Mauricio se ríe, con esa risa tranquila que me desespera y al mismo tiempo me da paz. —Vamos a disfrutar de la comida, Katya. —me dice, inclinándose un poco hacia mí—. Y no te preocupes por los cubiertos. Yo te cubro. Ahí… lo juro… mis ojos se me ponen brillantes como los de una niña a la que le prometieron helado. Él va a cubrirme. ¡Cubrirme! —¿De verdad? —le pregunto, casi con voz de súplica—. ¿Me cubrirías si agarro el cuchillo de postre para cortar la pasta? Él asiente, divertido. —Te cubriría incluso si comes la pasta con la cuchara de café. Me llevo las manos al pecho, teatral, como si me hubiera declarado su amor eterno. —Mauricio… tú sí que sabes conquistar. —digo, y suelto una risita nerviosa. Y entonces me lo imagino: yo, enredada en esos cubiertos que parecen más armas

