La respiración agitada de Japeto y Alice era lo único que se escuchó en la habitación junto con el leve crepitar del fuego de la chimenea en la sala contigua. El titán se volcó a un lado de la mujer en la cama, suspirando de satisfacción. No sabía si era porque el coito había superado sus expectativas respecto a una simple mortal o porque no había sentido en milenios un placer siquiera similar, pero le pareció que había sido una de las mejores experiencias de toda su vida. Al pensar eso soltó una ligera risotada y pensó, «no, tuvo que ser que no lo hice en mucho tiempo». Sin embargo, cuando vió a la mujer a su lado sentarse otra vez, sintió la necesidad de poseerla nuevamente, cosa que nuevamente atribuyó a los milenios de abstinencia s****l.
Por lo que tiró del brazo de la mujer haciéndola recostarse nuevamente en la cama y se colocó sobre ella nuevamente, con sus brazos a cada lado de ella impidiendo que se levantara.
— Me temo que no te dejaré tan fácil hoy —susurró contra el cuello de la mujer, por el rabillo del ojo miró la ventana y descubrió lo que antes no había notado por estar copulando con la humana. Repentinamente frunció el ceño, ¿por qué se veía así la noche afuera?
Alice al notarlo, giró la vista también a la ventana, desde la cual se podía observar el eclipse no anunciado. Pero a diferencia de su compañero actual de cama, a Alice le agradó la escena.
— Vaya, no sabía que había eclipse hoy —mencionó con tranquilidad, porque para ella solo significaba que la Tierra se interponía por completo entre la luna y el sol, como cualquier humano pensaría a la fecha. Pero cuando se giró hacia Japeto, él ya no estaba sobre ella. Cuando espabiló y miró alrededor, vió que el titán se encontraba a un metro de la cama, con expresión seria y el rostro un poco más pálido que antes, colocándose su ropa nuevamente.
Japeto ignoró la mirada de Alice completamente, ya que había otra cosa en la mente de él, no estaba seguro de sus suposiciones, pero no quería arriesgarse tampoco.
— Tengo que irme —fue lo único que salió de su boca mientras terminaba de vestirse y se colocaba los zapatos ya saliendo de la habitación.
Sabía que aunque se moviese de la casa de la joven, lo encontrarían igual. No importa donde se escondiera, si tenían tanto a Helios como a Selene aliados, sabrían en qué hoyo estaba, sea cual sea. Pero al menos iba a plantarles cara.
Su compañera de esa noche observó con incredulidad cómo Japeto salía de la habitación, pues creyó que se quedaría a pasar la noche, pero se limitó a encogerse de hombros y cubrirse con las sábanas de su cama totalmente ajena a la razón de irse del titán.
Japeto salió de la habitación y cerró trás él. Él sabía que lo atraparían, era uno y no sabía realmente cuántos de ellos estaban tras él, pero sí seis más algunos cíclopes y hecatónquiros pudieron contra todos los titanes, sin duda los que estaban tras él eran suficientes, aunque pensó que quizás no fuera así si todos sus sobrinos iban tras Cronos. Sin embargo, sabía que no serían tan estúpidos de no dividirse. Además, no creyó que subestimar a la progenie de quienes los derrotaron sería lo adecuado. A pesar de todo eso, salió de la cabaña y comenzó a alejarse en dirección al desierto.
En la penumbra, con la única y pálida iluminación de la luna eclipsada, la noche en el desierto era completamente oscura, casi tanto que le recordaba a la inmensa e interminable oscuridad del Inframundo.
Por el rabillo del ojo, miró hacia atrás mientras comenzaba a acelerar el paso, logró ver una luz a lo lejos. Una luz que sin duda no era la artificial que ahora había por toda la ciudad. Una luz divina, brillante y encandilante. Era Helios. Por lo que comenzó a correr, suponiendo que como les llevaba ventaja no lo alcanzarían corriendo también.
Vaya sorpresa se llevó cuando de un momento a otro algo lo embistió por detrás a toda velocidad y rodó unos cuantos metros por la arena del desierto.
— ¿De quién crees que vas a huir? —la voz alta, potente y burlona de Hermes se escuchó casi haciendo eco por todo el desierto. Apenas logró levantar la cabeza para ver quién lo había atacado.
Lo que vió no le pareció extraño, pero sin dudas no se lo esperaba. Hermes se irguió frente a él a unos metros del suelo, sus rizos que en forma humana eran rubios ceniza, ahora resplandecían como el oro. Su piel blanca también parecía poseer un brillo sobrenatural, mientras sus ojos ahora dorados parecían tener el mismo viento en estos. El dios de los ladrones, tenía ya puestas sus características botas de las cuales salían alas doradas a los costados de cada pié, y estas se batían constantemente liberando también un ligero brillo dorado. Tenía una sonrisa socarrona en el rostro y le dirigió un pequeño guiño.
Japeto no supo cómo reaccionar ante el claro dios que tenía frente a él, sin duda para él este debía ser uno de los hijos de Zeus, podría jurarlo. Estuvo a punto de enderezarse cuando Hermes volvió a abalanzarse sobre él a toda velocidad, esta vez empujándolo con fuerza en la dirección contraria; hacia las manos de Poseidón, Atenea y Hestia.
Estos estaban listos y en posición para sostenerlo. Mientras Hefesto preparaba las cadenas para poder apresarlo y que no pueda huir. Estas cadenas, forjadas al fuego divino de Hestia, tenían un poder sobrenatural así como las que los apresaban en el Inframundo hechas por Hades y las cadenas de rayos de Zeus. Sin embargo, sabían que las habían roto antes. Por lo que debían derrotarlo y dormirlo primero. De eso se encargarían Hermes y Eris.
Hermes terminó lanzando a Japeto contra la barrera de músculos que era su tío. Este lo atrapó, rodeando su cuello con uno de sus brazos. El titán de inmediato reconoció esa fuerza, la había sentido antes. Giró un poco su cabeza como pudo para poder verlo a los ojos y confirmarlo.
Poseidón tenía entonces la piel un poco más clara pero mucho más resplandeciente portando un brillo similar al de Hermes, con un imperceptible tono azulado en esta. Su rizado cabello castaño se había liberado de la coleta con la que actualmente lo amarraba y ahora ondeaba en el aire como si tuviera vida propia, pero simulando el movimiento de las olas, o más exactamente, pareciendo que estaba sumergido en el agua, moviéndose con esta. Sus ojos brillaban más azules que nunca casi viéndose en estos las profundidades del océano.
— No me digas que extrañabas tanto los viejos tiempos que escapaste solo para repetir la paliza —comentó con burla Poseidón. Japeto frunció el ceño, usó toda su fuerza para impulsar a su sobrino hacia delante y así derribarlo.
— No precisam… —iba a continuar, pero apenas se había enderezado en su puesto, se encontró el filo de una espada en su cuello, por lo que se quedó quieto para no ser decapitado al más mínimo movimiento. Atenea era la que había dado el paso delante esta vez, se situó con velocidad a un lado del titan y desenvainando su espada para apuntarlo— Eso no me detendrá.
La voz de Japeto sonó burlona, pero la verdad era que a esa mujer él no la conocía. Sin duda era una diosa, pero no una de las hijas de Cronos. Solo con verla sabía que no era simplemente otra diosa más. No era como su sobrino Poseidón que sus tácticas se valían en la fuerza bruta. Los ojos de Atenea brillaban con astucia y sabiduría, él podía notarlo. Amarillentos y con un borde rojizo igual que los de Ares, brillaban indicando una cosa; él perdería.
Porque apenas quiso mover un dedo en su dirección, no fue la mujer cuya espada estaba en su cuello la que lo retuvo.
— ¡AHHH! —gritó de dolor cuando sintió el ardor en todo su cuerpo. Un ardor que también había experimentado antes.
Hestia ahora se había aferrado a su tío. La mayor de todos los dioses ahora estaba literalmente prendida fuego y ese era el ardor que Japeto estaba sintiendo. Su sobrina mayor ahora era una con las llamas, entre los esfuerzos por zafarse y los espasmos por el dolor, Japeto solo pudo distinguir los ojos rojos de esta en medio del fuego, apenas distinguibles entre las llamas que la rodeaban.
Atenea solo sonrió.
— Intenta lo mismo de nuevo y serás decapitado por mí —masculló la diosa de la estrategia, su voz sonó cortante y fría. Sin embargo, y a pesar de la seguridad de sus palabras, Japeto, todavía quejándose y retorciéndose por el ardor de las quemaduras, la miró con rencor, solo que no duró mucho ya que, debido al dolor, cerró los ojos de inmediato, apretandolos. Detrás de la misma Atenea, una enceguecedora luz brilló con fuerza y Japeto casi juraría que estuvo a punto de quedarse ciego, pero al reconocer dicho resplandor, logró cerrar los ojos a tiempo.
Entonces, mientras Helios se encargaba de cegar al titán, Hestia y Atenea de retenerlo; Eris y Hermes viajaron a toda la velocidad que el dios protector de ladrones y viajeros podía alcanzar, hacia la morada de la diosa en búsqueda de una poción con la que dormir a Japeto.
— ¿Podrías apurarte, Eris? Sé que te gusta el tema de la discordia, pero no sé cuánto tiempo ellos puedan retenerlo sin matarlo —insistió el dios de cabellos dorados, mientras Eris rebuscaba entre sus frascos.
Llegando a la casa de la diosa de la discordia, Hermes la bajó de su espalda luego de que esta le pidiera que la esperara para buscar la poción. Pero sin poder cumplir con aquel pedido, el dios entró detrás de ella al lugar.
— ¿Tienes tú, acaso, una poción que pueda mantener dormido a un titán por indeterminada cantidad de tiempo? —replicó con desdén la diosa, repitiendose una y otra vez en la mente que debía soportarlo por su propio bien. No era como que los dioses tengan mucha tolerancia o paciencia que digamos, pero Eris, estaba entre las que menos cantidad poseía de esas cualidades.
— No, pero si un titán en medio de Egipto que requiere que encuentres eso rápido, cosa que haríamos si me dejaras buscar a mí, por ejemplo —insistió, ahora enarcando una ceja, y se apoyó en una pared mirando todo el lugar.
Ante la no respuesta de Eris, Hermes bostezó con el drama propio de cualquier dios y estiró sus brazos fingiendo desperezarse. El único propósito de aquello era fastidiar a su pariente, cosa que sin duda conseguiría.
La mujer arqueó una ceja con fastidio, solo mirándolo por el rabillo de su ojo. Por un momento pensó en ignorarlo ya que sabía que su intención era fastidiarla, pero pensó que quizás no estuviera tan equivocado.
— Bien, búscala tú —dijo casi como un gruñido. Hermes soltó una dramática exclamación.
— ¡Oh! ¡Por fin! ¡Gracias al Olimpo! —exclamó y comenzó a buscar, revoloteando a velocidad por todo el lugar bajo la mirada cada vez más molesta de Eris.
La diosa de la discordia observó cómo algunos papeles, lápices y otras cosas volaban por la habitación debido a la agitación de Hermes. Incluso algunos frascos habían abandonado su lugar y Eris tuvo que apresurarse a atraparlos antes de que cayeran al piso. Si bien su sala de pociones de ella no estaba particularmente ordenada normalmente, todo eso comenzaba a sacarla de sus casillas.
— ¿Podrías siquiera tener un poco de cuidado? No son tus cosas —su voz mostró la irritación que creció dentro de ella segundo a segundo. Siempre había estado aislada de los demás dioses, no era su fuerte tolerarlos y de repente tener que trabajar con ellos, bueno, no era algo muy admisible para Eris o que pueda soportar por mucho tiempo.
Pero Hermes ignoró por completo su queja y no le respondió con sonido alguno siquiera, solo continuó buscando aquella poción entre todo lo que había. Eris corrió detrás de él haciendo malabares a una velocidad que ella no había alcanzado nunca, para poder atrapar los frascos antes de que caigan al suelo y devolverlos al lugar.
Luego de unos segundos, cuando una idea cruzó su mente, la diosa de la discordia se quedó quieta y observó el torbellino que era Hermes ahora.
— ¿Siquiera sabes cómo es? —se atrevió a preguntar y sintió como repentinamente el ventarrón que causaba la velocidad de Hermes se detuvo— Lo sabía, los dioses son idiotas —masculló con molestia creciente, comenzando a perder la paciencia.
— Disculpa, querida hermanastra, pero tú eres una —comentó Hermes con falso tono de indignación y se cruzó de brazos, le gustaba el drama, como a todo dios aunque algunos lo negaran.
Mientras tanto, en algún lugar lejano en Egipto, Poseidón comenzaba a perder la paciencia también a la espera del regreso de Hermes y Eris.
— Tienen dos minutos, o lo dormiré yo —advirtió mientras se movía de un lado a otro con su tridente en mano, moviéndolo entre los dedos con inquietud. Japeto lo miró con burla, a pesar de su poco ventajosa posición.
— Como si pudieras, sobrino —masculló, buscando fastidiarlo. Quizás si los hacía perder la concentración podría librarse de ellos y huir. Aunque no recordó que eso fuera posible antes, pensaba que el tiempo en pausa los habría hecho bajar la guardia, perder la costumbre.
Sin embargo, aunque aquel comentario molestó al gobernante de los mares y océanos, este solo sonrió con diversión y apuntó el tridente al cuello del titán por debajo de la espada de Atenea, quien no la había bajado en ningún momento y prestaba atención a cada minúsculo movimiento o expresión del titan. El cual todavía no se decidía de quien podría ser hija ella. Hades sin duda era el más listo y calculador de todos sus sobrinos, pero esa mirada de presunción… podría ser digna hija de Zeus también.
— Mejor que sea uno —murmuró con una sonrisa presumida y egocéntrica en el rostro. Eso lo hubiera llevado a pensar que la diosa con la espada podría ser su hija, pero notó también que estos dos no se llevaban bien por lo que lo descartó.
Después de eso comenzó el dios de los mares a contar los segundos mientras miraba atentamente los ojos de su tío. Los demás dioses lo miraron con confusión, ¿cómo se supone que lo dormiría? Él no tenía una habilidad al respecto que pueda lograr eso, o eso creían la mayoría del equipo. Salvo Hestia, que tenía una idea de que haría su hermano, pues conocía como los habían dormido antes. Aunque dudaba de si el poder de sus otros hermanos, llegaría hasta aquí desde tan lejos.
Porque si, tanto Zeus como Hades podrían dormir a un titán debido a sus poderes. Hades solo tendría que envolverlo en su extraño humo del Inframundo y podría sumirlo hasta en un sueño eterno si quisiera. Zeus literalmente podría hacer caer un rayo sobre él, no llegaría a morir por su resistencia, pero lo dormiría efectivamente. Incluso su sobrina Perséfone si está equipada con lo indicado puede hacerlo.
Los segundos pasaban, a cuenta de la voz de Poseidón mientras los demás miraban esperando a que sus otros dos compañeros de equipo lleguen con ellos, incluso Japeto, sin dudas prefería, aunque no lo admitiría jamás, una simple poción a lo que sea que cruzara por la cabeza de su sobrino. Ya que supuso que tanto este, como sus hermanos, tendrían un rencor particular hacia ellos que no sería propio de los dioses que no los enfrentaron en la Titanomaquia.
— Diez… nueve… —contó el dios, y movió un poco el tridente rozando el cuello de Japeto. Por unos segundos Japeto tembló ligeramente antes de recobrar la compostura, pues aunque sabía que ellos no planeaban matarlo, también era consciente de que no iban a dudar en hacerlo de ser necesario y la mirada, un poco escalofriante, de Poseidón lo confirmaba. Pudo ver en su interior que tenía ganas de hacerlo, de matarlo, y no se molestaba en disimular aquello— Ocho… siete…
A medida que contaba, la tensión por parte de los dioses y la incertidumbre por parte de Japeto, creció más y más. En un principio del interminable minuto, pensó que esa tensión o los movimientos inquietos de Poseidón distraerían a Hestia o a la diosa de la espada, pero en ningún momento su sobrina aflojó el agarre, y mucho menos, la otra diosa ni siquiera pestañeo mientras lo miraba fijamente. Por lo que esa idea milagrosa abandonó su mente.
— Seis… cinco…
— ¿Por qué no lo haces de una vez y ya, Poseidón? —masculló el titán, que intentó cubrir con hostilidad los nervios y el ligero temor que le causaba aquello, quizás porque en el fondo sabía lo que eso significaba. Poseidón sonrió más.
— Me gusta el drama —se encogió de hombros con una naturalidad incoherente con la tensión actual. Se aclaró la garganta antes de continuar— , cuatro… —continuó con una sonrisa triunfal en el rostro— tres… —diciendo este número presionó el tridente contra su cuello y un pequeño hilo de sangre salió. Los ojos de Poseidón destellaron con un azul más oscuro que el normal y luego apartó el tridente, apoyándolo en el piso con un ruido seco.
Atenea y Hestia dieron una mirada rápida alrededor, sin desconcentrarse de lo que hacían, para ver si Hermes ya regresaba con Eris.
— Dos… —Poseidón giró un poco el tridente en su lugar y de la punta de este comenzó a salir agua, de color turquesa brillante, realmente muy brillante. Japeto vió eso, y tuvo una pequeña idea de para qué era, sus ojos se abrieron más, un escalofrío recorrió su espalda, tragó duramente su propia saliva y finalmente cerró los ojos en espera de lo que vendría.
— Uno —completó finalmente Hestia con un asentimiento. Poseidón finalmente sonrió y en el mismo momento en el que su hermana mayor terminaba de pronunciar aquel número, el agua en la punta del tridente salió disparada al cielo, para dar aviso a los demás de que lo tenían.
Tan solo un instante después, del suelo comenzó a salir un humo n***o y espeso. Pero se retiró rápidamente, al igual que Hestia al notarlo.
En lo que Poseidón volvió a mover su tridente, haciendo que el agua regrese a este, junto con esta, un rayo de luz atravesaba el aire en un pestañeo, impactando en Japeto justo después de que Hestia lo soltara para no recibir el impacto.
El cuerpo inconsciente y algo tostado de Japeto se desplomó en el suelo con un sonido seco. Poseidón sonrió con diversión.
— Bien, uno menos —dijo y sacudió sus manos, bastante satisfecho con lo considerablemente fácil que resultó. Sin embargo, Atenea no se confió del todo y atinó a darle un fuerte golpe en la cabeza para comprobar y al mismo tiempo asegurarse de que se quedara inconsciente.
Una ventisca les voló el cabello y escucharon la voz de Hermes soltar un quejido, casi parecido al llanto de un niño.
— ¡Oh, no! ¡Te tardaste demasiado Eris! —exclamó con molestia el dios. Si bien era de los dioses más simpáticos, por su carácter bromista, obviamente llegar tarde a algo, o que alguien se le adelantara lo ponía de mal humor, y cómo todo dios, de cualquier panteón, son de temer cuando no están de buenas. Le dirigió a la diosa una mirada de real enojo.
Eris por el contrario, no pareció afectada por eso y en respuesta a su compañero temporal, solo movió la mano en un ademán de restarle importancia al asunto, después de todo, a ella realmente no le importaba mientras hubieran conseguido dormir al titán. Pero Hermes solo se fastidió más por eso, era como restarle importancia a su divinidad y por tanto a él.
Realmente no era así, pero los dioses, todos, tienden a exagerar un poco… bueno, un poco demasiado las cosas. Y Hermes, no fue la excepción.
— No te estreses, ¿lo durmieron de todas formas, no? —respondió Eris con desinterés en seguir la conversación con Hermes, pero sabiendo que ignorarlo sería peor. Atenea escuchó aquello y miró a Eris con incredulidad, pues suponía que era más lista, por más que solo quisiera fastidiar o, mejor dicho, fomentar la discordia en alguien
— Eris, decirle a alguien que no se estrese, no la considero la mejor de las ideas…
— ¡¿Qué no me estrese?! —exclamó, casi en un rugido. Hestia intervino, colocando una mano en el pecho de Hermes, mientras le sonrió amable, buscando calmar los ánimos del revoltoso dios.
— Hermes, entiendo tú molestia, pero no llegaron tarde, es solo que no sabíamos si podríamos retenerlo más tiempo y sin ti para volverlo a alcanzar sería un problema, por eso lo noqueamos no tan sutilmente cómo hubiera sido con ustedes dos —habló con suavidad y calma, característica de ella cuando buscaba hacer exactamente lo que estaba haciendo, evitar que un dios se aloque.
Porque si bien no hay en la actualidad tanta información de Hestia como de sus hermanos, específicamente los varones, se sabe al menos que era la única a la que todos los dioses respetaban, incluído Zeus. Así consiguió, luego de hablarlo con su hermano menor, que todo dios griego jure no ponerle un dedo encima. Luego de eso pudo vivir en considerable tranquilidad sabiendo que no tendría que preocuparse porque algún pariente suyo al menos intentara nada abusivo con ella.
El tono de Hestia calmó un poco el estado de Hermes, quién terminó soltando un suspiro para controlarse y apagar su fuego interno que le pedía explotar, de alguna forma u otra.
— Bien —masculló de mala gana, sonando igualmente irritado. Hestia entendiendo el tono solo lo miró, cambiando su rostro a una mueca de escepticismo. Hermes, al verla, de inmediato cambió su semblante algo temeroso —. Gracias por entenderme —agregó finalmente entre dientes, logrando que al fin, la diosa frente a él sonriera satisfecha.
Los demás dioses, solo observaron aquella situación con atención y un poco de diversión. Pues sabían que era inevitable.
Cuando terminó, y Hestia asintió para solo acercarse al grupo, Poseidón se acercó sonriente a Hermes y palmeó su hombro con su fuerza típica mientras comenzaba a reír.
— Ah, muchacho, te entiendo, te entiendo… —comentó soltando un suspiro. Si bien podría parecer que entendiera su irritación anterior, más bien, y eso era lo que sabía todo el grupo, entendía lo inevitable que era tener que ceder ante Hestia — Podemos darle también la poción, para que estés más satisfecho.
Los demás miraron eso más calmados, puesto que con un dios alterado, produce una reacción en cadena que termina haciendo fastidiarse a todos los demás. Entonces Eris se acercó al cuerpo de Japeto y le colocó la poción por la boca asegurando que se mantuviera dormido.
— ¿Y qué hacemos con esto ahora? —preguntó Hefesto, mientras movía con su pié el chamuscado cuerpo de Japeto. Todos voltearon la vista de Hermes a él y al titán. Parecieron quedarse unos momentos pensando y luego miraron a Atenea.
— ¿Y bien, niña de papi? ¿Qué hacemos con esto? —preguntó Poseidón con burla. Atenea parpadeó ante la mirada de todos, rodó los ojos por el comentario de Poseidón y finalmente suspiró.
— Tenemos que encerrarlo en algún lugar, al menos en uno que no se escape.
Luego de decir eso, la vista del grupo pasó a Hefesto que todavía tenía el pie tocando a Japeto. Pues todos sabían que él único que podía hacer algo así, era él.
— Si, yo me encargo, pero deben mantenerlo dormido mientras lo hago —señaló, volviendo a mover con el pié al titan.
— Oh, vamos, ¿acaso no tienes unas rejas y cadenas divinas ya forjadas? — preguntó Hermes, algo incrédulo pero ya con su característico tono burlón de siempre.
— Si, pero las rejas no están unidas, tengo que forjar las bisagras para eso —explica con calma.
Hermés sonrió, para juntar sus manos y estirarlas haciendo sonar los huesos de esta.
— ¡Vamos! Otra oportunidad para mí de llegar temprano, espero que no me falles como Eris, herrero —comentó Hermes con una sonrisa para luego borrarla mientras miraba al hijo menos agraciado de Hera.
Y así fue como terminó tomando a Hefesto y llevándolo con él, con su característica velocidad, hacía la forja de los dioses para que su dueño termine el trabajo.