— Un gusto verte a ti también, hermano —dijo irónico Zeus, arqueando una ceja—. Un poco más de cariño familiar y estaríamos en una novela, ¿no me invitas a pasar?
Zeus sabía que no le caía bien a algunos dioses, incluyendo a su hermano y a su esposa, pero disfrutaba molestarlos con su presencia. Tampoco le importaba la opinión de los demás dioses, ya que al fin y al cabo, él era el rey, normalmente no se sentía intimidado, a menos claro que lo sintiera directamente como una amenaza a su autoridad y sabía que si ordenaba algo ellos obedecerán, bueno, o eso era lo que esperaba, pues tanto Poseidón como Hades ponían sus objeciones a las ideas estúpidas de Zeus hasta que éstas cobren sentido. Y Hades sabía manejar perfectamente el temperamento en ocasiones autoritario de su hermano menor, especialmente cuando se encontraban en el Inframundo.
— No, para mi suerte y tu infortunio, querido hermano, aquí el rey soy yo, y tú solo eres un morador más del inframundo. Así que no… no te invitaré a pasar —respondió sin una pizca de duda, parado frente a la puerta y cruzando los brazos para sonreír un poco más —. Sin embargo te puedo ofrecer un poco de comida… cultivada aquí mismo, ¿se te antoja?
— ¿Me ofrecerás semillas de granada y me darás un traje de novia? No soy tan estupido como crees, Hades… Escuchame, creo que empezamos con el pie izquierdo hoy, quisiera pedirte algo —empezó mirándolo más suave buscando que cediera, sabía lo difícil que era convencer a su hermano de algo—. Necesito una espada, aquella que tomaste hace tantos años del barco de Odiseo, la necesito para favorecer a los americanos, estoy ganando mucho dinero con esto de la guerra y creo que ellos pueden hacerme aún más rico.
Hades fruncía aún más el ceño conforme Zeus hablaba. Siempre se burlaba comentando sobre que si algún dios, semidiós, héroe o mortal venía a visitarlo, no era más que para pedir algo. Pero descubrirlo cada vez que pasaba no era más que frustrante. Terminó sonriendo con diversión y sorna al final.
— De hecho, pensaba invitarte un panque envenenado y disfrutar el resto de mi vida teniendo tu alma en el Tartáro junto a nuestro padre —comentó en respuesta a su inicial comentario, aún manteniendo la sorna en la voz—, y siempre empezaremos con el pie izquierdo si solo vienes a pedirme favores. No pienso hacer nada que favorezca a nadie en cuestiones de humanos —finalizó con firmeza, mirando a su hermano, sintió la molestia crecer solo con seguir viéndolo frente a él.
Zeus claramente se mostró molesto por su respuesta, estaba por comentar algo acerca de su hermano, cuando Cerbero, liberado por Perséfone corrió afuera de la casa ladrando a punto de atacar a Zeus. Ese era el propósito de Perséfone al liberarlo, dañarlo y apartarlo lo más posible de su hogar, así que este antes de hablar terminó por desaparecer en un rayo que quemó el jardín donde antes estaba parado. Las tres cabezas de Cerbero se giraron a ver a Hades batiendo la cola, para las personas se veía como un perro grande y atemorizante parecido a una mezcla entre un pitbull y un doberman pero los dioses lo veían como realmente es, un perro gigante de tres cabezas y fuego n***o en su lomo, sin embargo, para la pareja era el hijo que nunca tuvieron.
Perséfone continuaba esperando a Hades, con la esperanza de que Cerbero haya alcanzado siquiera a hacerle un rasguño a Zeus, mientras se mantenía atenta escuchando por si alguien venía al estudio. Jugaba ocasionalmente con el abrecartas de su bolsillo preparándose mentalmente sin saber si quien atravesaría la puerta sería su esposo o Zeus en búsqueda de una segunda vez.
— Vamos, adentro, hoy no lo pudiste almorzar —comentó, casi en broma a Cerbero mientras volvía a abrir la puerta del castillo para que entren ambos—. Solo por hoy —aclaró al can mientras los dos pasaban, cerrando atrás ambos cuando Cerbero cruzaba el portal también.
Caminó, esta vez a paso más rápido en dirección al estudio mientras pensaba en lo incómodo que es tener que tratar con su hermano y no ser realmente honesto con las palabras que quisiera usar para dirigirse a él. Llegando finalmente a la puerta del estudio, la abrió con cuidado soltando un suspiro, cuando recordó que no acordaron una palabra clave.
— Mi última palabra al salir fue Olimpo —dijo de inmediato, ni bien entró en la habitación, para poder asegurar la tranquilidad de su amada esposa.
Perséfone al escucharlo dejó caer de inmediato el abre cartas al suelo y corrió a los brazos de su esposo, cerrando los ojos y permitiéndole abrazarla, sabía que muchos otros no serían capaces de soportar la responsabilidad de una relación con ella. Creció con dioses a su alrededor y sabía lo común que eran los engaños entre sus matrimonios, por ello estaba tan agradecida de que ella y Hades eran diferentes, así que solo guardo silencio entre sus brazos mientras se calmaba. Cerbero entró entonces al estudio y se acostó en un mueble viendo a la pareja, los tres eran una de las familias más estables junto Eros y Psique y algunos pocos afortunados.
— Hades… —intentó empezar, sin abrir los ojos, concentrándose en el olor del perfume de su esposo— lo siento.
— ¿Por qué lo sientes? —preguntó Hades, frunciendo un poco el ceño en confusión, pues realmente consideraba que en este caso, él debería disculparse por decidir atenderle la puerta a la persona que le había causado semejante daño en el pasado — No tiene sentido que lo hagas.
Ella por fin levantó la vista, se veía triste y negó con lentitud, intentando pensar en cómo decirlo, no sabía si estaba bien o mal no haber avanzado como otras diosas, pero siempre al escuchar el nombre de Zeus las náuseas y el miedo volvían a su cuerpo. Desgraciadamente escuchaba mucho ese nombre al salir del castillo, por lo que podía obtener paz en la compañía de su esposo quien haría todo lo que fuera por mantenerla tranquila o en su soledad, la cual apreciaba cuando trabajaba en su invernadero.
— Porque han pasado años y yo… Creo que ya debí haberlo superado.
— No veo porqué deberías disculparte aunque así fuera… No tienes la obligación de superarlo, así como estás en tu derecho de no hacerlo, igual que yo… Pasó por encima de mí y nos engañó a ambos, no le daremos el lujo que todos le dan de solo superarlo —comentó, rodeándola con sus brazos para reforzar el abrazo y acercarla más a él—. Te prometí que no volvería a pasar y no pienso faltar a mi palabra.
Perséfone lo miró un momento más, le parecía el dios más atractivo que jamás había visto, como un sueño y aun después de tanto tiempo a veces se encontraba a sí misma preguntándose si era real lo que presenciaba o era en definitiva un sueño.
Despacio juntó sus labios con los de su esposo y asintió. Hades no era de hablar mucho pero siempre que lo hacía, decía lo necesario, lo correcto y capaz de tranquilizarla.
— Te amo, jamas está de mas decirlo —dijo tranquila sin apartar la vista de su esposo.
Hades sonrió más sinceramente, como solo pasa cuando escucha esa clase de palabras de la boca de su esposa y suelta un inevitable suspiro, inclinándose un poco hacia abajo para juntar su frente con la de ella.
— Y yo te amo a ti, esposa mía… gracias, por aceptarme —dijo, sin dejar de verla a los ojos.
Desde 1941 no han habido muchos cambios, la pareja siguió igual de enamorada. Perséfone es feliz trayendo a Hades almas como obsequios para integrar al Inframundo y Hades es feliz por la estabilidad y tranquilidad que le da su esposa. Claro que ahora se enfrentan a otros desafíos, como a Hades nunca contestando el teléfono, o Perséfone en protestas para salvar el medio ambiente.
Perséfone llegó al estudio de Hades con el teléfono en la mano y el cabello despeinado.
— Perdí las llaves de la casa, no podía entrar y tuve que usar mis plantas para romper la puerta, me gustaría que colocaras volumen en tu teléfono. —se quejó, cruzándose de brazos y apoyando la espalda en el marco de la puerta.
Hades levantó la vista de sus papeles en los que estaba trabajando al oírla. Parpadeó unos segundos mientras procesaba la información que llegaba a sus oídos y lentamente posó su visión en el cajón del escritorio para abrirlo lentamente, tomar el teléfono dentro de este y así comprobar las palabras de Perséfone. Sonrió con fingida inocencia mientras levantaba la vista.
— Lo siento, querida. Me cuesta no colocarlo en silencio porque necesito concentrarme en los papeles para que no se me crucen los números… además tú nunca olvidas las llaves —dijo sonriendo un poco mientras se levantaba para acercarse a su esposa—. Prometo compensarte el descuido esta vez, querida.
Ante las palabras de su esposo ella se sonrojó, estaba a punto de hacer un comentario para quejarse de que no le atendiera el teléfono, pero en cambio lo miró entrecerrando los ojos y dando un paso al frente para abrazarlo rodeando su cintura.
— Estás intentando ser encantador para que olvide el incidente, funcionó, pero no es una jugada limpia —negó mirándolo y le sonrió sincera, si había algo a lo que no podía decir que no, era a Hades—, tambien diria que no se repita de nuevo pero sería una mentira, me encanta cuando usas tus encantos —finalizó.
Hades sonrió con diversión.
— Intento ser encantador para remediar mi error, no para fingir que no pasó —aclaró mientras la abrazaba de vuelta, rodeándola con sus brazos —. Así que, ¿quieres escuchar mi idea para compensarlo o no? —preguntó, arqueando una ceja, ahora sí, siendo encantador a propósito, pues tenía una idea en mente y preferiría que ella no se negara.
Ante sus palabras ella se sonrojó más, mirándolo divertida y aprovecho de robarle un beso.
— Hades, estás jugando con fuego, sabes que es peligroso jugar con una diosa —comentó riendo bajito— ¿Es algo sucio? Me divierte verte pidiendo esas cosas, pero por favor que sea muy lejos de todo ese papeleo que tienes sobre el escritorio, sé que has trabajado desde que me fui, y conociéndote no comiste ni paraste hasta ahora… Así que dime cual es tu idea, porque sabes que no diría que no a algo que te haga feliz —con cuidado ella tomó el rostro de su esposo con ambas manos, viéndolo mejor a los ojos, dejando un par de besos delicados en sus labios y parando para darle tiempo a contestarle.
— Soy un dios también, por si lo olvidaste —comentó, mirándola a los ojos sonriendo un poco divertido esta vez —. No, no es algo sucio… pensaba, en hoy salir al parque, a una, como le llaman los humanos… cita, y digo al parque porque es un lugar considerablemente tranquilo.
La sonrisa no tardó en formarse en el rostro de su esposa. Perséfone se vió encantada, como respuesta envolvió sus brazos alrededor del cuello de Hades y empezó a besarlo despacio, manteniendo esa sonrisa mientras asentía con la cabeza varias veces sin separarse del beso. Amaba a su esposo, y cuando este tomaba la iniciativa para las citas; más que nada las concernientes a salir del castillo; sabía que lo hacía por ella, para hacerla feliz y poder disfrutar ambos de su compañía.
— Sabes que no me molesta la gente, mucho menos si voy contigo, porque logras acaparar toda mi atención —comentó sin separarse, rozando sus labios con los de Hades mientras hablaba— ¿Llevamos a Cerbero? Le gustan los paseos largos y así la gente nos evitará... Son los beneficios de tener un perro intimidante.
Hades se quedó un momento viéndola, se veía entretenido pero tenía aquel brillo en los ojos como cuando observas un hermoso paisaje. Perséfone tenía belleza, si, pero estar con ella simplemente tenía algo que iba más allá del aspecto superficial, una sensación que no obtenía con nadie más. La paz y el amor que nadie jamás le dio y que ahora con ella, no quería a nadie más que no fuera Perséfone se lo diera, así que con delicadeza la besó de vuelta, despacio, disfrutando la sensación como alguien cuando come su dulce favorito, alargando el beso lento y delicado guiado por Perséfone que le sostenía el rostro, sus manos eran algo ásperas por la jardinería, pero eran cálidas, la única sensación de calidez que le gustaba.
Finalmente, Perséfone empezó a separarse de a poco, rompiendo el beso pero quedándose casi como si fuera un gato ronroneando entre sus brazos, mientras que Hades acariciaba su cabello.
— Vamos, nos conozco lo suficiente y si no salimos ahora no lo haremos nunca —comentó con una risilla, la cual provocó una pequeña sonrisa en Hades, que besó con delicadeza su cien.
— Me parece bastante prudente esa decisión, querida —asintió, tomó la mano de Perséfone y la guió hacia la salida; ella por su parte pensaba en que el agarre de Hades era suave pero firme, como si no la fuera a soltar por ningún motivo pero teniendo cuidado de no apretar de más.— Y respondiendo a tu pregunta, sí, Cerbero puede venir..
Apenas finalizó la frase el perro, que había salido antes a la cocina para olisquear si había comida para él, entró corriendo en la oficina al escuchar su nombre, lo que hizo sonreír a Perséfone.
— ¿Tenemos suerte, no crees? De tener a nuestra familia y estar tan felices —comentó como si nada, aunque viéndose algo pensativa—, es agradable, porque no necesitamos de nadie más.
Hijos, la mayoría de dioses tienen docenas, bastardos o de sus matrimonios, la mayoría de dioses tienen una gran descendencia. Pero ellos no, jamas habia podido tener hijos, al principio eso preocupaba a Perséfone, quien consideraba que no era justo para Hades no tener pequeños corriendo por el Inframundo, hasta que un dia donde ella empezó a llorar lo hablaron. Hades expuso el punto de que realmente no le molestaba y ambos terminaron concordando en dos cosas, uno: La felicidad de ambos no se basaba en la reproducción; Dos: El Inframundo no era el lugar para tener a niños corriendo entre llamas ardientes o mares congelados. De esta forma comprendieron que no era necesario tener hijos para ser felices y que mucha de esa creencia que la afectaba era por influencia de la presión externa de otros dioses, como la madre de Perséfone, Deméter, quien insistía y preguntaba al menos una vez en cada visita si algún día le darían nietos, lo cual casi llegaba al punto de enfurecer a Hades, pues estaba seguro que ella había maldecido su unión con aquello de volver la tierra, que eran los terrenos de Hades, infértil el tiempo que Perséfone pasara en el Inframundo.
Hades se quedó viendo a Perséfone, se veía feliz, veía a Cerbero con los ojos brillantes y luego ella giró la vista a él, lo que lo hizo toparse directamente con la profunda mirada verde.
— Sí, la tenemos.
Una vez llegaron al parque, Perséfone estaba encantada, pocas veces salía por simple disfrute ella sola y estar rodeada por plantas era algo que la hacía sentirse viva. Apenas pisó el parque todas las flores, del suelo, árboles y arbustos parecieron abrirse fuertes y hermosas, o tornarse de un tamaño aún más grande, así que la fragancia agradable se extendió por el lugar. Perséfone iba de la mano de Hades, y este llevaba con la correa a Cerbero que solo veía alrededor tranquilo, la pareja caminaba sin apuro por el camino principal internándose en el parque.
Hades miraba alrededor, no importaba cuántos años pasarán, le costaba todavía terminar de relajarse estando en la tierra. Siempre solía pasar algo malo cuando se daba el lujo de bajar la guardia, además de que fuera del Inframundo él no gobernaba, sino su hermano y eso solo era algo que no olvidaba.
Había múltiples formas en las que Zeus podía abusar de su esposa, y de cualquier mujer en realidad. Entonces comprenderán, porque estando fuera de su oscuro y lúgubre reino, él no tenía la capacidad de relajarse, y aún si la tuviera no querría darse el lujo, por las dudas.
— Es lindo estar contigo —fue lo que atinó a decir positivo sobre el paseo en el exterior. Sostenía con firmeza la correa de Cerbero.
Ella lo miró un momento pensando y suspiró profundo viéndose más desanimada.
— Mejor volvamos —comentó viéndolo, la luz en los ojos de Perséfone se apagó un poco. Sabía lo poco que su esposo disfrutaba salir y de esa forma le era más difícil disfrutar al conocer su incomodidad, sintiéndose egoísta.
Lastimosamente ese era un aspecto de su vida no tan cómodo, sin embargo no tenían porque salir demasiado cuando vivían en un castillo con todas las comodidades. Perséfone era un alma libre, le gustaba andar en grandes espacios abiertos llenos de vegetación y animales, por el contrario a Hades le gustaba su reino subterráneo donde tenía el control de todo, por ello el punto medio era un castillo gigante a las afuera de la ciudad con un pequeño bosque y un invernadero para Perséfone.
Con el tiempo empezó a florecer en el Inframundo, un par de años desde que los enamorados empezaron a vivir juntos, pequeñas flores de color rojo oscuro empezaron a brotar por las paredes y suelos de las cavernas. Ahora el lugar cuenta con una flora de más de quince especies de plantas que no necesitan luz, con las cuales Perséfone ocasionalmente hace coronas de flores para su esposo.
Pero volviendo a la situación actual, ella se encontraba incómoda y Hades de inmediato se percató de esto.
— Querida, yo te invité a salir, ¿podrías no rechazar mi cita? —preguntó, mirándola por el rabillo del ojo— Es lo justo para ambos que podamos disfrutar del otro y del ambiente que nos guste, y el poder estar contigo cuando sales es una infinita mejora a los seis meses que pasaba lejos de ti sin poder brindarnos seguridad.
— Hades… Se que estás incómodo —comentó viéndolo, pero pareció recapacitar un momento y asintió—. Está bien, vamos a un lugar donde poder tumbarnos en la grama.
El día era bastante agradable, había bastante sol y el aire era fresco, Cerbero olía el suelo conforme caminaban y se veía tranquilo. Estaba bien entrenado por Hades pero por precaución era mejor mantenerlo cerca.
— Gracias — respondió, asintiendo con la cabeza a que acepte continuar con la cita.
Caminó de su mano sin dejar de prestar atención a su entorno, sin embargo, con lentitud giró un poco la cabeza para dejar un beso suave en la sien de su esposa, sonriendo solo un poco.
— Lo justo es que yo te haga feliz a ti también, querida.
— Y lo haces, me haces feliz pero me gusta más cuando estás cómodo —dijo tranquila y llegando a un espacio abierto con hierba recién cortada y cada tantos metros habían personas acostadas o sentadas hablando y jugando, ella procedió a sentarse a la sombra de un árbol.— Podemos dejar a Cerbero suelto, no creo que suceda nada.
El perro olisqueaba el suelo sin parecer molesto o agresivo, dado a que solo atacaba bajo el mandato del dios, inclusive un pequeño perro se acercó a olerlo, pero el dueño asustado al ver el aspecto de Cerbero lo alejó de inmediato.
Esto provocó que Perséfone hiciera un pequeño puchero. Hades en cambio, sonrió un poco con diversión y soltó la correa de Cerbero.
— Si te comportas veo un buen ciervo en tu futuro —comentó al perro, manteniendo la sonrisa divertida por el miedo que le tenían a su mascota, no importaba que tuviera el tamaño de un can normal de esas razas, o que midiera tres metros, seguía inspirando temor, así como el dueño, el cual volvió a ver a Perséfone—. Estoy cómodo estando contigo siempre, pero no quita que baje la guardia —dijo, sintiendo la necesidad de aclarar eso esta vez. No le gustaba la idea de que ella creyera que no podía disfrutar de su compañía.
Ella lo miró un momento y terminó asintiendo, acercó despacio el rostro al de él a besarlo despacio cerrando los ojos. Le gustaban los besos de su esposo, buscaba sus labios cada vez que podía, y el día de hoy Hades se veía particularmente atractivo, el cabello n***o y su piel pálida hacían un contraste imposible de no notar con el colores del parque.
Mientras Perséfone continuaba besándolo buscando más cercanía, un vendedor ambulante que ofrecía algodones de azúcar se les quedó viendo enternecido, parecían una joven pareja a pesar de tantos años juntos.
Hades continuaba el beso, centrado solo en sentir la cercanía de su esposa, sus labios y su cuerpo. Pocas veces reaccionaba a su entorno cuando se encontraba en la tarea de besarla, porque era algo de lo que no se perdonaría, no prestar toda su atención, además de que poco le importaba el mundo si estaba con ella disfrutando de su amor. Por lo que a diferencia de lo que habría sido en otra situación, no notó la mirada del vendedor ambulante.
Poco a poco ella rompió el beso, disfrutando hasta el último momento de la sensación de sus labios contra los de ella, abrió despacio los ojos aún manteniendo el rostro cerca de él, se veían brillantes y no tardó en sonreír ampliamente.
— Jamás me cansaré de eso.
En ese momento el vendedor se acercó con la mercancía.
— Buenas tardes, ¿quisieran algodón de azúcar? —preguntó viéndolos amistoso, Perséfone de inmediato asintió apoyando la cabeza en el hombro de su esposo— ¿Quieren para sus hijos?
La pregunta la hizo parpadear confusa y giró el rostro a Hades y luego volvió a ver al hombre cuyo propósito era cualquiera menos incomodarlos, realmente no era su intención, solo pensó en que una pareja como ellos debía de tener al menos un hijo.
— Nuestro hijo está por allá, y me temo que no puede comer dulce —comentó ella señalando a Cerbero que olía un árbol, no estaba incómoda o molesta, solo pensativa ante la pregunta.
Eso provocó un sonrojo por parte del vendedor.
— Oh, lo siento mucho, no quería molestarlos, sé que muchas parejas ahora eligen no tener hijos, es solo que se ven muy felices juntos… De la clase de felicidad de pareja que tiene hijos —se explicó rápidamente, estaba verdaderamente apenado.
Hades arqueó una ceja finalmente ante la situación, habiéndose decidido a reaccionar por el último comentario hecho y rodeó a Perséfone con un brazo por su cintura.
— ¿De la clase de felicidad de pareja que tiene hijos? —preguntó casi sonando molesto, solo estaba más incrédulo que otra cosa, pero su voz tenía tendencia a sonar así, pero decidió ignorar el sonrojo del vendedor— La clase de felicidad de una pareja que se ama honestamente, creo que quiso decir, ¿verdad?
El hombre parecía aún más apenado, así que Perséfone le sonrió amable, sabía lo intimidante que su esposo podía verse o sonar para algunas personas, aunque ella no lo viera así, para ella su esposo era lo equivalente humano a un cachorro o a un dulce.
— Llevaremos uno solo, gracias —dijo tranquila sacando el dinero del bolsillo de Hades sin problema y estirándose a dárselo al vendedor que le pasó el algodón de azúcar.
— Gracias a ustedes, perdone la molestia, señor —dijo, mirando a Hades intimidado y con respeto, lo que casi hace reír a Perséfone quien a pesar de todo seguía pensando sobre las palabras del hombre.
Hades en cambio se sintió satisfecho por el respeto del sujeto. Pocas veces en el tiempo actual se topaba con personas que supieran respetar, aunque claro, ahora no podía presentarse actualmente como lo que es, o manifestar la imponencia correspondiente, cosa que haría si pudiera ser él completamente ahí afuera.
— No sé que te divierte, a mi me agrada, casi no pierdo la fé en la humanidad —comentó, casi en broma, sabiendo que su esposa se divertía cuando pasaban cosas por el estilo. Pero al voltearse a verla borró un poco la sonrisa, al menos, después de miles de años a su lado, podía decir que algo no andaba bien en la mente de su esposa— ¿Querida? ¿Qué pasa?
Ella lo miró un momento, parecía buscar las palabras correctas y terminó por recostarse en el hierba colocando una mano en la mejilla de Hades para que se colocará sobre ella. Quería sentir a su esposo cerca, poder oler su perfume y sentir el calor de su piel, ella se veía dubitativa pero lejos de un sentimiento de tristeza.
— Han pasado miles de años desde que tuvimos esta conversación... —empezó, viendo a su esposo a los ojos y se relamió los labios— y quisiera saber qué opinas ahora del tema de… tener hijos.
Cuando terminó de hablar lo vió más atenta, todos hablan de cómo puedes ahogarte en los ojos azules, pero los ojos negros de Hades eran aún más peligrosos, ocultaban secretos y monstruos, podías perderte en ellos porque te atraían a seguir mirándolos. Muchas personas confunden los ojos marrón oscuro con n***o, pero la verdad es que salvo por la aniridia (la cual es una condicion donde la persona nace sin iris y eso resulta en graves problemas de vista) ningún humano tiene los ojos realmente negros, pero Hades claramente no era humano.
Ella supo que jamás tuvo miedo a la oscuridad desde el primer momento en que Hades la vió a los ojos, recordó el día que se conocieron y se acomodó a besar sus labios cortamente, esperando su respuesta.
Hades la miró con atención, no sabía realmente qué era lo que pensaba ella al respecto actualmente. Su posición no había cambiado mucho desde entonces, siempre había sido alguien que la frase “cambiar de opinión” no era algo en lo que creyera. Así que se inclinaría por la respuesta más segura en este caso.
— No me lo había vuelto a plantear desde entonces, ¿por qué la pregunta? —cuestionó, siempre prefirió tardar unos segundos más en responder y poder pensar con escrúpulo sus palabras, más con temas serios como lo era el tener un hijo, y así evitar ser como… bueno, como sus hermanos.
— Porque han pasado años y no sé si ahora deseas tenerlos, yo no he cambiado tampoco de opinión, pero me gustaría saber que estamos en la misma página con respecto a eso —contestó despacio sin apartar sus ojos de los de él, con cuidado acarició el cabello de Hades y les dió la vuelta quedando ella sobre su pecho, se vió más tranquila pero igual había cierta sombra de duda de sus ojos.
Hades siguió viéndola, tomándose su tiempo esta vez y ladeó la cabeza concentrándose mejor en ver los ojos de su esposa. Con cuidado colocó la yema de sus dedos en la barbilla de ella y la hizo levantar la vista para poder verla mejor a los ojos, usando una expresión más seria esta vez.
— Te conozco desde hace milenios, ¿por qué ocultar tus dudas conmigo? No soy precisamente alguien para juzgar a los demás y menos a ti, querida —dijo, soltando un suspiro evitando que lleguen pensamientos no tan agradables a su cabeza, pensamientos que suelen llegar cuando su “querida suegra” los visita— Dime la verdad de lo que piensas y yo podré darte una respuesta, ¿así funciona, no?
Las palabras de Hades la hicieron sonreír de inmediato y asintió despacio.
— Es que han pasado muchísimos años, no sé si… Tal vez es el momento de tener hijos ¿No crees? No sé si es justo para ti envejecer sin descendencia a diferencia de tus hermanos, tal vez te hiciera feliz —y en ese momento se sintió algo culpable— no quiero que sea mi culpa y luego me tengas resentimiento… Yo sinceramente no quisiera tener un hijo, estoy feliz como estamos pero, si tú así lo deseas podemos buscar alguna alternativa.
— No sería por ti, querida —negó Hades sonriendo con más calma de que ella haya hablado lo que en verdad le causaba dudas—. Como lo hablamos hace años, el Inframundo no me parece un lugar ideal para criar a un niño, y creo que incluso fuera de este, el cuidado que habría que tener sería bastante… Otro dios completo a estas alturas llamaría mucho la atención. Mi descendencia no es algo que me importe demasiado ahora. La única preocupación al respecto sería un cambio de decisión de tu parte, Perséfone.
Ella lo miró un momento pensando en sus palabras y finalmente asintió, sin decir nada más se inclinó a besarlo despacio y él entendió que ya todo estaba bien de nuevo