CAPÍTULO 26 El silencio del castigo La celda de castigo era pequeña. No era una prisión como las de las películas. Era peor. Porque no tenía nada. Ni distracciones. Ni ruido. Ni movimiento. Solo silencio. Un silencio tan profundo que obligaba a pensar. Y pensar era exactamente lo que Jesús no quería hacer. Estaba sentado en el borde de la cama metálica, con los codos apoyados en las rodillas y las manos entrelazadas delante de la boca. Había pasado horas así. Sin moverse. Sin hablar, porque no tenía con quién. Y sin dormir. Un soldado había pasado antes por el pasillo y le había dicho algo que todavía resonaba en su cabeza. —Tu familia llamó. Nada más. No lo dejaron hablar con ellos. No podía. Estaba castigado. Había salido de la base sin permiso en medio de la noche.

