De un momento a otro, el ogro me agarró. Ni siquiera tuve tiempo de protestar, de inventar un chiste o de correr a esconderme detrás de la toalla como una niña asustada. No. Me sujetó con esa fuerza brutal que tiene y me dejó caer sobre la cama. La toalla… esa maldita toalla que había sido mi escudo, mi muralla, mi disfraz… voló en un segundo. Y quedé desnuda. Completamente desnuda. Sentí la sangre subir a mi cara, el calor encender cada rincón de mi piel. Yo, que siempre tengo la respuesta sarcástica lista, me quedé muda. Él me miró. Me recorrió con esos ojos ardientes que parecían rayos X. No era una mirada cualquiera: era la de un hombre que sabe lo que quiere y que no va a pedir permiso para desearlo. Y entonces lo dijo. Con esa voz grave, cargada de furia contenida: —Ivanna… deja

