++++++++ Voy en los asientos de atrás, las piernas dobladas, la camisa blanca apenas cubriéndome, y trato de no pensar en el espagueti seco que siento pegado todavía en el cabello. El ogro conduce con esa rigidez suya, las manos fuertes en el volante, la mirada fija al frente como si no hubiera nada más en el mundo que el camino. Y justo cuando estoy por cerrar los ojos para descansar un poco… ¡Timbró mi celular! —Ni se te ocurra ignorarlo —me suelta él sin mirarme. —Ya, ya —respondo, apurándome a sacar el aparato de mi bolso antes de que me suelte alguna de sus órdenes. Miro la pantalla. Mierda. Es ella. Él me lanza la pregunta sin demora: —¿Quién es? —¿Qué te importa? —le disparo rápido, sin darle tiempo a insistir. —¿Quéee? —gruñe, con esa voz grave que hace retumbar todo el

