Al otro lado de la ciudad, llegaron a la casa de Christopher; un cuarto de soltero desordenado y estrecho que nunca tuvo la intención de ser compartido con una mujer. Todo el espacio habitable constaba de solo dos habitaciones: un salón y un dormitorio. El salón contenía muebles escasos, ya que poco cabía en el estrecho espacio. —Lo siento, amor —le dijo Christopher mientras la escoltaba por el umbral hacia la sala de estar—. Buscaré un hogar pronto. —Barrió una pila de papeles desordenados del sofá al suelo y la instó a sentarse, se unió a ella y tomó su mano entre las suyas. —Me alegro de estar aquí contigo —respondió ella, entrelazando sus dedos. —¿Puedo traerte algo? —La cortesía había provocado la pregunta, pero tenía poco que ofrecer en el apartamento aparte de licor, vino y media

