Él me guía hasta su auto, uno de esos modernos que parecen nave espacial. Yo voy caminando como en trance, con el bolso apretado contra el pecho, pensando que todo esto es mala, mala idea. —Creo que esto es mala idea, Mauricio —suelto al fin, antes de que abra la puerta. Él sonríe, como si no me hubiera escuchado, y con toda la caballerosidad del mundo abre la puerta del asiento delantero. Yo entro, aún rezongando mentalmente, y me siento. El asiento huele a cuero caro mezclado con su perfume, y yo ya estoy mareada de tanta contradicción. Mauricio rodea el auto y se sienta al volante. Yo no me aguanto. Apenas él enciende el motor, le suelto lo que me quema la lengua: —¿Por qué insistes tanto conmigo, ah? Si quieres a mi hermana… Él me mira de reojo, sorprendido, y yo sigo, sin piedad:

