Mi voz sonó segura, pero por dentro estaba hecha un caos. Mis manos querían moverse, cubrir mis pechos, mi vientre, algo. Pero no lo hice. No iba a darle el gusto. Él dio un paso hacia mí. Solo uno. El corazón me dio un salto en el pecho. —Porque si no lo haces… —pausó, bajando la mirada lentamente desde mis ojos hasta mis pies, recorriéndome toda como si me devorara— …no sé si voy a poder contenerme. Sentí que me ardían las mejillas. Tragaba saliva, pero la garganta me estaba tan seca como si hubiera cruzado un desierto. “Maldita sea, Katya, controla tu cara, controla tu cuerpo”, me decía a mí misma. Pero mi cuerpo no me obedecía. Los pezones seguían duros, la piel erizada. Mi respiración más rápida. Le lancé una sonrisa torcida, fingiendo seguridad. —¿Y desde cuándo el ogro se co

