8 Lo que quedó después del golpe

1643 Words
. Capítulo — Lo que quedó después del golpe La mansión Montesino estaba en silencio de esos que parecen escuchar todo y guardar memoria. Jesús entró despacio, con una mano apretándose la mandíbula. Cada paso era un latido. No solo por el dolor que le quemaba la piel, sino por lo que había visto en los ojos de Dylan cuando su puño cayó contra su cara. Había cruzado un límite. Y ya no había vuelta atrás. Cerró la puerta sosteniendo el picaporte hasta el final para que no hiciera ruido. Sus padres dormían. Si alguien encendía una luz y preguntaba… todo iba a estallar. El abuelo estaba de viaje por trabajo. Por primera vez agradeció esa ausencia. Si el viejo llegaba a verlo, no sabía que explicaciones dar. Siempre había tenido esa manera de entender sin palabras, de ver lo que los demás fingían no notar. Jesús se dejó caer en la cama. Y el dolor terminó de caer con él. El labio partido le latía. El pómulo parecía crecer a cada segundo. Tenía el sabor metálico de la sangre mezclado con algo peor: culpa. La puerta volvió a abrirse. —Shhh… —susurró Javier. Entró rápido, cerró detrás suyo y caminó hasta la cama con una bolsa de hielo envuelta en una toalla y un vaso de agua y unos analgésicos. No preguntó nada. Se arrodilló frente a él. —Quedate quieto. Apoyó el hielo sobre el ojo inflamado. Jesús respiró hondo, pero no se quejó. El frío le mordía la piel, lo obligaba a estar presente, despierto, pagando. —Mañana decimos que te caíste —murmuró Javier—. O que chocaste con alguien en la fiesta. Lo que sea. Inventamos algo. Jesús dejó escapar una risa pequeña, rota. —Yo no me peleo con nadie, Javi. Nunca. —Ya sé. Ese “ya sé” pesaba más que cualquier reproche. Javier abrió el cajón de la mesa de luz, sacó una pomada para los golpes y se lo alcanzó. —Tomá ponete en el pómulo. Jesús obedeció sin discutir. Javier lo miraba.Esperando. Hasta que lo dijo. —¿Por qué lo hiciste, Jesús? La pregunta no acusaba. Pero dolía. Jesús cerró los ojos. Buscó una respuesta que no lo dejara en evidencia. No la encontró. —No lo sé —admitió al final—. Te juro que no lo sé. Se pasó la mano por el pelo, temblando. —La estaba defendiendo de Ian… y después… pasó. Javier sostuvo la mirada. Sabía que no había sido “después”. Sabía que eso llevaba años acumulándose en silencio. Pero eligió callar. Porque ahora el problema era otro. Jesús tragó saliva. —Al menos… —murmuró— me llevo esto. Javier frunció el ceño. —¿A dónde? Jesús abrió los ojos. La decisión que había tomado en el taxi. La que venía evitando hacía meses. La que ahora ya no podía postergar. —Me voy. Javier sintió que el aire se iba del dormitorio. —¿Qué? —No puedo seguir acá. Intentó incorporarse; el dolor lo hizo respirar entre dientes, pero siguió. —El traslado ya estaba pedido. Lo venía pensando desde antes. Pero ahora… ahora es imposible quedarme. Javier negó, desesperado. —Arrancás la escuela naval acá, Jesús. Esto pasa. Se acomoda. Jesús sostuvo su mirada. —No puedo verla todos los días como si nada hubiera pasado. Ahí estaba el precio de ese error. —No puedo mirarla —agregó, casi quebrándose. Javier bajó la cabeza. Porque tenía razón. Apoyó la mano en su hombro, firme, hermano. —Dormí —dijo—. Mañana vemos cómo enfrentamos el incendio. Jesús asintió. —Gracias. Javier apagó la luz y salió. Caminó por el pasillo sabiendo que, aunque todo estuviera en silencio, la familia ya no seria la misma. Entró a su cuarto. Gustavo estaba sentado en la cama, esperándolo, los codos apoyados en las rodillas. —¿Cómo está? —preguntó. Javier negó apenas. —Todo roto y no solo la cara.El corazón le duele más. Gustavo miró el suelo. No necesitaba más. —Se fue todo al carajo, ¿no? Javier dejó caer la espalda contra la puerta. —Sí. El pacto. La infancia. La idea de que entre ellos no había grietas. Todo desarmado en una noche. —¿Y ahora qué hacemos? —preguntó Gustavo. Javier respiró hondo. La respuesta era fea, pero era la única. —Ahora bancarla. Se frotó la cara. —Porque Dylan está furioso. Y cuando baje la bronca… va a quedar el desastre. Miró hacia el pasillo. —Y Mayte… No terminó la frase. Gustavo sí. —Va a estar sola en el medio. Javier cerró los ojos. Eso era lo peor. Habían prometido cuidarla. Y ahora eran el problema. —Nos perdimos, hermano —dijo con la voz quebrada. Gustavo no respondió. Porque por primera vez desde que eran chicos… no tenía cómo discutir esa pregunta. Y mientras la madrugada avanzaba, la única certeza que quedó flotando en la casa fue esa: nada iba a volver a ser igual cuando amaneciera. Jesús abrió los ojos antes de que sonara la alarma. No sabía en qué momento había logrado dormirse, pero el cuerpo le pesaba como si hubiera corrido kilómetros durante la noche. Al incorporarse, el dolor volvió. La cara tirante. El labio cortado. El ojo inflamado. Pero el recuerdo de la idiotez que hizo, le dolía más. Cerró los párpados un segundo, respiró hondo y se obligó a ponerse de pie. No había espacio para dudas. Si se quedaba… iba a tener que verla. Si se quedaba… iba a tener que cruzarse con Dylan. Si se quedaba… iba a tener que fingir. Y eso era algo que ya no sabía cómo hacer. Tomó el bolso que había preparado de madrugada, metió adentro un par de cosas más sin mirar demasiado y salió al pasillo. Cada escalón hacia abajo era un paso más lejos de su vida anterior. En la cocina, el olor a café ya llenaba el ambiente. Gabriel Duarte su padre estaba sentado en la cabecera de la mesa, leyendo mensajes en el teléfono. Eugenia Montesino su madre iba y venía entre la mesada y la cafetera. Era una mañana normal. Tan normal que le dolía. Javier ya estaba ahí. Levantó la vista apenas escuchó los pasos. Y cuando vio el bolso, entendió. No hizo falta ninguna palabra. Gabriel también lo vio. Frunció el ceño. —¿Y eso? —preguntó. Jesús apoyó el bolso junto a la silla, pero no se sentó. —Me voy, papá. La taza quedó suspendida a mitad de camino en la mano de Eugenia. —¿Cómo que te vas? —preguntó. Jesús respiró hondo. Había ensayado esa frase mil veces. Ninguna le servía ahora. —Tengo que ir a arreglar los papeles del traslado. Silencio. Gabriel bajó el teléfono. —Pero vos hacías la escuela naval acá —dijo, confundido—. ¿No ibas a empezar acá para piloto? Jesús negó despacio. —No. —¿Cómo que no? —insistió Eugenia, acercándose—. Jesús, ¿de qué estás hablando? Y entonces lo vieron. La hinchazón. El color oscuro debajo del ojo. El corte. La madre llevó la mano a la boca. —¿Qué te pasó en la cara? Jesús sostuvo la mirada lo mejor que pudo. No podía decir la verdad. —Nada… —murmuró—. Me peleé con uno. Ni sé por qué. Gabriel se levantó de golpe. —¿Te peleaste? ¿Vos? Jesús intentó una sonrisa que murió antes de nacer. —Sí. Bueno… pasa. Eugenia quiso tocarle el rostro, pero él dio un paso atrás. Si lo hacía, se iba a quebrar. Y no podía. —Hijo… —empezó ella. —Tengo que irme —interrumpió él, con suavidad pero firme—. Si no, no llego a la base en hora. La palabra base cayó como una despedida más grande de lo que parecía. Gabriel abrió la boca, listo para discutir. Jesús lo vio. Y supo que si se quedaba un minuto más, iba a tener que explicar lo inexplicable. Tomó el bolso. —Después hablamos, ¿sí? Fue rápido. Un beso a su madre. Un apretón de manos que terminó en abrazo con su padre. Y listo. Así se iba una vida. Javier salió detrás de él. La puerta principal se cerró con un ruido que retumbó en toda la casa. Afuera, el aire de la mañana estaba frío. Jesús bajó el bolso al piso un segundo, respirando como si necesitara aprender a hacerlo de nuevo. Javier se quedó frente a él. Ninguno sabía cómo despedirse. Nunca habían practicado algo así. —Escribime cuando llegues —dijo Javier al final. Jesús asintió. —Lo voy a hacer. Se miraron. Hermanos. Cómplices. Testigos de la caída. —Te voy a extrañar —agregó Javier. Ahí sí. Ahí dolió. Jesús tragó saliva. —Yo también. Miró la casa. —Venime a ver cuando puedas —pidió. Javier notó el detalle. No dijo vuelvo pronto. Dijo otra cosa. —Voy a ir —respondió. Jesús dudó un segundo. Después terminó de romperlo. —Porque yo… por un tiempo… no voy a volver. Javier bajó la cabeza. Asintió. Lo entendía. Aunque no le gustara. Se abrazaron fuerte. De esos abrazos que guardan infancia, secretos y despedidas que nadie quería tener. Cuando se soltaron, Jesús levantó el bolso. Ya estaba. Si esperaba más, no se iba nunca. Caminó hasta el taxi que lo esperaba. Abrió la puerta. Y antes de entrar, miró a su hermano una vez más. Quiso decir algo pero no pudo. Javier se quedó viendo cómo el auto desaparecía al final de la calle. Con una certeza aplastándole el pecho. Ese no era un viaje. Era una huida. Y aunque todos fingieran no saber por qué… él sabía exactamente por quién.
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