CAPÍTULO 1
Los cuatro contra el mundo
El primer día de clases en la secundaria siempre había sido igual para todos.
Ruidoso. Desordenado. Caótico.
Pero ese año, cuando Mayte cruzó el portón con la mochila colgada de un solo hombro, supo que algo iba a ser distinto. No mejor. Distinto.
Tenía catorce años y ya estaba cansada.
Cansada de que la miraran.
Cansada de que la cuidaran.
Cansada de no poder caminar sola ni dos metros sin que alguien apareciera a su lado.
Era como estar presa en una jaula invisible.
Avanzó por el patio con paso firme, el cabello suelto, la cabeza en alto. Parecía segura. Lo sabía. Siempre parecía segura. Pero por dentro llevaba una molestia vieja, de esas que no se dicen porque nadie escucha de verdad cuando ella hablaba.
—No te separes de nosotros —dijo Dylan apenas la vio desviarse del grupo.
Mayte suspiró sin frenar.
—Voy al aula, no a la selva con los leones.
Dylan, cuatro años mayor, ya no parecía un chico de secundaria. Ese año se graduaba y se iba a estudiar al extranjero para ser chef, como su papá. Alto, de hombros anchos, mirada seria. Caminaba como si el mundo entero fuera una amenaza potencial. Para él, cuidar a Mayte no era una opción: era una misión desde que ella tenía memoria.
Jesús Duarte Montesino apareció del otro lado sin decir nada. Las manos en los bolsillos, el cuerpo atento. No hablaba, pero siempre estaba ahí. Demasiado cerca. Demasiado pendiente.
Un paso más atrás iba Javier Duarte Montesino, su hermano un año menor, observándolo todo con esa calma que a veces desesperaba. Y un poco más adelante, Gustavo Peralta abría camino, como si la escuela fuera un terreno hostil que había que atravesar.
Los cuatro.
Siempre los cuatro hombres alrededor de ella.
Desde chicos habían crecido así: cumpleaños compartidos, rodillas raspadas, tardes eternas. Para el resto eran “los primos”. Para Mayte, eran una muralla.
—¿Pueden dejar de caminarme encima? —preguntó, sin mirarlos—. No necesito custodia policial.
—Sos la única mujer —respondió Javier, tranquilo—. Y este lugar está lleno de idiotas.
Mayte se giró.
—¿Y yo qué soy? ¿Un jarrón?
Jesús levantó la vista. La miró. No dijo nada.
Esa mirada.
Esa maldita forma de mirarla.
No era nueva, pero ese año se había vuelto más evidente. No sabía explicarla. Solo sabía que no era igual a la de los demás.
—¿Qué mirás, Jesús? —le preguntó, incómoda.
—Nada —respondió él rápido, apartando la vista.
Demasiado rápido.
Dylan no notó nada. Javier sí.
Entraron al salón general juntos. Demasiado juntos. Mayte se sentó adelante, como siempre. Los cuatro ocuparon lugares estratégicos alrededor. Ella los miró, incrédula.
—¿De verdad? —murmuró—. ¿También acá?
—Es mejor así —dijo Dylan—. Si alguien te molesta—
—¡No necesito que me defiendan de todo! —interrumpió ella, alzando la voz.
Algunos compañeros se giraron a mirar.
Silencio.
Mayte se puso de pie.
—Estoy cansada —dijo, sin gritar, pero con firmeza—. No soy frágil. No soy de vidrio. Tengo un problema de tiroides, nada más. No me estoy rompiendo.
Dylan frunció el ceño.
—Mamá dijo—
—Mamá exagera —lo cortó—. Y ustedes también.
Jesús apretó la mandíbula. No dijo nada.
Eso era lo que más la descolocaba: nunca sabía qué pensaba.
—Son mi familia —continuó—, los quiero. Pero me asfixian.
Gustavo bajó la mirada. Javier suspiró.
—No soy frágil —agregó Mayte—. Tengo problemas de tiroides, sí, ¿y qué? Desde que lo descubrieron me tratan como si fuera de cristal. No me dejan hacer nada. No me dejan respirar.
Respiró hondo.
—Dylan, sos mi hermano, no mi guardaespaldas.
Javier, Jesús… cuídense entre ustedes.
Y vos, Gustavo… comprate un perrito.
Silencio.
Jesús la miró dolido.
—No te cuidamos porque seas débil —dijo al fin—. Te cuidamos porque te queremos.
Ahí estuvo el problema.
Mayte no quería ser cuidada.
Quería ser libre.
Agarró la mochila y salió de la sala sin quedarse a la presentación y sin mirar atrás.
En el recreo, se sentó sola por primera vez. Observó a sus compañeros reír, hablar, mezclarse. Por un momento, nadie la rodeaba. Nadie la escoltaba.
Un chico se le acercó.
—¿Tenés un lápiz?
Mayte sonrió, aliviada.
—Sí, tomá.
Antes de que pudiera entregárselo, una mano apareció desde atrás.
—Acá tenés —dijo Jesús, extendiendo el suyo.
El chico dudó, lo tomó y se fue.
Mayte cerró los ojos.
—¿Ves? —le dijo—. Eso. Eso es lo que me molesta.
Jesús se quedó parado. No se fue. No se disculpó.
—No lo hagas más —pidió ella—. No me dejan sola ni un momento.
Él asintió apenas. Pero no se movió.
Más tarde, otro comentario. Otra mirada ajena. Dylan se adelantó. Javier lo siguió. Gustavo cerró filas.
—¡Basta! —gritó Mayte—. ¡Me tienen harta!
El patio quedó en silencio.
—Cuídense entre ustedes —dijo, temblando—. Yo puedo sola.
Se fue.
Jesús la siguió con la mirada hasta que desapareció por el pasillo. No la llamó. No la alcanzó.
Eso también era distinto.
Javier lo observó de reojo.
—No te metas más —le dijo en voz baja.
Jesús no respondió.
Mayte caminó rápido hacia el baño. Se apoyó contra la pared. Respiró hondo.
No sabía por qué discutía más con Jesús que con los otros.
No sabía por qué su presencia la incomodaba tanto.
Ni por qué, cuando él la miraba, algo se desordenaba adentro.
No quería pensarlo.
A la salida, Dylan volvió a ponerse a su lado como si nada hubiera pasado.
—Vamos —dijo—. Mamá nos espera en la confitería con la abuela.
Mayte caminó con ellos. Como siempre.
Pero algo había cambiado.
No lo sabían todavía, pero ese equilibrio frágil iba a romperse.
Que un apellido iba a pesar.
Que un beso iba a cruzar un límite.
Y que ella, tarde o temprano, iba a dejar de ser la nena protegida…
para convertirse en la mujer que elige.