Elecciones

1002 Words

Mauricio me dice, con esa seriedad que parece tatuada en su rostro: —No debes renunciar. Puedes… Pero no termina la frase. Porque en ese preciso instante aparece Alexei. Alto, impecable, con esa aura de jefe que me revuelve los nervios y me da ganas de tirarle el whisky en la corbata solo para verlo perder el control. —¿Cómo vamos? —pregunta con su voz grave, pausada, esa que hace que todos se enderecen en la silla aunque no quieran. —¿Se están poniendo al día? Yo lo miro, levanto las cejas y dejo escapar una risa ligera, como quien está a punto de lanzar una bomba. —La verdad —digo, ladeando la cabeza—, le preguntaba al señor Mauricio que me contara cómo era yo con él. Si amable, dulce… o dura. La forma en que Alexei me mira es un poema: primero confundido, luego molesto, luego dive

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