No ha pasado un segundo siquiera en que mamá se ha ido al baño, dejándonos a Nacho y a mí a solas, cuando me levanto, me alejo de él, y me siento en el sofá que nos hace quedar de frente, donde antes había estado él. —Huyes de mí como si fuera a lastimarte —se ríe el hijo de puta, mirando su pantalón a la altura de sus piernas—. Mira cómo me dejó de mojado tu madre. Sintiéndome terriblemente humillado confirmo, en efecto, que su pantalón azul marino tiene una gran lámpara de humedad justo donde Sugey estuvo antes sentada. —Tienes suerte de tenerla, cachorrito… —¡QUE NO ME LLAMES CACHORRITO, CABRÓN! Mi grito, lejos de impactarlo, lo hacen sonreír. Nacho suspira, extiende sus brazos, se cruza de piernas y me mira a los ojos por primera vez. —Santi… chavalo… —su voz suena extrañamente p

