Encuentro una cosita metálica y le doy tres golpes fuertes.
—Ahí está, compacto y sólido… como un ladrillo —sonrío orgullosa.
Coloco el portafiltro de nuevo, pero me cuesta meterlo. Le doy una patada discreta y hace clack.
—Perfecto.
El chef sonriente dice:
—Ahora solo aprieten el botón de encendido y seleccionen espresso simple.
¿En serio? Aaaah, como extraño mi cafetera de campo, ese tarro sobre el fogón... Pero esto, Dios, como hacen a las personas tan boludas.
¡La tecnología!
¿Qué culpa tengo yo de nacer en el campo?
—¿Cuál de todos estos botones será? —miro la cafetera, llena de lucecitas.
Le doy al primero que parpadea. La máquina ruge como un dragón.
—¡Ooooh! —retrocedo un paso—. Tranquila, cafetera, somos amigas…
El ruido aumenta. Empieza a salir vapor, por un lado. Luego agua… luego café… y luego algo explota por la boquilla lateral.
¡PSSSHHHHHH!
Un chorro de agua caliente y café sale disparado directo a la pared blanca.
—¡No, no, no! —me lanzo hacia la máquina como si pudiera detener un géiser.
Intento tapar la fuga con la mano y… ¡Auch! Me quemo. Salto hacia atrás, chocando con la mesa de frutas. Una manzana rueda por el suelo.
El chef en el video sonríe como idiota.
—¡Y así obtienen un espresso perfecto!
—¡MENTIROSO! —le grito al celular.
Corro a apagar la máquina, pero en mi desesperación aprieto otro botón.
¡WUUUUSH!
Ahora la cafetera empieza a echar espuma por un tubito lateral. Espuma que sale disparada en todas direcciones como un extintor descontrolado.
—¡AAAAAHHH! —corro en círculos, intento taparla con un trapo y acabo empapada de café con leche.
En mi lucha heroica, tropiezo con mis tacones y me caigo sentada en el piso, con el trapo en la cara y la falda llena de manchas marrones.
De repente, la puerta se abre.
—¿Ivanna? —es Mila, con cara de terror—. ¿Qué… qué… hiciste?
—Practicando… café artístico. —digo con la dignidad de una reina caída en desgracia.
Ella abre la boca.
—¡La máquina…! ¡Esa máquina cuesta más que mi auto!
—Tranquila, sigue viva… creo… —me levanto, chorreando café.
La cafetera hace un último ¡PUM! y deja escapar un hilito de humo.
—Ok… tal vez no tan viva.
Mila se agarra la cabeza.
—¡El jefe nos va a matar a las dos!
—No, no… —respiro hondo, tomo la jarra de café que milagrosamente se llenó—. Yo lo arreglo.
—¿Qué vas a hacer?
—Lo de siempre… improvisar.
Tomo la taza menos manchada, sirvo el café que parece petróleo líquido, me sacudo la falda.
+
Mila me miraba como si hubiera visto un fantasma.
—¿Qué haces? —susurró, con las manos temblorosas y los ojos más abiertos que nunca.
—¿Qué parece que hago, Mila? —le respondí, con la taza de café en la mano, chorreando un poco por el borde—. Estoy cumpliendo con mi deber de secretaria ejemplar: llevarle café al ogro.
—¡No puedes llevarle eso! —señaló la taza como si fuera un arma biológica—. Eso parece… lodo de pantano.
Le di un sorbo para disimular.
—¡Puaj! —casi lo escupo—. Sí… tiene un saborcito… exótico.
Mila me miraba como si yo estuviera loca.
—Ivanna… ¿qué haremos con la cafetera?
—Diremos la verdad: que casi me explota en la cara.
—¡¿Qué?! —Mila saltó en el lugar.
—Sí, mujer. Mira, si me despiden por esto, pues… perfecto. No pienso arriesgar mi vida por un café. Además, la cafetera estaba mala, y de eso no me saca nadie.
Ella se llevó las manos a la cabeza.
—Pero… ¡hay cámaras!
Me detuve un segundo.
—… ¿Cámaras?
—¡Sí! —susurró, mirando a todos lados—. En la sala de descanso hay cámaras. El jefe las revisa cuando alguien rompe algo.
Mi sonrisa se congeló.
—Ah… bueno… entonces… —respiré hondo—. Cambiamos la historia: el café estaba malo porque la cafetera es de baja calidad. ¡Listo!
—Ivanna… —Mila casi lloraba—. No lo hagas.
Yo le guiñé un ojo.
—Claro que sí. Mira y aprende.
Sin hacerle caso, caminé por el pasillo, con mis tacones resonando como un anuncio de catástrofe inminente. Detrás de mí, escuchaba la vocecilla de Mila:
—¡Nooooooo! ¡No lo hagas!
Pero yo iba decidida. Con cada paso, sentía la taza temblar y un poco de café goteaba en la alfombra carísima. Si alguien lo veía después, seguro pensarían que algún ejecutivo se hizo pipí de nervios.
Llegué a la puerta de la oficina presidencial. Ni me molesté en tocar. Giré la manija y entré como si fuera dueña del lugar.
Silencio.
—¿Eh? —miré a mi alrededor. La oficina vacía.
¿Dónde demonios se había metido?
Y entonces, una puerta lateral se abrió.
Él salió. Alexei Vysotsky. Alto, trajeado, con esa barba de tres días que parecía diseñada para tentaciones ilegales. Su pelo castaño oscuro perfectamente peinado, sus ojos grises como hielo derretido.
En mi mente, solo pensé: Debe ser el tocador… el ogro también tiene baño privado. Qué sorpresa.
—Tienes que ir a la tintorería con lo del traje —fue lo primero que dijo, sin siquiera saludarme. Su voz profunda resonó en toda la oficina—. Lo quiero impecable. Es caro. Eso tú no lo conoces.
—¿Perdón? —pregunté, arqueando una ceja.
—Tus trajes de secretaria de pueblo no cuentan —dijo, caminando hacia mí. Luego tomó la taza de café que yo sostenía.
Lo observó.
Frunció el ceño.
—… ¿Qué es esta porquería de lodo?
Yo me crucé de brazos.
—Es café.
—Esto no es café.
—Claro que sí. —Le sonreí como si le ofreciera oro líquido—. Café fresco.
Alexei acercó la taza a su nariz y la olió. Su expresión se torció como si hubiera inhalado veneno.
—… ¿Hiciste esto tú?
—Sí. —Me erguí, orgullosa—. La cafetera de la empresa es de baja calidad, señor. No sé cómo pretende mantener el prestigio de esta compañía sirviendo café que parece agua de fregadero.
Él me miró con esos ojos grises que podrían congelar el alma de un oso polar.
—¿Estás diciendo que mi cafetera es mala?
—No lo digo yo… —le señalé la taza—. Lo dice su café. Mire… casi me quema la mano.
Para enfatizarlo, le mostré un dedo un poco rojo de la miniquemadura que me llevé intentando detener el géiser de espresso asesino.
—Y eso, ¿cree que es bueno para el prestigio de la empresa? —continué, con el teatro a tope—. Si usted usa trajes de miles de rublos pero sirve café que parece lodo… ¿qué pensarán los clientes?
Alexei parpadeó lentamente.
—… Ivanna. ¿Qué demonios te pasa hoy?
Lo pensé por un segundo.
Si supiera que soy Katya…
Me encogí de hombros.
—Solo cumplo con mi trabajo.
Él me miró como si intentara decidir si debía matarme o reírse.
—Llévate esto. —Me devolvió la taza—. Y… limpia la cafetera.
Tragué saliva.
—Sobre eso…
—¿Qué hiciste? —Su voz bajó un tono. Peligroso.
—Eh… nada grave… —di un paso atrás—. Solo… digamos que la cafetera hizo boom.
Alexei cerró los ojos, inspiró hondo y exhaló como un toro listo para embestir.