VEINTINUEVE

1701 Words
SOLANGE La gran mayoría de las personas pasan toda su vida sin ganar la lotería. Pero aún hay pequeños milagros que ocurren todos los días, la mayoría de los cuales nadie nota. Luego estan los milagros más grandes que los pequeños. Los que una persona percibe como buena suerte o destino. Sin embargo, a veces la buena suerte y el destino no pueden describir un milagro. En este momento, comprendo que estoy recibiendo mi propio milagro. De alguna manera Daniel Stone me ha encontrado en una pequeña habitación al final de un pasillo detrás de un salón de baile en un casino de lujo en Las Vegas. Pero tal vez no debería sorprenderme. Después de todo, me había encontrado en medio del Bosque de Secuoyas en medio de la noche. La última vez que lo vi, estaba en las garras de sus supuestos amigos, que lo querían muerto, en medio de la selva de Sudamérica. Parpadeo e intento asimilar la gravedad de mi milagro. Primero, me he salvado. No hay manera de que Daniel no pueda someter a un hombre con su cuchillo. Segundo, Daniel ha vuelto a mi vida. Está vivo y bien, y de alguna manera, me ha buscado y me ha encontrado. Por último, me sonríe como si fuera un filete de costilla goteando de mantequilla y el un hombre hambriento. Me gusta más la última parte- —Ahora estás en problemas— me burlo del asesino en serie. —Tú— dice el asesino en serie a Daniel, como si lo reconociera. —Yo— dice Daniel, asintiendo. —Yo, tu peor pesadilla. ¿Es de eso de lo que estás hablando? Supongo que eres el hombre que secuestro y casi mató a la mujer que amo— Me sobresalto y lo miro. ¿La mujer que ama? ¿Eso es cierto? Mi mente se inunda de endorfinas al oír el sonido de su amor por mí. Es como si el tetrahidrocannabinol inundara el cerebro de un consumidor de marihuana primerizo. Se siente fabuloso. —No conozco a la mujer que amas. Nunca la había visto antes. Es una desconocida para mí. Una desconocida hermosa, pero una desconocida, al fin y al cabo— Me mira con una mirada lasciva. —Me hubiera gustado conocerte mejor. Eres algo así como mi…tipo. Digamos que esto es un empate y me iré— le dice el asesino en serie a Daniel, sin bajar el cuchillo. —No te dejáremos ir a ninguna parte— dice Daniel. —Este es el final de tu reinado de terror— —Buena frase— le digo a Daniel sonriendo. —¿Quién te contrató para matarla?— ordena Daniel dando un paso amenazador hacia adelante. El asesino en serie retrocede sin perder el contacto visual con Daniel. —Te dije que no se nada de tu mujer. Escucha, tienes que dejarlo pasar. No entiendes lo que está pasando. Esto es mucho más grande que tu o tu novia. Lo declararemos un empate y me iré de aquí. Nadie morirá hoy— —¿Es la princesa Anastasia? ¿Pierre Vivet? ¿Clive y Archie?— insiste Daniel. El asesino en serie se ríe como un villano de película. —¿Qué te pasa? ¿Tienes daño cerebral? ¿Jugaste demasiado futbol americano universitario? Esto está muy por encima de tu nivel. No tienes la capacidad mental para resolver esto— —Lo resolví— digo. —Se cómo mataste a esas mujeres— La boca del asesino en serie se abre de sorpresa y entrecierra los ojos mirándome. —No me digas. Pensé que era de conocimiento común. Usé un cuchillo como este para matarlas— dice agitando el cuchillo en mi dirección. Me cruzo de brazos y lo miro con el ceño fruncido. Con Daniel a mi lado, no le tengo miedo al asesino en serie en absoluto. —No, no eso. Se cómo sabías cuando estaban durmiendo— —Fue una jugada de mierda atacar cuando estaban durmiendo— señala Daniel. —Cobarde— —No intentes avergonzarme— le dice el asesino en serie. —Soy un sociópata diagnosticado clínicamente. No soy capaz de sentir vergüenza— Daniel me mira. —Esas son palabras ciertas— —Hackeaste sus rastreadores— le digo al asesino en serie. —Los nuevos, los bonitos rastreadores de oro que parecen relojes. Los que Tiffany vende en YouTube. Rastreaban su sueño, y así sabías cuando era seguro entrar en sus casas— Adesh asoma la cabeza en la habitación. Debió estar escondido en el pasillo. —¡Eso es genial Sol!— dice con alegría. —Tiene todo el sentido del mundo. Ojalá y se me hubiera ocurrido a mi— —Que gran cosa— se burla el asesino en serie. —Simplemente encontraré otra manera de hacer mi trabajo. No has descubierto nada. No tienes idea de lo que está pasando— —Bla, bla, bla— Interrumpe Daniel, dando dos pasos hacia adelante. —Conspiración, bla, bla, elite poderosa, bla, bla, llega hasta la cima, bla, bla. Ya lo he oído todo antes, sociópata. A nadie aquí le impresiona— —No sabes con que estás lidiando— insiste el asesino en serie, más alto. Retrocede hasta quedar contra la pared. —No, no sabes con lo que estas lidiando. Ya he tendido suficiente. Te atrapamos, y eso es todo lo que quería hacer. Voy a entregarte a la policía de Las Vegas y dejar que jueguen contigo hasta que delates a todo el equipo de imbéciles para el que trabajas. Mientras tanto, tengo que recuperar ocho segundos que perdí hace un rato— Daniel me guiñe un ojo y luego va tras el asesino en serie como un luchador. El asesino en serie no es rival para él. Daniel lo levanta y lo estrella contra el suelo como si fuera un muñeco de trapo. Sus ojos giran en sus cuencas, pero no suelta el cuchillo. —¡Vamos Daniel, vamos!— vitorea Adesh. —¡Golpéalo donde más le duele! ¡Haz que llore por su mamá!— Daniel se da la vuelta y toma la espalda del asesino en serie. Arranca un cable de la pared y tira de una de las manos del asesino detrás de su espalda y comienza a atarlo con el cordón. —No hablaré— dice el asesino en serie. —Hablarás. Si la policía no te lo saca, lo haré yo— dice Daniel. —Te va a golpear con una guía telefónica como hizo Sopowicz en NYPD Blue— le advierte Adesh. —Ya no hacemos eso porque las guías telefónicas ya no existen— dice Daniel. —Nos hemos vuelto digitales con nuestras técnicas de interrogatorio mejoradas— —No hablaré— repite el asesino en serie y mueve su mano libre debajo de su cuerpo. —¿Qué está haciendo?— pregunto, alarmada. Daniel se aparta de él y lo voltea boca arriba. El asesino en serie se ha apuñalado expertamente debajo de las costillas y en el corazón. Mira fijamente al frente sin parpadear y exhala su último aliento. Daniel se pone de pie y le da una patada en el costado. —¡Bastardo!— grita. —¿Qué pasó?— pregunta Adesh. —No habló— explico. —Se suicidó— —No me lo esperaba— dice Daniel. —¿Quién hubiera pensado que un sociópata se suicidaría?— —Supongo que pensó que era la mejor alternativa— digo, —Me dió la impresión de que era uno de los miembros más agradables de su club— Daniel me rodea con sus brazos y me atrae hacia él. —Me alegra mucho haberte encontrado—dice. —¿Cómo me encontraste?— pregunto, mirando el cadáver del asesino en serie en el suelo. —Fue increíble— responde Adesh por Daniel. —Regresamos hasta indonesia y visitamos a la princesa anastasia. Daniel luchó contra cien hombres para llegar hasta ella— —Eso es una exageración— dice Daniel. —No había más de setenta y cinco hombres. Ochenta como máximo— —La princesa anastasia tampoco quería hablar, así que volvió a llamar a Hulk— relata Adesh. —Buen tipo— dice Daniel. —Si, resulta que estaba agradecido con Daniel por no haberlo matado, y le debía un favor— dice Adesh. —¿Ves? El karma si existe— —Hulk la sujeto mientras le hacía algunas preguntas — explica Daniel. —¿La princesa Anastasia dijo dónde estaba?— pregunto. —Si, Clive y Archie le habían pagado dos millones de dólares para que te entregara. Fue un trabajo fácil para ella porque fui estúpido y caí en la trampa de entregarte yo mismo después de que diera la pista falsa— dice Daniel. Su voz esta teñida de culpa y arrepentimiento. —¿Sabía ella porque me querían?— pregunto. —Si. Porque les pagaron cuanto millones de dólares para que te pasaran de la cadena. Es una conspiración, pero no es tan complicada. Simplemente está formada por los sospechoso habituales. Un montón de imbéciles del hampa. El asesino en serie era el jefe, y pago mucho dinero para recuperarte— dice Daniel. Me aparto de él. —¿Eso es lo que piensas?— pregunto sorprendida. —¿Qué más se supone que debo pensar?— pregunta Daniel. —El asesino en serie no era el jefe— digo mirando su cadáver. —Era un sicario, de los de abajo en la jerarquía. Ni siquiera sabía quién era yo— —Pero te secuestró en el bosque ¿verdad?— pregunta Adesh. —No— digo. —No era él. Hemos estado en el camino equivocado todo el tiempo— —¿De que estás hablando?— exige Daniel, como si hubiera perdido la cabeza. —Su voz. Recuerdo la voz de mi secuestrador. Esta grabada en mi cerebro y nunca la olvidaré— digo, señalando al asesino en serie en el suelo. —La voz de este hombre era diferente. Él nunca me secuestró. Yo no fui una de las víctimas del asesino en serie—
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