VEINTISEIS

3187 Words
🖤DANIEL🖤 Suena como si Adesh estuviera siendo torturado. Los gritos son escalofriantes, prácticamente inhumanos. Corro de vuelta a la tienda, seguro de que alguien nos había encontrado y está matando a mi amigo. Pero cuando entro en la tienda, Adesh está solo. Está de rodillas con la mano sobre la oreja derecha. Sus ojos están desorbitados, un hombre con el peor dolor de su vida. Grita y luego vuelve a gritar. —¿Qué está pasando?— le pregunto, agachándome frente a él. —¡Mi oreja! ¡Mi oreja!— Adesh llora. Sus ojos están desorbitados y se clavan en mí, como si fuera su última esperanza. —Hay algo ahí adentro. Se está abriendo camino hacia mi cerebro— —Déjame mirar— le digo, apartando la mano de Adesh de su oreja. Le ilumino la oreja con una linterna, pero no veo nada fuera de lo normal. Solo esta rojo donde Adesh se la había estado agarrando. —No hay nada ahí— —¡Puedo sentirlo! Está arrastrándose. Se va a comer mi cerebro. Necesito mi cerebro, Daniel. Es todo lo que tengo— —Te equivocas— insisto. Adesh vuelve a taparse la oreja con la mano. —No me equivoco. No soy como tú. No puedo sobrevivir solo con mi apariencia. Necesito mi cerebro— Arqueo una ceja. —Estoy bastante seguro de que no fue un cumplido, amigo. No estaba hablando de sobrevivir sin tu cerebro. Quise decir que te equivocas sobre algo arrastrándose por tu oído. Probablemente tengas una infección de oído. La gente contrae todo tipo de infecciones en la selva tropical— Le pido a Solange que llame a un médico. En un campamento de mercenarios de este tamaño, necesitan ayuda médica. Espero con Adesh mientras grita de dolor. Por suerte, Solange regresa unos minutos después con un médico que lleva un maletín de cuero antiguo. —¿Qué es la cuestión aquí?— pregunta el doctor. —¡Hay un insecto asesino mutante de la jungla en mi oído!— Adesh exclama y luego grita de nuevo, aún más fuerte esta vez. —Vine a la jungla, y los insectos asesinos están enojados conmigo, y ahora algo está en mi oído y se va a comer mi cerebro— —Es sorprendentemente común que los insectos se metan en los canales auditivos?— dice Solange. —Los hospitales en Sudáfrica ven aproximadamente un caso al mes. Hay seiscientos hospitales en Sudáfrica, así que no es una gran cantidad de insectos en los oídos— —¡Dios mío! ¡Son muchos insectos!— grita Adesh. —¡Tal vez tenga más de uno ahí dentro!— —¡Hay una buena posibilidad— dice Solange! Le lanzo una mirada asesina para hacerla callar. —Mira, he estado en la jungla muchas veces— digo, esperando calmar a Adesh. —Muchos hombres habían pensado que algo se arrastraba por sus oídos, pero siempre resultaba ser una infección de oído. ¿No es así, doctor?— El doctor se encoge de hombros y extiende las manos, con las palmas hacia arriba, como su fuera la primera vez que oía hablar de problemas de oído en la jungla. —Déjame echar un vistazo— dice el doctor. Abre su maletín y saca un dispositivo médico. Aparto la mano de Adesh de su oreja y la mantengo alejada de su cabeza. El doctor usa el dispositivo para mirar dentro del oído de Adesh y después de un momento lo devuelve a su bolso. —Me alegra mucho decirte que no tiene un insecto exótico y venenoso de la jungla en el oído abriéndose paso hasta el cerebro— dice el doctor con una sonrisa tranquilizadora. Le doy una palmadita a Adesh en la espalda. —¿Ves, amigo? Te dije que no tenías nada en el oído— Oh, sí que tiene algo en el oído— dice el doctor. —Hay una cucaracha bastante grande abriéndose camino ahí, y esta muy enojada. Pero no es venenosa— —¿Importa si es venenosa si se está metiendo en mi cabeza? ¿No conduce todo al mismo final?— pregunta Adesh. Su voz ha subido un par de octavas, y está a punto de sufrir un colapso total. Me estremezco al pensar en una cucaracha en su oído e intento no vomitar. No me gustan los insectos después de que uno se me metiera bajo la uña del pie durante una misión particularmente desagradable en Corea del Norte. —¿Tiene una cucaracha en el oído? ¿Está seguro? Tal vez se equivoca— le digo al médico. El médico niega con la cabeza. —Es difícil confundir una cucaracha. Son bastante distintivas— Se rasca la cabeza y sonríe. —Si, tu viera un dólar por cada cucaracha que he visto en un oído, podría comprar un apartamento en Miami. No hace mucho tiempo, había tres de esas bastardas en la oreja de una vaca en un pueblo cercano. En realidad, no eran tan pequeñas. Eran tan grandes como mi mano— Levanta la mano para ilustrar el tamaño de las cucarachas en la oreja de la pobre vaca. Adesh grita de nuevo. —¿Puedes sacarla?— le pregunta Solange al doctor. —Puedo hacer mi mejor esfuerzo. Está encajada ahí bastante bien y salta como loca. Y mide al menos dos centímetros, Un tamaño impresionante para la oreja de un hombre— —Tengo un problema glandular— le explica Adesh al doctor y vuelve a gritar. —¡Tengo una cucaracha en la oreja que mide casi una pulgada de largo! Puedo sentirla moviéndose hacia mi cerebro. Una cucaracha está detrás de mi cerebro. ¿Por qué una cucaracha va tras mi cerebro? ¿Por qué no puede ser una cucaracha normal y comer migajas?— Le doy otra palmadita en la espalda. —No te preocupes. La sacaremos de ahí. ¿Cómo vas a hacer eso doctor?— El doctor saca un dispositivo más grande de su bolso. —Tengo una aspiradora. Se la pondré en la oreja y succionara a esa pequeña exploradora— —¡Succiónala! ¡Succiónala ahora!— le insta Adesh presa del pánico y vuelve a gritar. El doctor presiona un botón de la aspiradora, que emite un zumbido. Me indica que sujete a Adesh. Sostengo a mi amigo y lo abrazo fuerte. —Listo— digo. —¡succiónala!— grita Adesh. El doctor pega la aspiradora a la oreja de Adesh. Adesh está bien durante los primeros segundos, y luego grita algo horrible. No creía que pudiera gritar más fuerte de lo que ya había gritado, pero Adesh tiene una potencia pulmonar increíble. —¡Va en la dirección equivocada! ¡En la dirección equivocada! ¡En la dirección equivocada!— grita Adesh. El director apaga la aspiradora y mira dentro del oído de Adesh. —Tiene razón. La cucaracha va en la dirección equivocada. La aspiradora la asustó y está huyendo de ella. Vaya, se ve realmente enojada— —¡Dios mío! Hice enojar a la cucaracha que tenía en la oreja y ahora se está comiendo mi cerebro. Siempre me había preocupado que un zombi se comiera ni cerebro, pero nunca pensé que una cucaracha lo haría— grita Adesh. —¿Tiene algún tranquilizante en su bolso, doctor?— pregunto. —Claro— dice el doctor. Saca una aguja hipodérmica de su bolso y le pone una inyección a Adesh. Inmediatamente Adesh se calma y ya no parece preocuparse de que una cucaracha se estuviera mintiendo en su cabeza y comiéndose su cerebro como un zombi. —¿Hay alguna otra manera de sacar la cucaracha?— pregunta Solange. —Si uso una pinza, se resistirá a mí y se hundirá más profundamente. Eso no estaría bien— dice el doctor rascándose la cabeza. —Pero puedo lavarla bien. Es una buena idea. Podemos lavarla— —Soy el que tiene un insecto, gente— dice Adesh soñadoramente. —Soy el rey de los insectos. Llámenme, Rey Cerebro de cucaracha. Sacrifica a tus hijos por mí y reza por mí en un altar de Pop-Tarts— —¿Qué tipo de tranquilizante le diste?— le pregunto al médico. —Ketamina. La uso en los perros para cirugía— —Pensé que eras médico— dice Solange. —Lo soy. Soy veterinario. Cuido de los perros en el campamento. Hay muchos perros haciendo trabajo mercenario— El veterinario sale de la tienda por un momento y regresa con una manguera, de la cual brota agua. Me indica que sujete a Adesh en el suelo, de lado. —Lo enjuagaremos bien— dice el veterinario. —El Rey Cerebro de Cucaracha y Aquaman se fusionarán y se convertirán en uno— dice Adesh, soñando. —Soy el Dios de la gente del exoesqueleto. Rezadme. Levantad vuestras pinzas e inclinaos a mí. Vaya, realmente puedo sentir la cucaracha enterrándose más profundamente en mi cabeza. Hola, cucaracha. ¿Mi cerebro esta sabroso?— El veterinario pone la manguera contra la oreja de Adesh y la deja correr durante unos buenos treinta segundos. Luego aparta la manguera y vuelve a mirar dentro del oído de Adesh. —Bueno, eso enfureció aún más a la pequeña traviesa — dice el veterinario. —¿Qué quieres decir?— pregunto, alarmado. —Se va a dar un festín. Creo que tu amigo tiene razón. La cucaracha busca venganza y se va a comer el cerebro— El médico habla como si estuviera impresionado con las tácticas de supervivencia de la cucaracha. —Adiós cerebro— dice Adesh, como si se despidiera de alguien que se va a un crucero. —Te tuve cariño mientras estuviste por aquí, pero ahora debo irme y ser el Rey cucaracha y casarme con Aquaman. Eso es legal ahora— —Haz algo— insto al doctor. —¿Tienes aceite?— le pregunta Solange al veterinario. —La cucaracha morirá en aceite. No le importa el agua, pero el aceite la ahogara— El veterinario la mira, impresionado obviamente por su riqueza de conocimientos. Chasquea los dedos. —Gran idea. Vuelvo enseguida— Se va, y cuando regresa trae una botella de aceite de oliva. La descorcha rápidamente, mete un pequeño embudo en la oreja de Adesh y vierte la mitad de la botella en su oído. Burbujea, gorgotea y se derrama. —Están enojados con el Rey cucaracha— dice Adesh. —Me están comiendo vivo— —Se lo está comiendo vivo— repito la veterinario. Estoy realmente preocupado por mi amigo. Qué manera de morir. Ser comido vivo por una cucaracha es mucho peor que ser asesinado por una v****a. —Funcionará— dice Solange, segura de sí misma. —Solo tomará unos minutos— Incluso bajo la influencia de la ketamina. Adesh forcejea en agonía contra mí, mientras sujeto a mi amigo para darle tiempo al aceite actuar. Son diez minutos de pura tortura. Finalmente, Adesh deja de forcejear y me pregunto si la cucaracha está muerta o si ha causado un daño real y Adesh ha fallecido. El veterinario mira dentro del oído de Adesh. —Funcionó. La maldita cosa esta muerta. Ahora puedo sacarla con las pinzas— Cubierta de aceite, la cucaracha se desliza fácilmente fuera del oído de Adesh. Sujeta con las pinzas, el doctor la levanta y nos maravillamos con el gran insecto. —¿Cómo se metió esa cosa tan grande en su pequeño oído?— pregunto. Ahora libre de mí y de la cucaracha, Adesh se pone de pie. Tiene los ojos muy abiertos y las pupilas completamente dilatadas. Intenta en vano enfocar con nosotros. —Tal vez le di demasiada ketamina— reflexiona el veterinario. —Está loco— digo, mientras Adesh comienza a arrancarse la ropa. —¡Soy el Fantasma de la Opera!— anuncia Adesh en un rincón vacío de la tienda. —Soy el Emperador Palpatine. Soy el señor Spock. Cantaré canciones para ustedes— Empieza a cantar un tema de Star Wars, inventando la letra a medida que avanza, mientras se quita la ropa hasta quedar con su traje de bienvenida al mundo y marcha alrededor de la tienda como un soldado de asalto. —Supongo que mi trabajo aquí ha terminado— dice el veterinario y se va. Solange y yo intentamos calmar a Adesh, pero no hay forma de calmarlo. El pobre Adesh está teniendo un viaje terriblemente malo. Está bajo los efectos de la ketamina y ve personajes invisibles de ciencia ficción por todas partes. Lo perseguimos por la tienda. Pienso que casi lo he dominado, cuando Clive y Archie entran, lo que me permite liberar a Adesh, quién salta por la tienda, cantando sobre exoesqueletos y wookies. Clive y Archie Están flanqueados por cuatro mercenarios armados con armas automáticas. Oh, oh, pienso. Esto no es bueno. —¿Podemos hablar mas tarde? Nuestro amigo está teniendo un mal día— les digo. —No estamos aquí para hablar— dice Clive. —Estamos aquí para llevarnos a la chica— Todas la miradas vuelven hacia Solange, excepto Adesh, que ahora gatea por el suelo sobre su prominente vientre, buscando a sus súbditos cucarachas. Me pongo delante de Solange. —No hagas esto, Clive. Hablemos un minuto antes de que hagas algo imprudente— Archie niega con la cabeza. —No se puede hablar de esto, Daniel. Todo esto se trata de dinero— —Entonces, mentiste sobre que el asesinato era en contra de Daniel. Mentiste sobre mover ciento cincuenta millones de dólares— dice Solange. Clive sonríe. —Todo es cierto. Pierre Vivet odia a Daniel. Y si, sabíamos que el ataque era contra nuestro viejo amigo. Pero como sabes, Daniel, para los caballeros como nosotros, jubilados, todo se trata del dinero— —Trabajamos por la bandera y el país— explica Archie. —Ahora no nos gusta que nos paguen en dólares estadounidenses o libras esterlinas. A veces aceptamos bitcoins. Pero ahí estan nuestras prioridades— —¿Quién quiere pagar por Solange?— pregunto. Clive se encoge de hombros. —No apunto nombres. Todo lo que sé es que hay mucha gente buscando a esta mujer. La princesa Anastasia nos dijo que vendrías hacia nosotros y acordamos repartirnos las ganancias. Gracias por trasladarla al hemisferio occidental. Daniel. Nos facilita mucho el trabajo— —¿Pero por qué?— pregunta Solange. —¿Por qué me quieren? ¿Quién me quiere? ¿Es el asesino en serie? ¿Es el quien te obliga a hacer esto?— Uno de los soldados pone una pistola en mi cabeza y otro me da una patada en las piernas por detrás, haciendo que mis rodillas se doblen y caiga al suelo. Archie se inclina sobre mi. —No luches o cotare a tu novia— me susurra. Le creo. No hay forma de protegerla de cuatro asesinos entrenados en los pequeños confines de la tienda y un ejército de mercenarios justo afuera. No puedo arriesgar su vida. Me odio a mí mismo por ponerla en peligro. Nuca debí traerla aquí. Los dos soldados rápidamente me atan a una silla con bridas y luego persiguen a Adesh. Lo atrapan y lo atan desnudo a otra silla con bridas. —No hago todo ese monologo de villano— le dice Clive a Solange mientras la agarra y le ata las manos a la espalda con bridas. —Soy un hombre de acción, no de palabras— Se gira hacia mí, quien forcejeo para liberarme de mis ataduras, pero los ingleses saben cómo atar a un hombre mejor que los chechenos, y no puedo escapar. —Te ablandaste con la chica— me reprende Clive, inclinándose y hablando a centímetros de mi cara. —La primera regla del juego de espías es nunca ser blando con la chica. Cometiste un error, y ahora es tu perdición— Adesh grita fuerte. —Las cucarachas de Skywalker me persiguen, pero tengo la fuerza y se cómo hacer el pellizco del cuello vulcano. ¡No me atraparán!— Todavía atado a la silla, Adesh se levanta y sale corriendo de la tienda hacia la jungla. —¿Quién no le ató las piernas a la silla?— grita Archie a los soldados. —¿Por qué solo lo ataron de los brazos?— —No dejaba de patear— explica uno de los soldados. —Esta muy drogado— —Lo dejaste escapar— se queja Archie. —Está corriendo desnudo hacia el Amazonas— —Déjalo ir— dice Clive. —No es una amenaza para nadie. Está loco y no sobrevivirá la noche en la selva— Temo que Clive tiene razón. Los tres vamos a morir, y soy incapaz de detenerlo. Intento pensar en una forma de escapar, una forma de salvar a Solange y Adesh, pero las probabilidades finalmente me han alcanzado. La potencia de fuego es demasiado fuerte, demasiado grande, y estoy superado en número y en potencia. Adesh va a morir en la selva. Voy a morir en la tienda, y solo Dios sabe cómo van a matar a Solange. Lucho contra mis ataduras de nuevo, pero estoy fuertemente atado. El sonido del helicóptero se hace más fuerte y me parece que aterriza cerca. —¿Te la llevas?— pregunto. Tengo miedo. Si se la llevan, nunca podré encontrarla y la perderé para siempre. ¿Quién sabe que le va a pasar? Desde que la conocí cuando estaba desnuda, con frío y sola, con una placa de identificación atornillada en la oreja, solo puedo imaginar los horrores que la esperan. —No voy a ir contigo. Prefiero morir antes de dejar que me lleves— grita Solange y forcejea contra Clive. Él le hace una mueca y la golpea en la cabeza. Sus ojos se ponen en blanco y cae sobre él, inconsciente. Clive la levanta y la echa sobre su hombro. —No hagas esto— imploro, con la voz fría como el hielo y dura como el acero. En mi trabajo, había matado gente, pero nunca había sentido la furia asesina como la que siento ahora. Con gusto mataría a Clive y Archie. Y lo celebraría después. Clive me señala. —Recuerda, nunca te ablandes con la chica, amigo mío— Clive y Archie se van con Solange, dejando a los dos soldados atrás conmigo. escucho como el helicóptero despega momentos después, presumiblemente con Solange, Clive y Archie a bordo. Tan pronto como el helicóptero despega, uno de los mercenarios de la tienda levanta su arma, apuntándola a mi sien. No hay salida a esta situación. Voy a morir, y voy a morir rápido. Ya he tenido nueve vidas, y la amenaza de mi propia muerte no me asusta tanto, ya que he engañado a la muerte tantas veces antes. Pero sé que soy la mejor oportunidad de supervivencia de Solange. Ella me necesita, y me odio a mí mismo por haberme quitado la oportunidad de sobrevivir lejos de ella.
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