Asentí en silencio. No había espacio para más locuras… al menos no por ahora. Nos dirigimos a la salida, donde ya estaban Mauricio y Mila. Mila, radiante como si nunca hubiera bebido en su vida, me vio y corrió a abrazarme. —¡Ivanna! —me estrechó fuerte—. ¿Cómo te sientes? La miré con los ojos entrecerrados, fingiendo indignación. —¿Quéeee? —Pero si bebiste hasta… —se quedó callada, escandalizada. Ella exagera demasiado. —Una ducha lo alivia —dije, encogiéndome de hombros como si nada. Mila rió, negando con la cabeza. —Eres imposible. Volteé a ver a Mauricio, que estaba medio escondido detrás del ogro, observándome con esa sonrisita de “sé más de lo que aparento”. —Buenos días —le dije. Él asintió, con esa calma que solo él tenía. —Buenos días, Ivanna. Y ahí estábamos: los cu

