Violet
Tres días antes, Violet había recibido la llamada del coronel Méndez mientras estaba en la cocina de la casa de sus padres, pelando papas para la cena.
—Señorita Violet Sánchez —dijo la voz grave al otro lado del teléfono—. Habla el coronel Méndez, del Comando de Atención a Veteranos. La hemos seleccionado para un programa especial de enfermería domiciliaria para soldados con secuelas graves de la guerra. ¿Estaría dispuesta?
Violet dejó el cuchillo sobre la tabla. Su madre, que estaba friendo cebollas en la sartén, la miró con preocupación.
—¿Secuelas graves? —repitió Violet—. ¿De qué tipo?
—Físicas y psicológicas. En su caso, pérdida total de visión. El paciente es el sargento Alan Rivas, treinta y cinco años, exlíder de escuadrón. Actualmente vive solo en una propiedad familiar. Ha rechazido a los seis enfermeros anteriores.
Violet frunció el ceño. Seis rechazados.
—¿Y por qué cree que yo sí funcionaría?
El coronel se rió por lo bajo.
—Porque su expediente dice que es más testaruda que una mula de artillería y que no se asusta fácilmente. Además —su voz se volvió más seria—, su hermano sirvió en el mismo pelotón. Mateo Sánchez. Murió en la misma misión donde el sargento Rivas perdió la vista.
El aire se espesó en la cocina. Violet apretó el teléfono contra su oreja.
—Lo sé —dijo, con la garganta cerrada—. Por eso me hice enfermera.
—Entonces entiende por qué lo necesito a él vivo.
Violet colgó y se quedó mirando la cebolla que su madre seguía friendo. Su madre no había escuchado la conversación, pero algo en su mirada delató que sabía.
—¿Es por Mateo? —preguntó la madre, en voz baja.
Violet asintió.
Su madre apagó el fuego, dejó la sartén y la abrazó. Las dos lloraron en silencio, como lo habían hecho tantas veces en los últimos seis meses.
Mateo tenía veintidós años cuando murió. Dos años menor que Violet. Se había alistado porque admiraba a los soldados, porque quería "hacer algo importante", porque era joven y estúpido y valiente. Violet intentó disuadirlo. Sus padres también. Pero Mateo era terco, igual que su hermana.
La guerra duró tres años. Mateo sobrevivió a dos de ellos. En el tercero, una emboscada en una zona rural acabó con su vida y con la vista del sargento Rivas.
Violet leyó el informe oficial tantas veces que se lo sabía de memoria. Decía, entre otras cosas, que el sargento Rivas había intentado arrastrar a Mateo fuera de la línea de fuego mientras sangraba por la nuca. Que no soltó su cuerpo hasta que los refuerzos llegaron. Que después de eso, nunca volvió a ver.
Por eso Violet no dudó cuando el coronel la llamó.
No era venganza. No era curiosidad. Era algo más simple y más terrible: necesitaba ver con sus propios ojos al hombre que estuvo al lado de su hermano en sus últimos segundos de vida. Necesitaba saber si Mateo había sufrido. Necesitaba saber si el sargento Rivas realmente había hecho todo lo posible.
Y si eso significaba aguantar los insultos, los portazos y la oscuridad de un hombre roto, pues lo haría.
Tres días después, Violet estaba frente a la puerta de la mansión de Alan Rivas, con su uniforme azul marino recién planchado, su mochila médica y el corazón acelerado.
Cuando él abrió la puerta, Violet lo vio por primera vez.
Era alto. Más alto de lo que esperaba. Hombros anchos, brazos musculosos que aún conservaban la forma del entrenamiento militar. El pelo oscuro, ligeramente despeinado, como si se hubiera pasado la mano por él mil veces. La mandíbula tensa. Las manos grandes, con nudillos marcados (algunas costras recientes, notó). Y los ojos. Dios, los ojos.
Azules. Claros. Brillantes. Vivos.
Pero vacíos.
No era una paradoja. Era una tragedia congelada en dos pupilas que deberían estar viendo el mundo y solo reflejaban ausencia.
Alan la encaró sin verla. Preguntó qué quería. Violet respondió. Y cuando él intentó intimidarla con la belleza inútil de sus ojos, ella no parpadeó.
Mateo, pensó. Esto es por ti.
Luego el perro movió la cola, Alan la dejó pasar, y Violet cruzó el umbral de la mansión más fría que había pisado en su vida.