+++++++++ Terminé de desayunar, aunque ni sé por qué lo llamo desayuno si en mi boca todavía tengo ese sabor metálico a odio, a vergüenza y creo que todo lo sentí frío, que no me supo a nada. Dejé el plato a un lado como si fuera basura y me levanté de golpe. —Ogro… —dije con esa voz que uso cuando quiero sonar fuerte, aunque por dentro estoy hecha polvo—. Voy a quemar toda esa maldita ropa. Mauricio me miró como si yo hubiera dicho que quería incendiar la casa entera con todo y él adentro. —Nooo, ¿por qué tienes que quemarla? —preguntó, medio serio, medio divertido, como si yo fuera una niña caprichosa. —¿Por qué? ¡Porque esa maldita va a sufrir! —respondí con furia, como si de verdad la ropa fuera un muñeco vudú y cada blusa, cada falda, cada vestido fueran parte del cuerpo de Ivann

