“Entiendo”, dijo Ana después de escuchar todo. “Necesito tiempo para pensar. Un día, no más. Mañana a esta hora te daré mi respuesta”.
Marcos la miró con incredulidad. “¿Un día? Sandra no tiene tanto tiempo, Ana. El médico dice que cada hora cuenta”.
“Un día es lo que necesito”, repitió ella con firmeza. “Y quiero hablar con otro especialista, independiente. Necesito estar segura de que esto es realmente necesario”.
Sandra se ajustó en la silla de ruedas, fingiendo un mareo. “Marcos… me siento mal. Creo que debo volver a mi habitación”.
El arquitecto la acompañó rápidamente, dejando a Ana sola en la sala de espera. Mientras caminaba hacia la salida del hospital, su mente corría a mil por hora. Había llamado a su hermana María, quien vivía en Guadalajara y era médico, y esta había prometido venir inmediatamente para ayudarla. También había contactado a un detective privado que había contratado semanas antes para investigar a Sandra, y esperaba tener resultados en cuestión de horas.
Esa noche, Marcos no regresó a casa. Llamó para decirle que se quedaría en el hospital con Sandra, que esta necesitaba su apoyo. Ana no dijo nada, solo agradeció la llamada y colgó. Se fue a la habitación que compartía con Marcos, sacó una maleta del clóset y comenzó a empacar algunas de sus cosas, junto con las prendas para bebés que había comenzado a comprar en secreto.
A las diez de la noche, el detective llamó. Le dio todos los detalles que había conseguido: Sandra no tenía insuficiencia renal, ni ninguna otra enfermedad grave. Había pagado al doctor Rivera para que falsificara los exámenes y le diera el diagnóstico falso. Además, el detective había conseguido grabar una conversación entre Sandra y un hombre que parecía ser su cómplice. En ella, hablaban de cómo después de la muerte de Ana, ellos tomarían el control de la empresa y del patrimonio de Marcos, y luego lo eliminarían para quedarse con todo.
Ana sintió cómo se le helaba la sangre, pero también sintió un alivio enorme al confirmar sus sospechas. A las once, llegó María, y después de abrazarla fuerte, le mostró los resultados de las pruebas que Ana había hecho días antes: estaba embarazada de cuatro semanas, y tanto ella como el bebé estaban sanos.
“Tienes que dejarlo, hermanita”, dijo María, mirándola a los ojos. “Este hombre está dispuesto a poner tu vida en riesgo por una mujer que solo le quiere el dinero. No merece que te quedes con él”.
Ana asintió, aunque las lágrimas rodaban por sus mejillas. “Lo sé. Pero quiero que él se entere de la verdad por sí mismo. No quiero que piense que estoy mintiendo para evitar ayudar a Sandra”.
Juntas, planearon cómo hacer que Marcos descubriera la mentira. María conocía a una enfermera del hospital que estaba dispuesta a ayudarles, y el detective había conseguido acceso a las cámaras de seguridad del centro médico. Todo estaba listo para la mañana siguiente.
CAPÍTULO 4: LA VERDAD SALE A LA LUZ
Hospital Ángeles del Pedregal – Enero de 2025
A las ocho de la mañana, Marcos llegó a la habitación de Sandra después de pasar la noche en el sofá del cuarto de visitantes. Estaba exhausto y preocupado, pensando en la conversación que tendría con Ana cuando esta llegara para darle su respuesta. Esperaba que ella entendiera, que aceptara hacer el trasplante por él, por el amor que alguna vez habían sentido el uno por el otro.
Cuando se acercó a la puerta de la habitación 307, oyó voces que no deberían estar allí. Reconoció la voz de Sandra y la de un hombre que no conocía.
“No te preocupes, Jorge”, decía ella con una voz segura y clara, nada parecida a la débil que había usado hasta entonces. “Mañana Ana vendrá a decir que acepta el trasplante. El doctor Rivera ya tiene todo preparado: durante la operación, le inyectarán una dosis letal de anestesia, y dirán que fue una complicación. Marcos heredará todo su dinero y sus propiedades, y como yo soy la única que está a su lado, él me dejará todo a mí”.
“Y después de eso”, respondió el hombre, riendo bajo. “Nos deshacemos de él también. Un overdose de somníferos, o un accidente de coche. Nadie se dará cuenta. Con todo ese dinero, podremos vivir como reyes en cualquier parte del mundo”.
Sandra rio, y Marcos pudo escuchar cómo se movía en la cama, sin ningún signo de debilidad. “Además, Ana está embarazada. Me enteré hace unos días. Mejor quitar a ambos de en medio para que no haya herederos que nos molesten”.
Marcos se quedó petrificado en la puerta. No podía creer lo que estaba escuchando. La mujer a la que creía amar, la mujer por la que estaba dispuesto a poner en riesgo la vida de su esposa y de su hijo, estaba mintiendo todo este tiempo. Sintió cómo la ira, la culpa y el dolor se mezclaban en su pecho, haciéndole difícil respirar.
De repente, la puerta se abrió de golpe. Allí estaba Ana, acompañada de María y el detective, quien sostenía una grabadora en la mano. Al fondo, la enfermera que les había ayudado mostraba en una tableta las imágenes de las cámaras de seguridad, donde se veía a Sandra caminando sin problemas por el pasillo la noche anterior.
“Sandra Montes”, dijo el detective, mostrando su credencial. “Estás detenida por intento de homicidio, estafa y falsificación de documentos médicos. El doctor Rivera ya ha sido arrestado, y tu cómplice Jorge López está siendo detenido en este momento”.
La joven mujer se quedó muda, mirando de un lado a otro con los ojos llenos de ira. Intentó levantarse de la cama, pero los guardias de seguridad que habían estado esperando fuera entraron y la sujetaron.
Marcos se dirigió a Ana, con las lágrimas rodando por sus mejillas. “Ana… amor… perdóname. No sabía. Nunca pensé que ella pudiera hacer algo así. Nunca quise hacerte daño a ti ni al bebé”.
Ana lo miró a los ojos, y él vio en ellos un dolor profundo, pero también una determinación que no había visto antes. “Lo sé, Marcos. Pero eso no cambia lo que hiciste. Estuviste dispuesto a sacrificarme y a nuestro hijo por una mentira. Por una mujer que solo te quería por el dinero”.
“Te ruego que me des una oportunidad”, dijo él, arrodillándose ante ella. “Te amo, Ana. Amo a nuestro bebé. Haré lo que sea para recuperarte, para demostrarte que soy el hombre que una vez amaste”.
Ana tomó su mano por un instante, apretándola suavemente. “Yo también te amé, Marcos. Mucho. Pero el daño está hecho. No puedo volver a confiar en ti, no puedo criar a nuestro hijo en un hogar donde mi vida no valga nada frente a la de otra mujer”.
“Pero… ¿adónde irás? ¿qué harás?” preguntó Marcos, con la voz rota.
“Me iré con mi hermana a Guadalajara”, respondió ella. “Tengo dinero ahorrado, y María me ayudará a empezar de nuevo. El bebé y yo estaremos bien. He ya hablado con mi abogado: el divorcio será rápido, y pediré la custodia exclusiva de nuestro hijo. También pediré que se investigue toda la empresa, para asegurarme de que Sandra no haya dejado nada pendiente que pueda dañar lo que construimos juntos”.
Marcos sintió cómo el mundo se desmoronaba a sus pies. Había perdido a la única mujer que realmente lo había amado, a su hijo que aún no había nacido, y todo por una pasión estúpida y una mentira.
“¿Nunca más podré verte a ti ni al bebé?” preguntó, con la voz casi inaudible.
Ana negó con la cabeza, aunque sus propios ojos estaban llenos de lágrimas. “No ahora, Marcos. Quizás en el futuro, cuando nuestro hijo sea mayor, podrá decidir si quiere conocerte. Pero por ahora, necesito tiempo para sanar, para construir una vida segura para nosotros”.
Después de eso, Ana se fue con María, dejando a Marcos solo en el pasillo del hospital, mientras los guardias llevaban a Sandra fuera de la habitación gritando insultos. El arquitecto se sentó en el suelo, apoyándose contra la pared, y comenzó a llorar como un niño, conscientemente de que había perdido todo lo que realmente importaba en su vida.