Palacio de Minería, Ciudad de México, noviembre de 2024
El sol se deslizaba por las ventanas altas del despacho de arquitectura, pintando de oro las láminas de papel que cubrían la gran mesa de roble. Marcos Valdez ajustaba los últimos detalles del proyecto que cambiaría su vida profesional: la renovación del centro histórico de Texcoco. A sus treinta y cinco años, había logrado construir un nombre en el mundo de la arquitectura mexicana, con proyectos que mezclaban la tradición prehispánica con la modernidad más vanguardista.
Detrás de él, la puerta se abrió despacio. No necesitaba girarse para saber quién era: el perfume de jazmín y vainilla era inconfundible. Sandra Montes, su colaboradora más joven y talentosa, se acercó hasta quedarse a su lado, posando una mano ligera sobre su hombro.
“Ya terminaste los planos, jefe?” Su voz era suave, casi un susurro que rozaba su oído.
Marcos suspiró, dejando el lápiz de dibujo sobre el papel. “Por fin. Ahora solo falta la aprobación del ayuntamiento y podremos empezar las obras”.
Sandra se inclinó más cerca, observando los dibujos con atención. Su cabello castaño oscuro caía sobre su rostro, y cuando se movió para apartarlo, sus dedos rozaron brevemente la suya. Marcos sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura del despacho.
“Es impresionante”, dijo ella, mirándolo a los ojos. “Tu forma de conectar el pasado con el presente… nadie lo hace como tú”.
Era la cuarta vez esa semana que ella lo elogiaba de esa manera, con una mirada que prometía mucho más que simples cumplidos profesionales. Marcos cerró los ojos por un instante, intentando expulsar la imagen de Ana, su esposa de ocho años, esperándolo en casa con la cena lista.
Ana. Su Ana, que había estado con él desde los tiempos difíciles de la universidad, cuando vivían en un pequeño departamento en Coyoacán y compartían tortas de jamón porque no alcanzaban para más. Ella había abandonado su propia carrera de abogada para apoyarlo en su sueño, administrando la empresa desde sus inicios, cuidando de cada detalle mientras él se enfocaba en el diseño.
“Gracias, Sandra”, dijo Marcos, alejándose ligeramente. “Debes irte, ya es tarde. Tu novio te estará esperando”.
La joven rio suavemente, sacudiendo la cabeza. “No tengo novio, jefe. Y me gusta llamarte Marcos, no jefe. Somos casi de la misma edad, ¿no crees?”
Treinta y cinco él, veintinueve ella. Casi la misma edad, sí, pero con una diferencia abismal en sus vidas: él tenía un hogar, una esposa que lo amaba, una empresa consolidada. Ella era una joven talentosa que había llegado a la ciudad desde Mérida hace apenas un año, con las maletas llenas de sueños y ninguna responsabilidad que la atara.
“Deberías irte”, repitió Marcos, pero su voz carecía de firmeza.
Sandra se acercó aún más, hasta que sus cuerpos casi tocaban. “¿Qué pasa, Marcos? ¿Tienes miedo?” Sus dedos recorrieron la línea de su mandíbula, y en ese momento, todos los años de monotonía matrimonial, todos los días de trabajo sin descanso, todos los momentos en los que Ana había estado más preocupada por las cuentas que por él, parecieron colapsar en un solo instante.
Él la besó. Un beso apresurado, ansioso, lleno de la locura de lo prohibido. Cuando se separaron, ambos respiraban con dificultad. Sandra sonrió, dejando una mano sobre su pecho.
“Mañana a las seis de la tarde”, dijo ella. “El hotel de la esquina. Yo reservaré una habitación”.
Marcos no dijo nada. No necesitaba hacerlo. Ya había tomado la decisión que cambiaría el curso de su vida. Mientras salía del despacho y se dirigía a su coche, la imagen de Ana esperándolo en la cocina de su casa en Texcoco se mezclaba con la sonrisa de Sandra, y él sintió una mezcla extraña de culpa y emoción que no había sentido en años.
La casa era cálida cuando llegó. Ana estaba en la cocina, vestida con su delantal azul claro, revolviendo una olla de pozole rojo. El aroma familiar llenó todo el espacio, y por un instante, Marcos sintió cómo la culpa le apretaba el pecho con fuerza.
“Hola, amor”, dijo ella, girándose con una sonrisa luminosa. “Llegaste tarde. ¿Cómo estuvo el día?”
“Bien”, respondió él, acercándose para besarla en la frente. “Los planos están listos”.
“¡Qué bueno! Eso significa que podremos tomar ese viaje que hablábamos a San Miguel de Allende. Ya casi es Navidad, sería perfecto”.
Marcos asintió, pero sus pensamientos estaban miles de kilómetros de allí. Ana no notó su distracción; estaba demasiado emocionada hablando de los detalles del viaje, de los regalos que comprarían para la familia, de cómo podrían aprovechar para visitar algunos museos de arquitectura.
Mientras cenaban en el comedor, con las velas encendidas y el murmullo suave de la radio de fondo, Marcos observó a su esposa. A sus treinta y cuatro años, seguía siendo la mujer más hermosa que conocía: ojos color avellana, cabello castaño claro recogido en una coleta sencilla, manos que habían trabajado tanto por él y por la empresa. Pero en ese momento, no veía la mujer que había amado con locura en su juventud; veía una carga, una responsabilidad que le impedía vivir la vida que creía merecerse.
Después de cenar, se fue a la oficina del segundo piso, alegando que tenía que revisar algunos correos electrónicos. En realidad, estaba escribiendo un mensaje a Sandra: Mañana a las seis. Estaré allí.
Cuando envió el mensaje, sintió un alivio que no debería haber sentido. No se dio cuenta de que Ana estaba en la puerta, observándolo con una expresión de confusión y tristeza. Había venido a llevarle una taza de café, pero se había quedado escuchando cuando el teléfono había vibrado con el mensaje de Sandra. No había leído el texto completo, pero el nombre era suficiente para despertar sus peores sospechas.
Ana se retiró sigilosamente, llevándose la taza de café sin decir nada. Se quedó en la cocina, mirando el fuego de la estufa mientras las lágrimas comenzaban a rodar por sus mejillas. Había notado los cambios en Marcos desde hacía semanas: llegaba tarde todos los días, estaba distraído durante las comidas, olvidaba las fechas importantes. Había querido creer que se trataba solo del estrés del proyecto, pero ahora sabía que había algo más.
Esa noche, mientras Marcos dormía a su lado, Ana se quedó despierta hasta el amanecer, acariciando su vientre sin que él lo supiera. Tenía tres semanas de embarazo, y había estado esperando el momento adecuado para contárselo. Ahora no estaba segura de si debería hacerlo.