Él estaba ahí, en la puerta, alto, ancho, con ese aire de sombra que roba oxígeno a la habitación. Ni siquiera había entrado del todo y ya parecía que la sala se había encogido. Mauricio lo miró con calma, aunque lo noté tensar la mandíbula. Esa mandíbula perfecta que yo hasta hace un minuto quería besar y que ahora parecía hecha de acero. Irina, en cambio, corrió hacia mí como si no existiera tensión en el aire, abrazándome fuerte. —¡Chica! —me dijo, riendo, como si hubiéramos organizado una fiesta secreta de compras—. ¿Pero qué es todo esto? ¡El supermercado entero! Yo apenas logré girar la cara hacia ella, todavía con el dedo extendido en dirección a Mauricio, acusador. —¡Él! —dije con voz aguda, medio histérica—. ¡Él es el culpable! Mauricio arqueó una ceja, divertido, como si di

