—Sí… lo sé… mi niño… por eso perdóname… —¡Las mamás buenas no le ofrecen el culo a sus hijos, Sugey! —le recuerdo, azotándole el culo por primera vez. —¡Ahhh! —jadea ella ante el dolor de mi golpe. Como ella es tan blanca, en sus glúteos quedan marcadas las huellas de mi mano, una en cada cual. —Vamos… mi amor… toma lo que te pertenece… mi ano te pertenece a ti, sólo a ti, Santi. —¡Sucia! —exclamo, dándole otras fuertes nalgadas—. ¡Eres una madre sucia y guarra que merece un correctivo de verdad! —¡Oh, sí, mi amor! —me responde con voz de putona—. ¡Merezco que me castigues! ¡Soy una mala madre y tú, como mi hijo, me tienes que disciplinar! Sé que Nacho está muy cerca de nosotros porque escucho sus densas respiraciones. Mi cambio de actitud hacia Sugey no debió de esperárselo nunca.

