CAP. 22 - JULI
El bosque se mostraba agitado. Las ramas se sacudían sin viento, los pájaros enmudecían demasiado pronto. Emma lo percibió: algo oscuro respiraba entre la espesura. Siguió el murmullo de la acacia, y el sendero la llevó hasta una morada hundida en sombra. Era el refugio de Juli, la escritora que se había aislado del mundo, persuadida de que lo sabía todo.
Juli garabateaba como quien dicta sentencias. No precisaba testigos, ni lectores, ni amigos. Las palabras eran su alimento y su castigo. Inventaba pecados, falseaba vidas, acusaba sin pruebas. Su pluma era un verdugo, y ella se creía intocable, indiscutible. El aislamiento no era resguardo: era sitial de soberbia.
Emma abrió la portezuela sin pedir permiso. El bosque la había convocado, y ella obedecía. Adentro, las paredes estaban revestidas de frases escritas a mano, acusaciones que se reiteraban como ecos. Juli levantó la vista, con desprecio.
- ¿Qué hacés aquí? -indagó. —El bosque me trajo -reconoció Emma-. Algo anda mal en este sitio.
Juli rió con petulancia. -Yo lo sé todo. No preciso que nadie me juzgue.
Emma no alzó la voz. -Tus palabras son navajas. Has destruido vidas desde esta oscuridad. Creés que tu aislamiento te resguarda, pero en realidad te pudre.
Entonces las paredes empezaron a susurrar los textos de Juli, reiterándolos una y otra vez. Las imputaciones que había escrito contra otros, zumbaban ahora contra ella. Juli intentó cubrirse los oídos, pero era inútil: su soberbia la había condenado.
Emma abrió una ventana. La luz entró de golpe, y las frases se transformaron, revelando su crueldad. Juli chilló, pero sus propias palabras la sofocaban.
Emma no la tocó, no necesitó hacerlo. El bosque había resuelto que Juli debía morir por lo que había escrito. La escritora cayó sobre su mesa, rodeada de epístolas que ardían sin fuego.
Emma salió de esa casa tenebrosa y el bosque volvió a respirar. La soberbia de Juli había acabado. La justicia, otra vez, se había ejecutado.