Capítulo 10 La habitación vacía
La casa todavía estaba en silencio cuando Mayte abrió los ojos por segunda vez aquella mañana.
No sabía cuánto tiempo había dormido ni si realmente había descansado algo. Tenía el cuerpo pesado, los pensamientos enredados y el recuerdo del desayuno todavía clavado en el pecho como una astilla que nadie se había animado a sacar.
La mirada de su padre.
La pausa al hablar.
La sensación de que todos sabían algo menos ella.
Se dio vuelta en la cama, abrazando la almohada, intentando convencerse de que si volvía a cerrar los ojos el mundo podía quedarse quieto un rato más.
Entonces sintió abrirse la puerta.
No el ruido, sino el movimiento del aire, la presencia conocida, el perfume que reconocería incluso dormida.
Dylan.
No habló al principio. No necesitaba hacerlo. Mayte mantuvo los párpados cerrados, fingiendo un sueño que no tenía, pero cada músculo de su cuerpo estaba despierto.
Lo escuchó caminar hasta el borde de la cama.
Sintió su sombra.
Sintió la respiración contenida.
Y después, el susurro.
—No podés abrir la boca… —murmuró, más para él que para ella—. Porque rompés a la familia. Ya me rompiste a mí, Mayte… no podés romper a todas las personas que nos aman.
El corazón le dio un golpe tan fuerte que creyó que él iba a escucharlo.
Quiso moverse y decirle que está equivocado.Que no fue por gusto.
Quiso hablar pero no lo hizo.
Quiso decirle que ella no había querido nada de eso.
Pero se quedó quieta.
Dylan respiró hondo. Permaneció ahí unos segundos más, como si también estuviera despidiéndose de algo que no sabía nombrar y salió del cuarto.
Mayte esperó.
Uno.
Dos.
Hasta que el sonido del agua cayendo en la ducha del baño contiguo le confirmó que estaba lejos.
Abrió los ojos, llevó la mano a la boca para ahogar el llanto y dejó que el dolor la atravesara completa.
Porque ella tampoco había querido.
O tal vez sí.
Y eso era lo peor.
Jesús era más que su primo.
Los cumpleaños compartidos.
Las fotos en el arenero.
Él limpiándole las rodillas raspadas.
Las meriendas.
Las tardes en la cancha.
Las veces que la miraba como si el mundo fuera un lugar peligroso y él hubiera nacido para cuidarla.
Él le había dicho que la amaba anoche.
Y ella…
Ella no lo había sentido como amor de primo.
Pero tampoco como algo que supiera explicar.
El recuerdo de sus labios volvió a su boca como una quemadura dulce.
—Estuvo mal… —susurró.
Y aun así, había algo dentro suyo que no se arrepentía.
Ese era el pecado que más dolía.
Se sentó de golpe.
No podía quedarse ahí.
No después de lo que Dylan había dicho.
No después de esa advertencia.
No después de saber que Jesús estaba solo con la culpa que no era solo de él.
Se levantó rápido.
Buscó una mochila. Tiró adentro el celular, las llaves, la billetera. No pensó en peinarse ni en cambiarse.
Pensó en llegar a verlo.
Bajó las escaleras sin mirar a nadie. No quiso cruzarse con José Luis, que ya había llegado. No quiso dar explicaciones ni pedir permisos.
Al salir a la calle levantó la mano para pedir un autobús, pero justo un taxi dobló la esquina.
Subió.
—A la mansión Montesino, por favor.Dio la dirección exacta.
Mientras el auto avanzaba, la ciudad se movía como siempre. Gente caminando. Negocios abriendo. Vida normal.
¿Cómo podía el mundo seguir cuando el suyo acababa de romperse?
Apretó el celular entre las manos.
No escribió estuvo apunto de avisarle a su madre.
Porque no sabía qué decir porque salió a escondidas ella no era así.
Cuando el taxi se detuvo frente a la casa, Mayte bajó casi sin sentir el suelo.
Entró sin tocar timbre como siempre.
Conocía el camino de memoria.
En la sala estaban Javier y Gustavo.
Los dos juntos.
Callados.
La miraron entrar con una mezcla de tristeza y algo peor: resignación.
Mayte no se detuvo.
Subió las escaleras directo a la habitación de Jesús.
No escuchó cuando Javier murmuró, muy bajo:
—Se va a llevar el chasco de su vida.
La puerta estaba entornada.
Empujó despacio pensando que dormía
Habia oscuridad.
La guitarra en la esquina.
La mochila del liceo todavía estába llena de libros.
Los cuadernos sobresaliendo.
Pero faltaba algo.
No supo qué al principio.
Hasta que miró la mesa de luz.
El portarretrato de los cinco años.
No estaba.
Buscó la cómoda.
Tampoco el del primer día de clases.
Ni el del último viaje antes de que Dylan se fuera a Francia.
El aire empezó a faltarle.
Abrió el placard.
Había huecos.
Perchas vacías.
Cajones livianos.
Ausencias que gritaban más que cualquier palabra.
Retrocedió un paso.
—No… —susurró.
Bajó las escaleras corriendo.
—¿Dónde está Jesús?
Javier la miró.
Y con una sola inclinación de cabeza, le respondió todo.
—No lo vas a encontrar.
Mayte sintió que el mundo se inclinaba.
Buscó a su tía Eugenia.
La encontró en la cocina, con los ojos hinchados de alguien que había llorado pero decidido secarse antes de que los demás la vieran.
—Tía… ¿dónde está?
Eugenia respiró.
Se acomodó el delantal.
Eligió su versión.
—Se fue a estudiar. Lo llamaron para hacer el papeleo. Si no iba ahora, perdía el lugar.
Mayte parpadeó.
—Pero… ¿no iba a estudiar acá? ¿No iba a entrar en la base ?
Eugenia dudó apenas.
—Decidió irse a Veracruz. Dice que allá va a aprender lo que quiere.
Era memtidq.
Mayte lo supo.
Porque lo habían hablado mil veces.
Ella iba a estudiar cerca para seguir juntos aunque ella a veces renegaba de ellos.
No se iban a perder.
Y ahora…
Jesús se había ido.
—¿Él te dijo por qué? —preguntó, en un hilo de voz.
Eugenia negó.
—Solo que era lo mejor.
Mayte entendió.
Para ella.
Sintió que el corazón se le partía de una forma nueva, más adulta, más definitiva.
Miró alrededor.
Javier y Gustavo permanecían a unos pasos.
Pero ya no eran sus guardianes.
No estaban entre ella y el dolor.
Estaban del otro lado.
Y por primera vez en su vida, se sintió sola.
Se había ido.
Y no se había despedido.
—Me tengo que ir, tía —murmuró.
Besó su mejilla.
Pidió que saludara al tío Gabriel.
Salió por dónde vino secándose las lágrimas que no sabía que salían.
Javier y Gustavo la alcanzaron en la vereda.
—¿Qué pasó en tu casa? —preguntó Gustavo.
Mayte se secó las lágrimas.
—Nada… Dylan no quiere que diga nada. Lo escuché. Dijo que si hablo rompo a la familia.
Los miró.
Desesperada.
—Y yo no quiero que la familia se rompa… pero tampoco quería que Jesús se fuera. Ustedes saben que él me defendió de Ian.
Javier respiró hondo.
La verdad le pesaba hacía años.
—Mayte… —dijo con suavidad—. No te enojes con él.
Ella levantó la vista.
—Se fue porque esto no empezó anoche.
Las palabras quedaron suspendidas entre los cuatro.
—Hace muchos años que Jesús no puede estar al lado tuyo.
Mayte sintió que el aire desaparecía.
Muchos años.
Mucho antes del beso.
Mucho antes de entender.
Y el dolor fue real.
Como si algo le arrancara un pedazo que siempre había sido suyo.
Miró la casa.
Miró a los que quedaban.
Y comprendió algo que nadie necesitó explicarle.
Jesús no se había ido por el golpe,el ya lo tenía planeado.
Se había ido por ella.