligió una lencería delicada, que dejaba poco a la imaginación, sabiendo que solo Nicolás sería quien la vería. La emoción de saber lo que le esperaba esa noche encendía su piel, haciéndola más consciente de cada movimiento, de cada latido.
Antes de ponerse su vestido, se colocó un pequeño collar en su intimidad, un accesorio diseñado para intensificar sus sensaciones. Al moverse, cada roce provocaba un estímulo sutil, una promesa de placer que incrementaba su anticipación.
Finalmente, eligió un vestido n***o, elegante pero atrevido, que dejaba al descubierto lo justo para encender la imaginación. Se roció con una fragancia ligera pero penetrante, una esencia que Nicolás reconocería al instante.
Mientras se dirigía hacia la puerta, escuchó la voz de su esposo.
—¿Vas a salir? —preguntó él, observándola con una leve sonrisa.
—Sí, voy a ver una película con Sofía y tomar unos tragos. No te preocupes, no tardaré mucho.
—Diviértete —respondió él, dándole un beso en la frente.
Isabella salió con una sonrisa tranquila, pero en su interior, la anticipación era casi imposible de contener. Cada paso que daba la acercaba a Nicolás, a esa noche que ambos sabían que sería una experiencia inolvidable.
Esa noche, la atmósfera parecía cargada de una energía singular, como si el universo mismo conspirara para unirlos en aquel encuentro clandestino. Ambos se dirigían al lugar de reunión, cada uno desde su propio mundo, pero con la misma ansiedad y expectativa palpitante en sus corazones. Nicolás, al volante, sintió cómo sus pensamientos volaban hacia Isabella, una vez más. Conducía con precaución, controlando cada movimiento, pero en su mente se dibujaban imágenes nítidas de ella, llenas de una intensidad casi tangible.
Recordaba cada detalle que había notado de ella en consultas anteriores: el brillo en sus ojos cuando él la miraba, el ligero temblor en sus manos que ella intentaba ocultar cuando sus miradas se encontraban y aquella sonrisa discreta que aparecía en su rostro, como un secreto entre ambos. Nicolás sabía que esta noche sería distinta; no sería un encuentro casual o una consulta médica cualquiera. Hoy, su deseo ya no sería algo reprimido o relegado a los rincones de su mente. Esta vez, se permitía imaginarla sin restricciones, anticipando el momento en que por fin podrían estar solos, lejos de las miradas y del juicio de otros salir a disfrutar como una pareja normal.
Mientras tanto, Isabella avanzaba, y cada paso que daba la acercaba no solo al lugar de encuentro, sino también a una versión de sí misma que nunca antes había conocido. Ella, quien siempre había sido prudente y comedida en sus decisiones, sentía una excitación diferente al saber que esa noche se entregaría sin reservas. Estaba decidida a liberarse de los límites que en el pasado habían contenido sus deseos y a explorar con Nicolás todo lo que había quedado dormido en su interior.
Al conducir por las calles iluminadas, su mente volaba hacia las últimas consultas en la clínica, aquellas en las que cada toque y cada mirada intercambiada con Nicolás le hacían temblar por dentro. Recordó cómo sus dedos, en un simple roce aparentemente casual, parecían desatar una tormenta en su piel. Cada encuentro con él era un juego de miradas, una danza silenciosa en la que ambos parecían medir la intensidad de sus deseos sin cruzar la línea… hasta hoy. Consciente de lo que estaba a punto de hacer, se detuvo por un instante, respiró profundamente, y dejó que la sensación de anticipación se expandiera dentro de ella, alimentando su decisión.
Nicolás, al llegar a un semáforo en rojo, miró su reflejo en el espejo retrovisor y notó la emoción en sus propios ojos. Era un hombre meticuloso, controlado, que rara vez permitía que sus emociones nublaran su juicio. Sin embargo, en esta ocasión, se sentía como un joven enamorado, incapaz de contener el deseo. El simple pensamiento de estar solo con Isabella, de sentirla junto a él, hacía que su pulso se acelerara. No podía evitar imaginarla en su vestido, cómo el perfume que ella solía usar envolvería cada fibra de su ser, perfumando el aire y marcando el inicio de algo que ambos sabían que iba a cambiar sus vidas.
Mientras se aproximaba al restaurante previamente reservado, su mente viajaba hacia los detalles de los planes de esta noche. Había preparado cada momento con una dedicación inusual, asegurándose de que el espacio fuese perfecto, lejos de las distracciones y rodeado de una atmósfera que facilitara ese encuentro íntimo.
Había pensado en la música, en las luces tenues, en cada pequeño detalle que pudiera contribuir a crear un ambiente acogedor y a la vez provocador, algo que reflejara todo lo que sentía por ella, Nicolás estaba ansioso mientras conducía, con dirección al restaurante que reservo el cual formaba parte de su noche especial.
Isabella, por su parte, estaba detenida en un semáforo y aprovecho para ajustar su vestido, estando consciente de cómo el suave roce de la tela contra su piel encendía una chispa en su interior. Sabía que esa noche no iba a haber excusas, no habría espacio para los temores o para las dudas.
Estaba dispuesta a entregarse completamente, a mostrar una parte de sí misma que hasta entonces había mantenido en secreto. Mientras avanzaba ella bajo los cristales, sintiendo el viento en su piel, que parecía intensificar cada sensación, cada expectativa que latía en su pecho. La noche era suya, y estaba decidida a hacerla inolvidable.
Cada paso la llevaba más cerca de Nicolás, y aunque no lo veía, podía sentir su presencia. Recordaba las conversaciones en las que, sin decirlo abiertamente, ambos habían dejado entrever sus deseos, sus intenciones veladas.
Había algo en la forma en que él la miraba, en el tono de su voz cuando pronunciaba su nombre, que la hacía sentirse viva, deseada. Era como si la energía entre ellos fuera tan intensa que, aunque estuvieran separados, aún podían percibir la proximidad del otro.
Cuando Nicolás finalmente llegó al restaurante, estacionó el auto y bajó, respirando profundamente para calmar los latidos de su corazón. No quería apresurarse; quería disfrutar de cada momento, de cada mirada, de cada palabra. Se ajustó el abrigo, sintiendo la fría brisa de la noche que parecía contrastar con el calor que él sentía por dentro. Miró a su alrededor, y a lo lejos, y observo que se aproximaba al parqueo un vehículo que le era familiar al cabo de unos minutos visualizo la figura de Isabella comenzaba a aparecer entre las sombras. Ella se movía con una gracia y una seguridad que lo dejaron sin aliento. Parecía que todo a su alrededor se detenía, como si el tiempo se dilatara solo para darles un instante eterno a ambos.
Isabella, al verlo, sintió una oleada de emoción que recorrió su cuerpo. La seguridad con la que él la miraba, el leve gesto de su sonrisa, todo parecía invitarla.